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22º DOMINGO ORDINARIO (A)

 

“Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste”.

La sabiduría que dan los años nos acerca a la verdad por obra del Espíritu san­to, que nos va conduciendo a la verdad plena. Su luz permite entender apa­rentes misterios y algunas contradicciones. La razón está en el amor que su­pera nuestra pequeña inteligencia. 

Finalmente aceptamos que Dios, creador y salvador de todos, empeñado en lle­var a buen puerto la nave de nuestra libertad, consigue forzar y vencer la ba­talla de la vida. “Dichosos vuestros ojos porque ven”. Mateo 13, 15. 

Si todos sabemos que el amor de una madre es casi infinito, que supera la mu­erte, ¿cómo será el amor de Dios? “Si mi padre y mi madre me aban­do­nan, el Señor me recogerá”. Salmo 27, 10. 

Cuando los israelitas desde la otra orilla contemplaban el faraón y su ejército se­pul­tado en el mar, María, la hermana de Moisés, cantó y danzó para pro­clamar la victoria de Dios. ”Cantaré al Señor, sublime es su victoria, caba­llos y carros ha arrojado en el mar”. Éxodo 15, 1. Éste es el canto de gratitud que entonamos cuando miramos atrás y entendemos el misterio: del barro se­co brotó una fuente; en el pequeño vaso, cupo el Espíritu; gracias a las grietas del edificio, se vislumbra el cielo; por donde era más oscuro, amaneció. ”¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento, el de Dios!”. Ro­ma­nos 11,33. 

De una tierra cubierta de estiércol brotan rosales, como de nuestra pobreza sa­ca el Espíritu frutos de conversión, servicio y alegría. Cuando por la fe he­mos descubierto el sentido misterioso de la vida, nos hemos asomado a un mi­rador desde el que se vislumbra la grandeza del amor de Dios, aunque sea des­de muy lejos. Esta luz nos llena de alegría y gratitud. Es una luz que todo lo invade, como la del sol, que transforma en positivo toda realidad pasada, pre­sente o futura. Brotó con fuerza la esperanza en el corazón y necesitamos de­cirlo a todo el que quiera escuchar. 

Ante esta sociedad en proceso de increencia, nos vemos capacitados para cre­ar modestamente signos nuevos que revelen a Jesús y señalen su camino. El amor los sugiere y crea. Los problemas, el dolor y la injusticia los provocan; bas­ta estar en la realidad de los pobres con el corazón ardiente y la mente li­be­rada. Surgen los signos de Jesús, casi sin darse cuenta, siempre que el tes­ti­go esté empapado de oración a la escucha del Maestro. 

Jeremías, analizando su vida, se siente desconcertado por los planes de Dios contrarios a su pacífica tendencia natural. Le ha tocado enfrentarse con el pueblo, lo sacerdotes y el mismo rey. Ha gritado como grita socorro una muchacha amenazada: “Me forzaste, me violaste”. Los planes de Dios tienen a veces la belleza de una gran tempestad, fecunda para la tierra, testigo del poder de Dios. Así es la vida si la miramos con fe. 

 

Llorenç Tous