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VIERNES SANTO (A)

CONTEMPLACIÓN ANTE JESÚS CRUCIFICADO 

Ya no sientes Señor esos criminales clavos, gracias a la muerte tan de­sea­da y liberadora. Cogidos del brazo de tu Madre, que sigue en pie y te con­tem­pla, levantamos hacia Ti nuestros ojos cargados, llenos de tinieblas y pe­sar. Ella agotó sus lágrimas. 

Tu ya los cerraste para abrirnos el cielo. De ti y de ella bajará a nosotros tu Espíritu. Con tantos que te miran y te lloran, imploramos perdón y luz. Con el buen la­drón que te acompaña al Padre. 

Madre, tampoco nosotros entendemos lo que estamos presenciando. Ese Hijo tuyo en esa cruz es un misterio. Sentimos impotencia y rabia pero que­remos obedecer con fe, aceptar la incomprensible realidad y esperar la luz. 

En medio del silencio sagrado que envuelve tu Calvario, todos los cal­va­rios, nos acercamos con vergüenza; nuestros pies no merecen hollar esa tie­rra que se está volviendo un paraíso regado por ti, hortelano pascual. 

Extramuros avanza la verdad, la ciudad le cerró sus puertas. Fuera que­daron los que te siguieron hasta la cruz; ahora con aromas y nardos en­vuel­ven tu cuerpo santo, mientras tu Madre abre la sábana con Nicodemo fiel; José no sabe dónde dejar los clavos. Mejor que no queden tirados. 

Anochece en el mundo y en la historia. La luna corre veloz; el sol tiene prisa. Se acerca el alba coronada de rosas y jazmines. 

Madre de la Esperanza, contemplando tus ojos, las piedras se abren para dar paso a la Vida, a Adán y Eva con sus hijos. ¿Saldrán todos? 

Nosotros, escalera en mano, vamos por tesos y cerros buscando Calva­rios: Nicodemo y José nos enseñaron. 

Madre, ven con nosotros, tu que sabes tanto.

Llorenç Tous

 

 

 

EL PECADO DEL MUNDO 

“La libertad pervertida, el desamor acumulado, el odio que se trans­for­ma en instituciones, la muerte que se absolutiza generando el miedo, la ley que cierra el impulso de generosidad esperando que la bondad nazca del mero cumplimiento, un horizonte cerrado por la desesperanza o por el rencor, un universo donde el pobre está condenado a su pobreza, una razón que no está redimida por el amor, una conciencia que percibe el mandato como dura exigencia sin estar connaturalizada y elevada a po­der para responder a lo exigido: todo eso como hecho personal y social, como ámbito de experiencia humana y realidad moral, como insti­tu­cio­nes sociales, económicas y políticas resultantes, es lo que san Pablo lla­ma­rá “amartia”, pecado que él diferencia claramente de las trans­gre­siones individuales”. 

González de Cardedal, O., La entraña del cristianismo. 2ª ed. Salamanca 1998. p. 588.