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16º DOMINGO ORDINARIO (A)

Las tres parábolas de este evangelio forman un conjunto en el que los inte­rro­gan­tes y las respuestas se cruzan. ¿Por qué el mal (la cizaña) tiene que co­exis­tir con el bien y por orden del Supremo Sembrador? ¿Por qué los frutos y los bue­nos resultados exigen tanto trabajo y tanta lucha? ¿Por qué el bien tiene un principio tan modesto y exige tanta paciencia para crecer? ¿Por qué el mal a veces tiene tanto poder? 

El mal a veces  tan poderoso y tan sagaz, nos estimula a continuar la  obra del Crea­dor que ya desde el principio  tuvo la enemistad de la serpiente dia­bó­li­ca. El mal no viene de Dios, “un enemigo lo ha  hecho”, pero “todo concurre al bien de los que aman a Dios” Romanos 8,28. Adán y Eva, engañados por el dia­blo, fueron expulsados del Edén, pero nosotros, bajo la guía de Maria y de su Hijo Jesús, vamos creciendo para bien en medio de los sufrimientos que la ges­tación del nuevo mundo conlleva. “La humanidad entera está gimiendo con dolores de parto”. Romanos 8,22. Cuando la lucha es más encarnizada o el fra­caso nos agobia, tenemos el consuelo del Espíritu que renueva nuestras fuer­zas. 

Hay situaciones en las que es muy difícil mantener la fe y la esperanza. Ante Je­sús crucificado con su madre al lado, como ante uno de tantos Auschwitz del mundo, nuestra fe es sometida a dura prueba. 

La historia de los granos de mostaza y del fermento del pan nos ayuda a man­tener la esperanza. Es hermosa y está adaptada a nuestra pequeñez esta disposición de la naturaleza: Que de lo pequeño brotan grandes realidades. Si las grandezas cósmicas hablan de Dios, lo milimétrico se adapta mejor a nues­tra medida sin ser por ello menos fecundo y admirable. 

El camino hacia la fecundidad pasa por observar las leyes del crecimiento: la mos­taza necesita agua para crecer y la levadura, tiempo, para fermentar toda la masa.  Crecer supone cambio, a veces muy profundo, siempre con obs­tá­cu­los y crisis. Los frutos al final lo compensan con creces. 

El grano de mostaza es una llamada a la esperanza y la levadura, un grito a la pa­cien­cia. Son dos símbolos que se complementan y nos hablan de los misterios de Dios, o de su reino, tal como Jesús los iba presentando a sus gen­tes; las mismas verdades que nosotros con esas palabras o con otros recursos hemos de proclamar también en la nueva evangelización. 

La fe cristiana no sabe explicar ante Dios Padre la causa del mal, pero nos da re­cur­sos para  afrontarlo. Sabemos que la última victoria no será del mal y que ya ahora hemos comenzado a vencerle. 

Si del reino de Dios podemos conocer sus propiedades bajo símbolos tan ca­se­ros, es porque Dios se ha humanizado y empequeñecido. Su cercanía nos in­vita y facilita a entrar en este reino. Alabemos su condescendencia para en­trar en nuestra vida, día a día; abrámonos a su presencia y dejémonos con­du­cir por su Espíritu. 

 Llorenç Tous