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3º DOMINGO DE PASCUA (A)

Adentrémonos en el proceso que comenzó Jesús el día de su resurrección y que sigue entre nosotros. Nos conducen Cleofás y su compañero caminando hacia Emaús. Son dos amigos de Jesús decep­cionados y tristes, más o menos como algunos de nosotros ante la si­tua­ción del mundo y de la Iglesia. “Nosotros esperábamos que él fue­ra el futuro liberador…” pero de ello nada de nada… 

Se deduce que seguían a Jesús con aspiraciones de triunfo y de po­der, cuando la realidad fue todo lo contrario: humillante condena a mo­rir en cruz. “Se detuvieron preocupados… Jesús y su mensaje su­­fren persecución porque no apoyan a los “trepas” ni creen en las es­trategias de los poderosos. 

“Sus ojos no eran capaces de reconocerlo”. Ciegos estamos ante es­te mundo y esta Iglesia cuando sólo vemos su triste apariencia, sin pe­netrar más adentro y contemplar desde allí la obra de Dios. La fe nos abre los ojos, cuando abrimos a Dios el corazón sinceramente “co­mo tierra reseca, agostada, sin agua”, implorando la lluvia. “En­tonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron”. 

La rutina nos erosiona la fe, si la teníamos. La oración nos despoja de adhe­rencias y tapones en el alma. El Espíritu, testigo de Jesús re­su­ci­ta­do, nos convoca en comunidad para celebrarlo, nos reanima y grita “con gemidos inefables” en nuestro interior y en la Iglesia. 

Creer en la resurrección de Jesús es como pasar de la muerte a la vi­da, es salir de un miserable estado de tristeza, vacío de sentido, a un nue­vo tono vital, motivado por un aliento nuevo y esperanzado. El ba­rro humano ya contiene Espíritu, porque la materia, falta de ener­gía espiritual, cobra vida nueva, personalizada y eterna.                                                                                                                              

“Ángeles que les habían dicho que estaba vivo”. Los apóstoles no acababan de creer el mensaje angélico, hasta que en “la fracción del pan” reconocieron al Maestro glorificado y corrieron a gritarlo a los compañeros. 

A nosotros toca seguir proclamando el testimonio:”Es verdad, ha re­su­citado el Señor”. Que esta semilla que esparcimos arraigue y fruc­tifique, ya no es cosa nuestra sino del Espíritu. No perdamos oca­sión de proclamarlo. Provoquemos la sorpresa donde sólo miran al muer­to o quieren ungirlo con perfumes. Digámosles también: ”No es­tá aquí”. Si nos escuchan, se pondrán en camino de salvación.

La sorpresa subirá de tono y comenzará la búsqueda. Aparecerán los sig­nos de algo nuevo y se resistirán los “torpes para creer”, pero la gra­cia de Dios derriba murallas y conduce al interior de la ciudad de Dios. 

Pa­ra encontrarse con el Resucitado hay un punto de encuentro oficial que es la fracción del pan” en la eucaristía, pero habrá que cambiarla de un acto de piedad en una celebración gozosa y comunitaria de la muerte y resurrección del Señor. 

La suerte está en que el Resucitado está muy interesado en encontrar amigos para sorprenderles con su perdón y su paz, su alegría y su no­vedad. Ojalá queden pocos en la cofradía de los “torpes para cre­er”, pues la luz es tan intensa que deslumbra a todo el que exige se­gu­ridades sobre Dios, como Tomás y algún otro. 

La salvación será completa cuando todos confesemos con los após­to­les : “ES VERDAD, HA RESUCITADO EL Señor”. 

Llorenç Tous