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19º DOMINGO ORDINARIO

Las locuras del amor o de la desesperación

Un creyente desesperado, si de hecho puede darse esta contradicción, es co­mo un torbellino de tanta energía que puede arrancar del amor de Dios hori­zon­tes increíbles.

Pedro aquella madrugada estaba en el ojo de un huracán tan furioso e im­pre­vi­sible, que dijo a Jesús palabras de locura: “Mándame ir a ti andando sobre el agua”.

¿Estás loco, Pedro?, le hubiésemos contestado nosotros, Jesús, en cambio, le di­jo :”Ven”. A la insensatez de Pedro responde Jesús con una locura, así al me­nos lo pensamos los sensatos. ¿Dónde está el límite entre la cordura y la in­sensatez? Jesús no lo conoce.

A otras miserables locuras de Pedro, respondió Jesús con maravillas de amor; ocu­rrió después de Pascua, junto al mar, después que ambos pasaron su nau­fragio.

El orden, la lógica, el respeto a lo establecido, las sagradas normas, reglas y pre­visiones, quedaron sumergidas en las aguas del lago de Tiberíades. El fi­nal de la aventura de Pedro demuestra que nuestro barro no aguanta el peso de Dios; la densidad del Espíritu, del amor sin límites, no cabe en nosotros, a no ser que el mismo Espíritu nos dilate el corazón. Es una operación tan do­lo­rosa como liberadora, tan lenta como eficaz, tan crítica como gozosa; es obra de Dios, de años, de trabajo.

No hace falta ir a Jerusalén, ni a nuestras iglesias para aprenderlo, Jesús lo en­se­ñó en pocos minutos aquella noche entre las olas. ¿Lo aprendió Pedro? Lec­cio­nes no le faltaban, en Lucas 5,1-11 se cuenta otra historia parecida.

Como a Pedro, a todos nos sorprende la respuesta de Jesús: Ven”. De hecho no contiene un problema para su poder sino para nuestra confianza en Dios. Quien no ha salido del campo, ni conoce ni desea la ciudad. Quien vivió siem­pre con ignorantes, desconoce la puerta de la sabiduría, tampoco la bus­cará.

Necesitamos que los testigos de Dios nos saquen del mundo vil, para que su vi­da de un nivel superior, atraiga nuestra envidia y deseo. Nuestro barro, tan po­bre y vulgar, lleva grabada la mano del Alfarero, como huella profunda, re­cubierta por otras capas, que pide reflejarse libremente en el firmamento.

Cuando los vientos y mareas de la vida deshacen las capas superpuestas que la ocultan, generalmente con el dolor como de quien le arrancan el alma, la huella de Dios se hace grito furioso, reclamando sus derechos, libre de otras opresiones.

Si el grito surge de lo profundo, sube al cielo hasta Dios. “Cuando uno grita, el Señor lo escucha”. Salmo 33, 18. Pedro aquella noche le gritó a Jesús en me­dio del estruendo de las olas. Al grito auténtico, más aun si es con des­espero, Jesús responde con un monosílabo: “Ven”. La respuesta, sin palabras, tie­ne muchas variantes, oportunas y sorprendentes siempre.

El amor alcanza la misma profundidad que el dolor, ambos con infinita va­rie­dad y riqueza; los dos son camino recto hacia Dios, ambos nos suben a un ni­vel superior, el de Dios y sus ángeles.