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6º DOMINGO DE PASCUA (A)

“Si me amáis guardaréis mis mandamientos” 

El amor nos despierta la sensibilidad hacia todo lo del amado como la má­xima riqueza que nos puede regalar la vida. Jesús glorificado es el que desde el Padre da sentido a nuestra vida y el que transforma todas y ca­da una de las realidades que su discípulo experimente. Al subir al Padre, de alguna manera llevó consigo a sus discípulos, por eso ahora los ojos de ellos ven la tierra desde otra óptica. 

Guardar sus mandamientos no sólo es fácil sino una necesidad con­natural, pues ¿qué tesoro puede superar el valor de lo que nos dejó en la Última Cena y sigue dándonos día a día? “Tomad”, dijo, al entregarnos su vida, su mensaje, su proyecto de hombre y de humanidad nueva. 

En su resurrección apareció su Espíritu sobre el mundo, iniciando otra his­to­ria, superior a la creación. Si grande y maravillosa es la obra del cos­mos lleno de vida, más admirable es la transformación de la vida que el Espíritu obra en los que se dejan. De hombre, hace hijos de Dios, el ba­rro ya contiene ecos del Espíritu de Dios, lava el pecado y muestra el ca­mino que conduce al Padre, fortalece las rodillas vacilantes e inunda el co­razón de alegría.

“Yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros”

No parece que pueda ser verdad esta inmanencia tan fecunda y tan di­cho­sa. Sería impensable, de no tener estas palabras de Jesús delante; es una realidad tan maravillosa que cuesta creerla, pero si la aceptamos, se ini­cia en nosotros una transformación tan profunda que todo queda cam­bia­do y enaltecido. Quedamos equipados para ser testigos y fermento del Rei­no de Dios en el mundo. Cuanto más cerca de Dios estemos, más nos in­te­resa el mundo y sus habitantes todos; tenemos recursos para in­ten­tar cada día que se vaya acercando al proyecto de Dios que quiere con­ver­tirlo en su familia. 

“Yo también lo amaré y me revelaré a él”

No basta memorizar al vivo todo lo que Jesús hizo y todo lo que dijo, que­da por descubrir personalmente su sentido oculto, el centro de donde to­do procede: el amor de Dios que quiere salvar el mundo. 

Este corazón de Dios amándonos si medida ¿cuándo será el norte de ca­da persona? El pecado del mundo quiere robar la paz y la alegría de mu­chos, por eso Jesús vino a salvarnos de tanta desgracia. Los que lo sa­be­mos, tenemos el grato deber de colaborar con él en su misión.

La fe nos permite hablar de estas alturas divinas sabiendo que de las co­sas de Dios sólo podemos hablar con símbolos, los cuales siempre que­daran incapaces de expresar todo el misterio. No obstante, por sus frutos los conoceréis; son frutos de conversión que dejan paz, alegría y se­gu­ri­dad.

 

Llorenç Tous