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6º DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (A)

“Si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos”.

Estas palabras de Jesús son una de las esencias de su Sermón en la mon­taña. Sobre ellas planean la radicalidad, la libertad interior, la be­lleza y la salvación cristiana.

Los fariseos encarnaban la orgullosa pretensión de ser la referencia ejem­plar para todo el que debía cumplir la Ley de Moisés, la de la pri­me­ra alianza en su estado avanzado de corrupción. Su moral, he­ré­ti­ca y falsa, presentaba una relación con Dios fundada en el negocio: cum­pliendo aquella Ley, que se había transformado en un riguroso có­digo de circulación, pretendían haber merecido el encuentro con Dios. Su desprecio por tanta gente que ni conocían esta Ley, al me­nos en todos los complejos detalles con la que ellos la idolatraban, ali­mentaba su orgullo. Decía un fariseo hablando con Dios: Lucas 18, 12. “Ayuno dos veces por semana y pago diezmos de cuanto po­seo… “Vosotros los fariseos lijáis por fuera la copa y el pla­to, cuando por dentro estáis llenos de robos y malicia”, les de­cía Jesús, Lucas 11, 39.

El mensaje de Jesús tiene la belleza de la coherencia, la que se con­si­gue cuando no interesa lo de fuera, sino lo de dentro del corazón, de don­de sale ”lo que contamina al hombre”. Mateo 15, 18. Esta co­he­rencia pone verdad en nuestra vida, la verdad que es el fun­da­men­to insustituible y necesario para edificar en terreno firme; la verdad que necesitamos para presentarnos ante Dios.

La coherencia y la verdad exigen radicalidad, son incompatibles con la mentira, por eso a veces la libertad interior lleva consigo luchas y vio­lencias aparentemente absurdas. Son violencias y trabajos que la vi­da misma nos plantea, las afrontamos o nos encerramos en falsos re­fugios que nos impiden crecer ante Dios. En el mundo se rebajan y se suavizan, cuando falta la motivación necesaria para hacer frente sin rebajas a las exigencias del evangelio. “Si tu ojo derecho te ha­ce caer, sácatelo y tíralo”.

Sólo con esta coherencia y verdad se vive en paz y con la belleza in­te­rior que tienen los que se parecen a Jesús cuando dijo: “Acudid a mi, los que andáis cansados y agobiados… que soy tolerante y hu­­milde”. Mateo 11, 29. Las personas que a base de pruebas y ra­di­ca­lidad se parecen al Maestro, tienen también la capacidad de aco­gi­da que tenía Jesús. Son frecuentes entre los pobres y muy necesarias en nuestro mundo. Rembrandt expresó esta belleza en su cuadro “La vuel­ta del hijo pródigo”.

La Ley de Moisés, ampliada con criterios de dominio por los fariseos y di­vinizada por ellos, se fijaba en hechos consumados y los castigaba. Je­sús, mostrando el verdadero rostro de Dios, profundiza en las rea­li­da­des del corazón y en la misericordia divina. Nada se esconde a la mi­rada divina, sus exigencias son profundas, porque quiere purificar y salvar plenamente al hombre, no se conforma con un baño externo pu­rificador de las apariencias. La salvación de Jesús nos ha equipado con todos los medios para ser transformados en hijos de Dios, al mis­mo tiempo su misericordia es tan infinita como su sabiduría.

La lógica de este nuevo planteamiento goza de las facilidades que nos ofre­ce su Ley del Espíritu al unificar todo el cumplimiento de su ley en el amor. “No he venido a abolir, sino a dar plenitud”. Más tarde san Pablo lo formulará con estas palabras: “La ley entera se cum­ple con un precepto: Amarás al prójimo como a ti mismo”. Gá­la­tas 5, 14.

Jesús ha hecho posible practicar así su nueva Ley gracias al Espíritu que él nos ha merecido y nos ha dado. La Iglesia lo recibe y lo co­mu­nica por los sacramentos, especialmente el bautismo y la eucaristía.

Un don tan excelso no llega a nuestra persona por suerte, sin ne­ce­si­dad de preparar su llegada. No es como la naturaleza que recibimos gra­tis, al nacer de nuestros padres, sino que requiere una conversión per­sonal, un trabajo de cambio hacia los valores del reino de Dios. Tam­bién hay que añadir que nunca nos falta la abundante ayuda de Dios a nuestra libertad.

                                                             Llorenç Tous