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FESTIVIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO

El sentimiento que siempre me ha producido la figura de san Pa­blo y que me parece necesitamos especialmente en los tiempos que corremos es el de vergüenza.Ante el proceso de este convertido a Jesús resucitado, después de luchar fanáticamente contra sus seguidores, me admira su cambio ra­dical a pesar de tanta oposición de judíos, de cristianos y de mu­chos dirigentes de aquella iglesia naciente. Bien lo sabía Bernabé que le salvó en momentos muy críticos.

Pablo superó el grave problema de predicar a Jesús a pueblos pa­ganos, de mentalidad y costumbres diversas y opuestas al mensaje de Jesús. El problema no fue su lengua, sino su cultura; tuvo que pen­sar el mensaje y la obra de Jesús, desde su bagaje religioso judío, con categorías y lenguaje adaptados a otro mundo. Pablo fue un teó­logo.

La solución la encontró en su propia vivencia de la fe en Jesús re­­su­­ci­tado por la que, con la ayuda del Espíritu santo, tuvo luz y pa­la­bras para contagiar la salvación de Jesús que él había experimentado an­tes. El secreto estaba en su profunda conversión personal al Maes­tro que se traducía en su coherencia de vida; no temió las dificul­ta­des; no se arredró ante los fracasos, traiciones, persecuciones, enfer­me­dades, cárceles, naufragios, calumnias y tantos otros obstáculos.

Nosotros pasamos por serias dificultades para hablar de Jesús al mundo de hoy, de las cuales una muy importante es la inapetencia a todo lo espiritual que deja el bienestar consumista; la increencia cre­­ciente, los viejos sistemas caducados ante las nuevas preguntas del hombre; la mentalidad deformada por la imagen que no favorece la reflexión, más bien la detiene, etc.

El mismo Espíritu santo que «se dignó revelar a su Hijo» a san Pablo, puede darnos el don de inteligencia, de piedad y de sa­bi­du­ría con los que enriqueció a san Pablo, para afrontar los tiempos nue­vos. ¿Sabremos abrirnos a sus luces? Es verdad que san Pablo de­­jó el listón muy alto, pero podemos salir de la abulia, el cansancio, la rutina y demás parásitos malignos y decir con él: «como po­se­e­mos el mismo espíritu de fe del que está escrito “creí por eso ha­­blé”, también nosotros creemos y por eso hablamos». 2ª Co­rintios 4, 13.

Ante el evangelio de la vigilia de esta festividad, Juan 21, 15-19 sien­to la envidia que supongo compartís muchos de los que leéis este es­crito. Pedro era humano y sincero, las dos cosas a la vez. Se ve que le caía muy bien a Jesús, porque éste le rebajó sus pretensiones de liderazgo, le educó su impetuosa adhesión, le frenó su defensa con la espada y reparó su daño y no le perdió de vista apenas le hubo ne­gado.

El diálogo que este evangelio reproduce es un testimonio de una relación profunda, sincera, tierna y exquisitamente delicada. Je­sús le ama profundamente, le comprende, le tolera el pasado acci­den­tado, le mantiene una confianza total, le perdona sin decirlo. Pedro ya tie­ne la sabiduría de la madurez, se conoce, le duele su pasado y a pe­sar de todo ama a Jesús, sin atreverse a gritarlo, pero lo confiesa apo­yándose en la confianza que Jesús le está manifestando. Se siente dé­bil, humano, pero al mismo tiempo confiesa con tristeza a Jesús la ver­dad que hay en su corazón: «Tú sabes que te quiero». ¿Sa­bre­mos imitarle en el arrepentimiento y en la fidelidad?