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CORPUS CHRISTI (A)

«El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es co­mu­nión con la sangre de Cristo?». 1 Corintios 10, 16. 

Sólo la fe en la resurrección de nuestro Señor nos permite es­cu­char literalmente estas palabras escritas de san Pablo, de lo con­tra­rio sentiríamos el horror que obligó a los judíos a abandonar a Jesús di­ciendo: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?». Juan 6, 52. Afortunadamente este evangelio traduce las palabras de Jesús a creyentes cristianos que saben lo que celebran en la eucaristía, co­mo eran los enseñados por san Pablo. ¿Podemos considerarnos entre ellos? 

Son palabras que en la cultura judía identifican la sangre con el ori­gen o resumen de la vida de todos los humanos. Deduzcamos, pues, la maravillosa consecuencia: podemos unirnos por la fe y la co­mu­nión con la vida de Jesús resucitado; sus llagas glorificadas, con to­da su personalidad humana glorificada también, se nos ofrecen co­mo un inmenso mar divino, para sumergirnos en él. Una inmersión que es en el océano del amor de Dios para dejarnos impregnar de su gra­cia, su vida divina, su Espíritu, en una palabra, su salvación. 

Cuando en la eucaristía escuchamos estas palabras del sacer­do­te: El cuerpo de Cristo, la sangre de Cristo, se nos abre el miste­rio de Dios hecho asequible por la fe; su amor se nos personaliza; nues­tra relación con Él es entrañable, más que la de un hijo con sus pa­dres. La comunión, compartida con los hermanos de la comunidad que comulgan, nos reúne en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Su Es­píritu nos unifica en comunidad como describe san Pablo: «El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un so­lo cuerpo». 

Viendo esta vida nueva que recibimos y que nos llena de sen­tido, de firmeza y de alegría, nos duelen todavía más tantos niños, mu­jeres y hombres, sin pan, sin salud, sin ganas de vivir, heridos en lo profundo de su ser. Nuestra abundancia de vida plena nos obliga a con­ta­giarla a los que carecen de ella. Son muchos, no sólo de lejos sino también de cerca. Sintámonos con deuda con todos ellos. 

Por esta manera de comulgar, que es la correcta, el Señor resucitado se nos hace presente a cada uno al comulgar. Centra los días como referente para discernir, como energía a la hora de afron­tar, perdón de nuestras flaquezas, amigo único y fundamento de se­gu­ridad y esperanza.

Siendo la eucaristía el misterio más cercano a Dios y al cielo, es de­ber nuestro tratarla con la dignidad que merece. El Papa Francisco nos ha dicho que no es sólo para los perfectos, sino también para los pe­cadores que buscan a Dios. Ambos principios nos obligan a liberar la eucaristía de la rutina, la ignorancia y del poco respeto con que es tra­tada muchas veces. Falta valentía y fe para ponerla en el sitio don­de la puso Jesús en la Última Cena y san Pablo en las primeras comu­nidades cristianas. Comencemos cada uno a vivirla con la fe nece­sa­ria para recibir en plenitud este alimento de vida eterna. 

Llorenç Tous