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3º DOMINGO DE CUARESMA (A)

Era mediodía de la estación seca, el calor y el cansancio pedían agua. De lejos llega una mujer con la cuerda y jarra vacía. Jesús abre el diá­­­logo, escandalosamente, contra las costumbres de entonces. La res­­pues­ta de la mujer no se deja esperar: “–¿Cómo tú, siendo ju­dío, me pides de beber a mí que soy samaritana?

Jesús, sediento después horas de camino, le ofrece  agua viva, que apaga la sed para siempre. ¿Se trata realmente de agua? No, son los dones del Espíritu lo que Jesús ofrece. Dos niveles se cruzan junto al pozo de Jacob; se citan Jesús y una samaritana, el barro humano y el Espíritu, Adán y Pentecostés.

Agua viva recibimos en el bautismo para renacer como hijos de Dios. Agua y sangre brotaron del costado abierto de Jesús en la cruz, desde en­­tonces el mundo puede ser un paraíso regado por cuatro rí­os, la fe, el amor, la esperanza y la eucaristía. Estas cuatro fuentes de vida son el don de Dios, del que habla Jesús con la samaritana.

 Jesús conoce la lejanía religiosa de todos los samaritanos respecto del pueblo de Dios, centrado en Jerusalén, y conoce sus causas: Los seis maridos  que se mencionan en el diálogo, no han de entenderse co­mo una intromisión en la vida privada de la mujer, sino como una alu­sión a la historia de Samaría, que después de la ocupación por los ejér­citos de  Sargón II en el año 721 a. C., fue repoblada por emi­grantes de otras seis regiones  2 Reyes 17,24-41, los cuales importaron sus dioses: Sucot-Benot, Nergal, Asima, Nibjás y Tartac, Adramélec y Ana­mélek.

Jesús para dialogar con las periferias humanas busca la ocasión: el ca­lor, la hora, el lugar: un pozo con agua. Pasa por encima de cos­tumbres opresoras. No teme el escándalo. Provoca un planteamiento que obliga a pensar y buscar un bien superior, un proyecto de vida en ple­­nitud.

La samaritana yendo a por agua encarna también la sed de todos los hu­­manos, especialmente de los excluidos. Necesitan la justicia que les devuelva su dignidad y sus derechos.

La mujer decía: “–Señor, dame de esa agua”, porque era cons­cien­­te  de su necesidad. Vio en Jesús la respuesta a sus deseos más pro­fundos. Una vez resuelta por Jesús su vida, corrió a ayudar a sus pai­sanos. Su testimonio fue contagioso y eficaz. “Decían a la mujer: –Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oí­do y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo”.

Cuadro de texto: Cuadro de texto: Este evangelio es un tratado de vida interior: bajo el símbolo del agua viva se habla del don de Dios: el Espíritu Santo. La  sed re­pre­sen­ta la necesidad profunda de salvación, de sentido, de felicidad ple­na, de Dios, que tenemos todos.

Los ídolos impiden alcanzar esta meta. Ídolos son todos los falsos dio­ses, la ignorancia que impide conocer a Jesús, la rutina que des­fi­gura su mensaje, los filtros interesados que corrompen la fe, etc.

Actitudes idolátricas pueden ser la fe sin oración que la alimente, sin obras que la ejecuten y saquen de dudas, el culto cuando no provoca con­­versión ni encuentro con Dios, los “arreglos” que pretenden neu­tra­­lizar las exigentes voces proféticas, la superficialidad, el miedo a  pen­­sar, las prisas que impiden entrar en el interior de uno mismo, etc.

Escuchemos el diálogo entre Jesús y esta samaritana que nos re­pre­sen­ta. “Si conocieras el don de Dios y quien es el que te pide de beber“. Cuaresma es siempre que escuchamos a Jesús,  siempre que pedimos su ayuda, siempre que secundamos los buenos deseos, siem­­pre que nos dejamos sorprender por sus palabras.

En esta samaritana estamos  todos representados, sedientos, idó­la­tras, en busca de plenitud, entre prejuicios, ignorancias, debilidades, sor­prendidos constantemente por la vida, por Dios.

Nos anima ver a Jesús en la periferia del mundo, cercano a cada per­sona, ofreciendo sus dones, su Espíritu. Nos señala el camino a se­guir. 

Llorenç Tous