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PENTECOSTÉS (A)

 

El Espíritu Santo continuando la misión y la obra Jesús, promueve nuestra maduración en la fe y el compromiso. Al recibir del Padre este encargo, asume con toda responsabilidad y competencia este servicio al Reinado de Dios. Tiene infinitos recursos que se traducen en riquísimos dones y nuevas posibilidades salvadoras. Como en los grandes espectáculos pirotécnicos, en el interior de cada uno se en-cierran nuevas sorpresas que iluminan la noche del mundo. Se personalizan en cada uno que se le abre o reclama su luz. 

El Espíritu Santo lava, limpia, fecunda, cura, enardece, crea, salva. También defiende, consuela y exige. Como una potente cascada que mueve en el fondo las palas de un molino, así nuestro duro y pesado corazón, gracias al Espíritu Santo, se riega, se fecunda y toda la vida cambia como en primavera. 

El Espíritu Santo reside en lo profundo de Dios y del hombre para fundamentar la verdad, gritarla, hacerla crecer y contagiarla con toda su corte salvadora: el perdón, la paz, la alegría y la esperanza. 

Conducidos por el Espíritu Santo, como hijos de Dios y hermanos de Jesús Resucitado, plantamos cara con valentía a los dos grandes retos de nuestros tiempos: conseguir una fe adulta que pueda dar razón de sí misma y un compromiso coherente con los pobres y con la justicia. 

Para muchos el Espíritu Santo es el gran desconocido, como los habitantes de Éfeso confesaron a san Pablo. Para darle a conocer están los testigos que ya gozan conscientemente de su presencia, como el Papa Francisco. No basta estar bautizado, hay que vivir personalmente los grandes frutos del sacramento de los que habló Jesús con una samaritana: ”Quien beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, pues el agua que le daré se convertirá dentro de él en manantial que brota dando vida eterna”. Juan 4, 14. 

Desde nuestro barro, poseído por el Espíritu Santo, estamos muy atentos, como el marinero al viento, para secundar correctamente cada uno de sus impulsos. Son mociones de escucha, de respuesta, de contemplación, decisiones, sorpresas, descubrimientos, cambios, accidentes o gozos. Una trama admirable cuyos hilos tiene en su mano el Padre. Se trata de sumar fuerzas, anudarlas y dirigirlas para salvar, transformar, alegrar, amar y cantar. 

Por Él nuestra soledad quedó en compañía; la impotencia ya no reduce posibilidades; los problemas se afrontan con paz; no fenece la esperanza, ni el cansancio limita los duros trabajos del Evangelio. Re-sumiendo: hemos renacido a una vida nueva, la del Espíritu Santo derramado en nuestros corazones. 

Llorenç Tous