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8º DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (A)

“Fijaos como crecen los lirios del campo”

Este final del Sermón de la montaña nos muestra la belleza no sólo de la vida entendida desde la fe, sino además la hermosa visión del mun­do y de la vida que tenía Jesús de Nazaret. Con estas palabras de­muestra su fina sensibilidad ante lo cotidiano, su confianza total en el Padre y su seguridad en él.

Jesús se siente mensajero del reinado de Dios, esta causa le motiva y le llena de sentido la vida, no necesita otros valores para sentirse en ple­­nitud. Por eso lo que predica, antes lo está cumpliendo él. Predica con el ejemplo.

 

“No estéis agobiados por la vida”

El proceso para alcanzar la seguridad y la paz que da la confianza en Di­os, creo que no comienza generalmente en la primera juventud. Los fervorosos principios del seguimiento de Jesús o de la vida es­pi­ri­tual en Cristo, suelen ser de una actitud que conviene mantener siem­pre, pero filtrándola a través de las palabras del Salmo 127,1-2: Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los alba­ñi­les… un pan de fatigas… ¡si se lo da a sus amigos mientras due­r­men!

Nuestro servicio a la causa del reino de Dios debe ser una entrega en­tusiasta, sabiendo que Él es el primer interesado y promotor de ella y, por tanto, sin desfallecer a pesar de los fracasos, escándalos, tibie­zas y mentiras que se nos cruzan en el camino.

Conseguir esta fidelidad es el fruto de una purificación constante de nues­tra motivación. Sin ayuda de alguien en la Iglesia y sin nuestra ora­ción intensa y contemplativa, es muy difícil no ceder al cansancio y al desengaño del que comenzó a edificar, pero “cayó la lluvia, cre­cieron los ríos, soplaron los vientos, golpearon la casa y se de­r­rumbó. Fue un derrumbamiento terrible”. Mateo 7, 27.

 

“Sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso”

Estas palabras de Jesús encierran el secreto de nuestra felicidad co­mo creyentes e hijos de Dios. Estar realmente convencidos de esta afir­mación de Jesús dirigida a cada uno de nosotros, supone un es­ta­do interior que no se nos regala sin esfuerzo, pero que se puede con­se­guir. Para alcanzarlo hay que analizar desde la fe y con la oración nues­tros trabajos por el reino de Dios, en lo que tienen de éxito y de fra­caso. Vale la pena entrar en este proceso ante Dios porque con­duce a la paz, a la fidelidad y a la alegría. El Salmo 131, 1-2 describe es­­te estado que de alguna manera refleja la maternidad de Dios: “Mi co­razón no es ambicioso… como un niño en brazos de su ma­dre”.

 

“Buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por aña­didura”

El Reino de Dios es de los niños por su sinceridad transparente y de los que se hacen como ellos. En él no hay contaminación porque se des­conocen las intrigas y mentiras de los que buscan el poder.

En este Reino los perseguidos viven consolados por Dios y por sus en­viados. En este Reino los profetas se mantienen fieles a pesar del re­chazo de muchos.

Son ciudadanos de este Reino los que ante lo imposible confían en Dios, como David ante Goliat.

En este Reino crecen las pequeñas semillas de todo lo auténtico por­que las riega el Espíritu de Dios. Algunas hasta dan el ciento por uno a la hora de la cosecha. De ellas se alimenta nuestra esperanza.

Censémonos en este Reino de Dios y proclamemos sus valores como al­ternativa al momento actual.

                                                                      Llorenç Tous