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15º DOMINGO ORDINARIO (A)

 

Comentario a la parábola del sembrador: Mateo 13, 1-23 

La crisis de fe del mundo occidental podemos vivirla como un proceso de cre­cimiento. La creciente increencia, el consumismo egoísta y el desgaste del lla­mado sistema católico, nos ayudan a tenernos que enfrentar con una rea­li­dad que nos exige una sincera conversión al evangelio de Jesús. Necesitamos re­vi­sar el culto que no lleva a vivir en justicia; si no salimos a las periferias del mundo y vivimos la fe en el encuentro con los demás, estamos ahogando el Espíritu y cerrando el camino hacia el futuro. 

“Salió el sembrador a sembrar”. La nueva evangelización que nuestros tiem­pos exigen cuenta con nuevas posibilidades, impensables en tiempos de san Pa­blo, multiplican las posibilidades de difusión y ofrecen sistemas muy atrac­ti­vos en este siglo de la imagen y de la informática. Pero todas estas no­ve­da­des ya incorporadas de muchos, sólo secundarán la acción del Espíritu santo, si los evangelizadores somos testigos de Jesús. Este título sólo lo merece el que, con la ayuda del Espíritu santo se deja seducir por Dios.

Necesarios son todos los medios de difusión, pero su eficacia, además de la ac­ción del Espíritu santo, sólo se consigue con el testimonio alegre y con­ta­gio­so del que, como Andrés y su compañero, han buscado a Jesús, le han en­con­trado y se han quedado con él. Juan 1, 37-40. Este encuentro lleva tiempo de oración, replanteamiento de objetivos y valores, conversión, paciencia y ale­gría. “Quien pide recibe, quien busca encuentra, a quien llama le abren”. Mateo 7, 8. Todos los que han entrado en esa experiencia, la con­tagian, como dijo Andrés al encontrar a su hermano Simón: “Hemos en­contrado al Mesías… y lo condujo a Jesús”. Juan 1, 41. 

Nuestra crisis actual de fe no es fruto de la confusión de ideas, ni de falta de obre­ros sino de testigos de Jesús. Mientras caminamos hacia esta deseada me­ta, sembremos. A todos nos incumbe esparcir semilla, también los que no he­mos llegado todavía a la meta de testigos contagiosos del Evangelio. Todos po­de­mos sembrar de muchas maneras. En el día a día son frecuentes las oca­sio­nes de decir una palabra, expresar un gesto, dar a conocer un escrito, apo­yar una actitud, aclarar una verdad, consolar, animar, etc. etc. 

“Yo planté, Apolo regó, pero era Dios quien hacía crecer”. 1ª Corintios 3, 6. Dios combina circunstancias, junta mensajeros para que el fruto llegue cuan­do el oyente quiera. Todo crecimiento es misterioso y lento, no sin difi­cul­ta­des muchas veces. El tiempo nos va convenciendo de la oculta acción de Dios en las personas por unos cauces imprevisibles. 

Todas las semillas suelen ser pequeñas, también las que se siembran en los co­ra­zones, pero no por eso son menos fecundas. Todas han de romper una cor­teza y muchas han de sufrir una transformación mortal. Son lecciones de la naturaleza que tienen un cierto parentesco con los procesos interiores de las personas. Para un creyente todo le llega envuelto en los planes de Dios am­oroso y fiel. 

Llorenç Tous