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LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (A)

 

“Lo vieron levantarse” 

Cumplida su misión salvadora, regresa hoy Jesús al seno del Padre. Su lar­go viaje había comenzado allí mismo, donde “al principio ya existía la Palabra”. Juan 1, 1. El principio de todo estuvo y sigue estando en el amor de Dios que, a riesgo de no conseguir su primer proyecto sobre el hom­bre, le dotó de libertad. 

La serpiente tentadora engañó a Adán y sigue engañándonos a todos sus des­cendientes. Ante el fracaso de su proyecto sobre el hombre, Dios en­vió al mundo un salvador, Jesús, para que nos mostrase el recto uso de la libertad y nos garantizase los medios para usarla como la usa Dios, pa­ra el amor. 

El amor de Dios es fiel, su sabiduría no tiene fin, por lo cual hizo bajar al mun­do su Palabra que “se hizo hombre y acampó entre nosotros”. Juan 1, 14. 

Jesús es la Palabra definitiva de Dios que, viviendo a nuestro lado “como uno de tantos” Filipenses 3, 7, nos ha explicado cómo es el amor y la sa­bi­duría del Padre. Proclamó el mensaje del Reinado de Dios, tuvo al­gu­nos discípulos fieles hasta el final, pero la primera parte de su misión pue­de considerarse un nuevo fracaso, parecido al del primer proyecto del Cre­ador de Adán. 

Del paraíso del Edén, Adán y Eva tuvieron que ser expulsados, sus des­cen­dientes hubiésemos merecido el mismo castigo, pero para eso bajó Je­sús a compartir nuestra naturaleza, para enseñarnos a usar la libertad al estilo de la suya. No sólo para decirnos una hermosa idea, sino para dar­nos los medios para llevarla a la práctica. ”Los hizo capaces de ser hi­jos de Dios”. Juan 1, 12. “Los destinó a reproducir la imagen de su Hijo, de modo que fuera él el primogénito de muchos her­ma­nos”. Romanos 8, 29. 

Este regreso de Jesús al Padre es el final de su misión en el mundo por­que en adelante será el Espíritu santo que continuará su obra en no­so­tros. 

Hoy nos levanta Jesús con él hasta el Padre para que aprendamos a vivir con los pies en la tierra y la mirada en el cielo. En adelante caminaremos tras sus huellas y en su compañía, pero las dificultades y las estrategias del mal, nos encontrarán fortalecidos por las estrategias del Reinado de Dios y las fuerzas del Espíritu. Los fracasos nunca serán definitivos, como tam­poco lo fueron los del Señor; el mal no será nunca el final. En la cruz fue vencido y muerto por el pecado del mundo, pero Dios lo resucitó y con él a todos nosotros a una vida nueva, la que asumimos por el bau­tismo. 

 

“Hasta que una nube se lo quitó de la vista” 

La nube es un signo casi transparente, de gracia y de salvación. La nube trans­luce el cielo azul y lo transfigura. La nube es también un velo que ate­núa el resplandor de lo divino, evitando así que los rayos del Sol nos con­suman. Pero el amor no se conforma y escruta en el cielo las huellas del Amado que se escapa de nuestra vista. El corazón del discípulo se va lle­nando de añoranzas. 

La añoranza, acompañada de los suspiros propios de este valle de lá­gri­mas y sobre todo de la fe, nos servirá de vehículo para recordar en el Es­pí­ritu “todo lo que nos dijo”. Juan 14,26. Purificados el corazón y la mi­rada de toda forma anterior a la Resurrección de Jesús, este mismo Es­píritu nos ayudará a seguirle en su ascenso hasta el Padre. 

La nube trazó una frontera permeable de la que los ángeles levantaron ac­ta, indicando la dirección del nuevo camino de seguimiento del Re­su­ci­ta­do. “Qué hacéis ahí plantados”, cuando tan ancho es el campo a sem­brar y tan madura la mies a recoger? Pero aquellos galileos estaban mar­cados en el alma por las palabras de Jesús y por el resplandor de su glo­ria. Volverán a Jerusalén y desde allí, se dispersarán hasta los con­fi­nes del mundo, para proclamar las maravillas de Dios, que en aquellos mo­mentos no podían ni sospechar y de las que ellos serán los primeros tes­tigos.

Llorenç Tous