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SANTÍSIMA TRINIDAD (A)

La prueba de la madurez de una persona está en su capacidad de fiar­se, no de cualquiera, ni tampoco de sí mismo, sino de Dios. La ten­dencia es fiarnos sólo de nosotros mismos, tendencia que cambia de sentido cuando el amor nos une a una persona. Los intereses bas­tar­nos de otros, sean personas, instituciones o modas, debidamente dis­frazados con mentirosas técnicas, también pueden inducirnos a error. Discernir es un trabajo paciente, laborioso, arriesgado, que con­lleva posibles errores, hasta alcanzar la seguridad.

Jesús de Nazaret, nuestro Salvador, nos habla de Dios y de Él nos fia­mos. “Nadie ha visto jamás a Dios; el Hijo único, Dios, que es­ta­ba al lado del Padre, lo ha explicado”. Juan 1, 18. Gracias a Él, de Dios sabemos que es amor en una medida muy superior a lo ra­zo­na­ble; basta recordar su enseñanza sobre el padre del hijo pródigo.

Fiarse de lo que Jesús nos ha revelado del Padre Dios, no supone en­ten­der los misterios del mal, sino haber conseguido ante el mal, una res­puesta positiva y posible gracias al Espíritu Santo.

Estoy hablando del gran paso a dar en la vida, ante la invitación del en­viado de Dios, Jesús de Nazaret: “Creed en Dios y creed en mi”. Juan 14, 1. Quien considere que puede fiarse de Jesús, dará el gran pa­so de creer en Dios. Es el acto más trascendental que puede dar una persona: Creer en Dios.

La fe en Dios nos establece en un sentido nuevo para toda realidad. La creación es obra de Dios, “cuando contemplo el cielo, obra de tus manos” Salmo 8, 4. La vida es un regalo suyo, no es nuestra en pro­piedad absoluta y libre, sino en un conjunto pensado para el bien, el gozo y el progreso.

Esta fe, al poner a Dios en el centro referencial de toda realidad, nos es­­tablece en función de él para armonía universal. Esta referencia nos dig­nifica como creación suya, amada y cuidada. “¿Qué es el hom­bre… para que cuides de él?”. Salmo 8, 5. La fe en Dios es el fun­da­mento de la bondad y del amor en el mundo; bondad y amor cuya ple­nitud verdadera Jesús nos ha mostrado y nos ha hecho posible al­can­zar; entonces la fe en Dios es el fundamento de la esperanza a pe­sar de tanto pecado en el mundo. La palabra pecado resume aquí to­da posibilidad concreta de mal.

A pesar de los escándalos y miserias del hombre en el mundo entero, so­mos muchos los que tenemos la fortuna de haber recibido una ini­cia­ción en la fe en Dios. Tal semilla debemos regarla y hacerla crecer has­ta que sus frutos alimenten toda la vida. Esta madurez nos colma de luz, de sentido, de exigencia y de gozo. Esta es la fe en Dios que Je­sús predicó y hace posible. Nuestra aportación inicial e im­pres­cin­di­ble es fiarnos y creer lo que Jesús nos enseñó.

 

Llorenç Tous