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14º DOMINGO ORDINARIO (A)

«Estas cosas… las has revelado a la gente sencilla» 

Caminando con los pobres, como hizo Jesús de Nazaret con sus paisanos, se descubren otras profundidades del alma del pobre. No las descubren todos los pobres ni todos sus compañeros de viaje. 

En esta oración Jesús agradece al Padre haber descubierto estas cosas a los sencillos y no a los sabios. Jesús habla de otra dimensión de la pobreza, la que revela el Padre de su esencia a través de su manera de actuar. 

Los sabios no le entienden, los sencillos, en cambio, se dejan llevar  por su Espíritu y se abandonan confiadamente en sus manos. No sólo confían, sino que asumen su pequeñez como un valor fundamental. Tal actitud quedó personificada como ejemplar y modelo en Jesús, agonizando en  la cruz, entregándose a los brazos del Padre. Su fracaso, el de un inocente condenado a la muerte más dolorosa y humillante, entraña el misterio de cómo es Dios y cómo son a veces de misteriosos sus planes. 

Entender a este Dios supone el don de inteligencia recibido del Espíritu santo. Este don nos descubre a los pobres como personificación actual de Jesús agonizante en la cruz y nos impulsa hacia otra etapa del seguimiento de Jesús al lado de los pobres. Entonces conviven el fracaso, la indiferencia o la misma persecución, con otra manera de hacer avanzar el reinado de Dios. Quien la haya experimentado, entenderá por qué Jesús en el evangelio de hoy dice: «Te doy gracias, Padre… porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla». Esta oración de Jesús nos descubre la actitud de los que están al lado de los vencidos, como el Crucificado. Creen en Dios, confían en su amor, aceptan el misterio. Reciben su paz y hacen avanzar la salvación. Tienen esperanza y la contagian, son los testigos de Dios y de la Buena Noticia de Jesús. 

Cuando un pobre, con los duros golpes de su vida, alcanza el estado de plena confianza en Dios, su único refugio, tiene una capacidad de acogida cálida, sincera y entrañable, la misma que describe san Pablo con estas palabras: «Como pobres que enriquecen a muchos». 2ª Corintios 6, 10. Según el evangelio de hoy Jesús encabeza y preside esta comunidad de pobres y dice: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados». En todos ellos se cumple la primera bienaventuranza: «Dichosos los pobres». 

«Aprended de mi que soy manso y humilde de corazón»

La bondad de Jesús que esta afirmación resume, es la meta que con su ayuda podemos alcanzar. Entiendo que el primer paso hay que darlo en nuestro propio interior. Hasta llegar a la paz profunda no tendremos la bondad de Jesús. No hay paz interior si no aceptamos ante el Padre, hasta el pecado, tal como lo aceptó Jesús hasta la última consecuencia de su muerte. Él tocó el fondo de la humildad; cuando nosotros venzamos del todo nuestro orgullo, estaremos entre la gente sencilla que recibe las revelaciones del Padre.

Tal vez no hemos hecho todavía el acto de fe con todas sus consecuencias, todavía no confiamos en Dios del todo, por lo cual no aceptamos plenamente situaciones personales o externas con lo que tienen de misterioso o de contradictorio a nuestro modo de ver. Cuando consigamos fiarnos plenamente de Dios, tendremos limpia la mirada, sabremos descubrirle en toda realidad y alabaremos su misericordia. Entonces se llenará de paz nuestro corazón y repetiremos las palabras de Jesús: «Sí, Padre, así te ha parecido mejor».

Llorenç Tous