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1º DOMINGO DE CUARESMA (A)

“No sólo de pan vive el hombre”

El desierto y la soledad, el hambre y otros estímulos nos conducen ha­­cia otro horizonte, a otro nivel de la realidad. 40 días, 40 noches, un tiempo denso, cargado de negras nubes en huracán.

Cuando el pan de cada día, si con sudores y trabajos se tiene, ya no cal­ma el hambre más profunda, descubrimos esta gran verdad for­mu­la­da por Jesús al príncipe del mal: “No sólo de pan vive el hom­bre”.

¿Dónde está el alimento que llena estas profundidades del corazón? “Mi carne es verdadera comida”. Juan 6, 55 ¿Cómo podemos asi­milar la carne y la sangre de Jesús resucitado? Por La fe y el amor en el sacramento de la eucaristía, cuando nuestras misas estén puri­fica­das de rutinas, de ignorancias y de otras corrupciones.

Tomar conciencia y responder al hambre de Dios y de su Palabra re­quie­re la educación de la fe y de la sensibilidad espiritual. La inicia­ción comienza en otros campos emparentados, como éstos: El gozo de hacer el bien. Escuchar con empatía, olvidados de nosotros mis­mos. Descubrir y saborear la belleza, contemplar cómo emerge o se es­conde en toda realidad. Sentir la paz que palpita en el silencio hu­mil­de. La amistad y el amor en todas sus manifestaciones.

Éstos y muchos más son peldaños o rumbos que nos orientan hacia Dios. La fe nos dice que todos estos caminos conducen a “la luz ver­da­­­dera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo”. En este proceso está siempre la Palabra, dicha en muchas lenguas, ves­­­tida de mil maneras, día a día, diciendo con voz queda a cada uno: ”Soy yo, no temáis… echad la red a la derecha… venid y lo veréis… yo estoy con vosotros… dadles vosotros de comer… tu fe te ha salvado, vete en paz… buscad y hallaréis… tampoco yo te condeno… no he venido a traer la paz, sino la guerra…

 

Una tentación actual y frecuente

Las tentaciones superadas por Jesús en el desierto, antes de co­menzar su vida pública, que el evangelio de hoy nos presenta, tienen un cierto eco en nuestra comodidad. Solemos encontrar justificantes siem­pre, si queremos evitar el esfuerzo o el sacrificio. Cuando la me­dio­cridad, la rutina o la ignorancia nos han encerrado en su medianía, es fácil engañarnos y quedarnos en la tibieza que provoca el vómito se­gún Apocalipsis 3,16.

Cuadro de texto: Cuadro de texto: En estos nuevos tiempos que el Papa Francisco ha inaugurado en la Iglesia, el Espíritu está suscitando como una primavera espiritual que re­nueva la esperanza. El ejemplo y la palabra del Papa nos exige un cambio, una conversión que cada uno hemos de concretar según el lu­gar que ocupemos en el mundo y en la comunidad cristiana.

El Papa orienta el rumbo nuevo hacia el encuentro con los demás, hasta las periferias de la sociedad. La motivación está en el ejemplo de Jesús y en ”el amor que su Espíritu infunde en nuestros co­ra­­zones“. Romanos 5,5.

Sería pecaminoso responder con indiferencia a esta nueva situación, tan esperanzadora, que el Papa Francisco está promoviendo en la Igle­sia y el mundo. Indiferencia sería no concretarnos cada uno cómo he­mos de secundar su renovación. Sea éste el compromiso de nues­tra Cuaresma.

 

La meta de la cuaresma: PASCUA

Al otro lado del teléfono, entre sollozos, lágrimas y silencios, la madre re­pite el mismo lamento. Le escucho y callo. Hace tres días que su hi­jo, –joven, con depresión–, se echó al tren desde un puente. El foren­se les aconsejó no verle en el tanatorio, quedó des-trozado.

Aguanto el denso silencio hasta que me parece que podrá escu­char­me y le digo convencido y con aplomo y paz. “Tu hijo VIVE. Porque tu hijo no es su cuerpo. La vida que Dios le dio es mucho más que su cuerpo”.

Final­mente se calla. Recupera un tono más sereno. Pasa el auricular a su hija y le digo: “Tu hermano está con Dios, con la abuela y con mi madre. Habla con tu hermano. Está vivo. Está con Dios, ha­bla con él y te dará la paz.”

Al dejar el auricular recordé las palabras del evangelio en el camino de Emaús: “Habían tenido una visión de ángeles que les dijeron que él está vivo”. Lucas 24, 23.

Ésta es la meta de la Cuaresma: Conocer y creer que JESUS VIVE. Cre­erlo día a día. Fundamentar en Él, Resucitado, el sentido de la vi­da y de la muerte.

 

Llorenç Tous