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5º DOMINGO DE PASCUA (A)

Cambios de paradigma 

Cuando Jesús “pasó de este mundo al Padre”, alcanzó su plenitud, en cam­bio sus discípulos sufrieron un doloroso cambio de paradigma: su an­te­rior presencia se desvaneció y sus anteriores aspiraciones también, “¡…no­sotros que esperábamos que iba a ser él el liberador de Is­ra­el !Lucas 24, 21. 

Cambios de paradigma suceden en la vida de las personas, de las ins­titu­cio­nes, de los pueblos y de la Iglesia. La seguridad, fundada en de­ter­mi­na­dos valores o circunstancias, queda arruinada, muchas veces sin po­der­lo preparar. ¿Dónde asentar ahora el futuro? Éste es el nuevo pro­ble­ma. 

“Creed en Dios y creed también en mí”

El creyente capaz de creer en Jesús resucitado, presente y cercano, está a salvo. Todo lo que se parece a una noche en el desierto, invita a la ora­ción, acerca a la verdad desnuda, ordena nuestro interior, purifica y tem­pla la paciencia hasta que amanezca. 

En nuestro mundo se está realizando un cambio de paradigma que afecta profundamente a la fe. A su paso deja inútiles ciertas convicciones y mé­to­dos, exige cambios difíciles de definir y emprender. “Señor, no sa­be­mos a dónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?”. 

Al caer las paredes maestras de un edificio, suele haber víctimas. Posi­ble­­mente hacía años que sus grietas iban avisando. La misma sensación de envejecimiento se siente a veces en el alma; es un aviso de ángeles que no todos saben aceptar. 

Creatividad

Un cambio de paradigma puede promover un rejuvenecimiento. El de­sier­to agudiza la vista, libera de equipamientos inútiles, exige y fortalece. To­da muerte pide vida. Los cambios profundos, que suelen ser pocos y de­finitivos en la vida de las personas, cuando se viven desde la fe en el Se­ñor resucitado, introducen en una primavera donde la verdad ocupa el fun­damento, la libertad va edificando y el gozo de los humildes es la com­pañía inseparable. 

Es evidente que somos obra de las manos de Dios, que si nosotros so­mos la arcilla, Él es el alfarero; aceptemos con paz y paciencia activa la úni­ca posibilidad de futuro: confiar y fiarse, como Abraham. 

En este trance es fundamental saber esperar, no por miedo al riesgo, que es otra tentación paralizadora, sino para percibir los signos de Dios pa­ra los nuevos tiempos. Dios es fiel y puntual, descubrir su ritmo es fru­to del don de inteligencia que hay que pedir. 

La espera va cuajando la fidelidad, nos mantiene en ansiosa búsqueda y en oración insistente. Cada fruto sigue un arte de maduración, los áni­mos se templan en la prueba. Cada amanecer es mensajero de Dios. 

“No os dejo huérfanos, volveré… el Espíritu santo que enviará el Pa­dre en mi nombre os lo enseñará todo… os doy mi paz”. Juan 14, 18, 26-27. 

En este tiempo de Pascua contemplamos la transformación que se obró en los discípulos de Jesús por obra del Espíritu santo. Fue un cambio to­tal de paradigma en ellos, gracias al cual nació la Iglesia y la fe que ha lle­ga­do hasta nosotros. La ausencia de Jesús y su aparente fracaso, era ne­ce­sario para que brotase su autonomía, su libertad y su conversión al Rei­no de Dios fundado por Jesús. 

Cuando tenemos distancia comprendemos que las crisis son indis­pen­sa­bles para crecer y dar fruto. 

Nuestra situación actual de cristianos en el mundo se parece a la de los pri­meros discípulos pero con cierta ventaja, pues contamos con la experiencia cristiana de siglos. En concreto en nuestros días el Espíritu san­to está hablando con fuerza renovadora en la persona del Papa Fran­cisco.

 Llorenç Tous