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4º DOMINGO DE CUARESMA (A)

—Con lo que nos cuesta a los videntes “abrir los ojos”,  ¿Por qué Señor,  se los tapas con barro fresco a un ciego para que vea?

Este barro lleva mi saliva, la que sale de donde habita en mí el Espíritu.

—Pero además, Señor, le envías a lavarse en las aguas de Siloé, sin acom­pañarle ni tú ni uno de tus discípulos.

Las grandes decisiones, como la de “abrir los ojos”, ver y luego decidir, son dramáticamente personales, libres, tomadas en soledad.

—Ya ves, Señor, la que se armó después que el ciego “abrió los ojos”.

La verdad siempre divide y separa; provoca cegueras culpables, luces que deslumbran y mecanismos de defensa.

—También deja solos a los que optan por la verdad.

Yo estoy con ellos y les basta.  “Yo soy la verdad y el camino”.

—El ciego, una vez curado por ti, quedó sin padres, sin trabajo y sin     ami­gos.

Quedó en plenitud  interior e iluminado. Descubrió el sentido de su vi­da: gozar de la luz. Entró en otra comunidad de amigos, la de los cie­gos que convenció de venir a mí para curarse.

—¿Intentaste algo con los fariseos?

Imposible. No quieren ver su ceguera. Condenan a los demás para huir de si mismos.

—¿Qué piensas de los padres del ciego?

Me dan pena. El miedo les impide disfrutar de la fiesta.

—¿Qué opinas de la veleidad de los vecinos?

El pueblo es voluble, bien lo sé yo. No se entera ni quiere enterarse. A no ser cuando le  interesa para su provecho. Hay excepciones, mu­chas.

—No pediste al ciego que te siguiera, ni que fuera al templo a dar gracias.

Expresó su gratitud contagiando su fe en mí. No necesito seguidores, me basta ver personas liberadas y felices.

Cuadro de texto: Cuadro de texto: Notas sobre la fe

El evangelio de hoy expresa simbólicamente el proceso del que se convierte a Jesús, sale del judaísmo y de su vida an­te­rior con todas las rupturas necesarias y recibe el bautismo, sig­ni­ficado en las aguas de Siloé. El ciego ya no tendrá que men­digar, sin poder entrar en el templo a causa de su defecto fí­si­co. Jesús le libera, le hace autónomo y de deja en libertad para de­cidir y trabajar su futuro. Para seguir este proceso hay que “abrir los ojos”, “hay que creer”.

La fe nos “abre los ojos” a otro mundo, el de la realidad de Dios, sin salir del de los mortales. El acto de fe supone pensar la información  propuesta y valentía para cambiar lo que haga fal­ta. El acto de fe tiene oculta a su lado la gracia de Dios. Con la fe la vida se enriquece, recibe un sentido global y definitivo.

La fe es un camino de crecimiento, avanza escuchando men­sajes de Dios personalizados. Establece valores,  ofrece medios pa­ra resolver situaciones o para llevarlas de  otra manera, exi­ge obras y coherencia de vida.

La fe se centra en conocer a Jesús, experimentarle vivo, seguir su estilo de vida y dejarse conducir por él hacia el Padre.

La fe es un don de Dios y el fruto de nuestra libre búsqueda. La fe responde al que busca el sentido de la vida, estimulado mu­­chas veces por las tribulaciones de la vida.

Cada persona sigue su propio camino, desde todos se puede avan­zar hacia Dios. Él responde siempre al que le busca sin­ce­ra­mente. Los que viven de su fe, la contagian. El Espíritu San­to, encargado de recordar y explicar todo lo que dijo Jesús, ha­ce crecer las semillas de fe que los vientos esparcen en los cora­zones.

El ciego del evangelio conocía la realidad palpando superficies, escuchando voces y ruidos,  oliendo sabores. Al encontrarse con Jesús por la fe, le obedeció, quedó purificado en Siloé e iluminado por el que dijo: ”Yo soy la  luz del mundo”. Juan 8,12. La retina de aquel ciego se estrenó viendo a Jesús como su Salvador; con Él y en Él lo  iba descubriendo todo y alabando a Dios. Nadie, ni la ingratitud de sus padres, pudo  jamás robarle la alegría .

Nosotros podemos seguir el mismo proceso hacia la luz y la felicidad: buscando a Jesús y creyendo en Él. Todo quedará centrado desde Él y cada realidad nuestra encontrará su sitio en la paz.  

Llorenç Tous