Tornar al llistat

4º DOMINGO DE PASCUA (A)

 

“Yo soy la puerta” 

Esta puerta, que es Jesús de Nazaret, se nos abre para introducirnos en otra vida, la del que encontró su sentido y su destino, llenó su va­cío y orientó definitivamente sus pasos. La meta es seguir este Buen Pas­­tor hacia el Padre. 

El camino pasa “por verdes praderas… hacia fuentes tran­qui­las… por el sendero justo… en las cañadas oscuras… tú vas con­migo…”. 

Por esta puerta entramos en el rebaño de Jesús resucitado; gracias a es­ta fe en el Resucitado recibimos la fuerza y la exigencia que nos acer­­ca a los demás en la realidad de cada día, no por proselitismo fa­ná­­tico, sino por la atracción del mensaje. Somos testimonio y fer­men­to que pretende dar sentido trascendente a la realidad. La verdad es humilde, se muestra, se ofrece y se irradia, será la libertad de ca­da uno, asistida por la gracia de Dios, la que decida el resultado.

 

“Podrá entrar y salir”                                                            

El encuentro con Jesús resucitado nos introduce en la cercanía de Dios y nos produce otra actitud ante la realidad, la del buen sa­ma­ri­ta­no. Como Pedro, sin oro ni plata, pero con la riqueza de un mensaje ca­paz de cambiar nuestro corazón y el mundo entero. 

Donde hay cansancio, desgana, confusión, frio, quebranto, etc., este men­saje ofrece eficazmente la alegría del que ya sabe porqué y para qué ha nacido; descubre un programa nuevo, atractivo, muy hermo­so, con los recursos a mano para realizarlo. Basta querer unirse de ver­dad a la comunidad de seguidores de Jesús resucitado. Viene a ser un tomarse en serio el bautismo recibido, entenderlo, asumir su gra­cia y su compromiso. 

Es verdad que ante los cambios tan acelerados del mundo, muchos métodos anteriores de evangelización quedan obsoletos. No obstante, sigue siendo válido y necesario todo lo que se inspire en el amor y la misericordia como una continuación actualizada del programa de Jesús. 

“Preparas una mesa ante mí” 

El que encontró a Jesús resucitado se alimenta de “la fracción del pan”. Aquí renovamos el encuentro fundante con el Señor, como hi­cie­­ron los apóstoles y sus primeros testigos. 

Así como un nómada es tan entrañablemente acogido en la tienda de cual­quier beduino, así también nos acoge Jesús en la Eucaristía. So­mos nómadas de la fe. Como acogió e invitó Jesús a aquellos siete dis­cípulos a la orilla del lago, así nos ofrece Jesús el pan, Juan 21, 14. Co­miendo de su pan, recuperamos el tono vital que necesita todo após­tol para mostrar a Jesús al mundo. 

Como hicieron otros dos al regresar de Emaús, vamos primero a “los su­yos” encerrados en casa por miedo, incapaces de salir a la calle a pro­clamar la gran noticia: “¡Jesús vive, ha resucitado!”. Quedan her­manos, preocupados y tristes, inconscientes del cambio salvador que el Papa Francisco está promoviendo en la Iglesia, que siguen la­men­tándose: ”nosotros esperábamos”… han perdido vida, heridos en muchas batallas del Reino de Dios, tal vez mal planteadas. 

“Encontrará pastos”

 

Somos lo que comemos, nos dicen los médicos. Pasamos a ser lo que he­mos comido, dice santo Tomás de Aquino hablando de la comunión eu­carística: comemos su Cuerpo y bebemos su Sangre, de modo que pa­samos a vivir por Él. “Quien come mi carne y bebe mi sangre ha­bita en mí y yo en él… así quien me come vivirá por mí”. Juan 6, 56-57. Son palabras de Jesús resucitado hablando de su cuer­po glorificado por el que nosotros comenzamos ya en la tierra a te­ner la vida de los bienaventurados en el cielo. 

¿Cuándo estaremos convencidos de esta maravillosa verdad? ¿Cuán­do sabremos decirlo al pueblo cristiano de modo que valoren y se apro­vechen de “la fracción del pan”? Cuando lo vivamos los sacer­dotes.

Llorenç Tous