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PRESENTACIÓN DEL SEÑOR

La fe nos descubre el sentido de lo que hoy estamos cele­bran­do. Asistimos al comienzo oficial y público de la nueva etapa de nuestra historia de salvación. Dios nos envía a su men­sa­je­ro, por eso Jesús se llama “el Enviado”, [Juan 9, 7] con la mi­sión de limpiar y purificar a los que serán sus hijos en la nueva alianza. “Será un fuego de fundidor, una lejía de la­­vandero”.

Sin esta conversión no sería posible el encuentro salvador con Dios que Jesús viene a preparar. Lo exige la nueva relación con Dios de la que Jesús será mediador. Nosotros por nues­tras solas fuerzas no podemos alcanzar el grado de pureza exi­gido, por eso el Mensajero nos purificará profundamente.

Avancemos detrás de esta Madre que presenta a su Hijo al Tem­plo, con la luz de la fe encendida. “De nuestra carne y san­gre participó también Jesús”, porque este Niño sigue el mis­mo proceso de todos los nacidos de madre. “El Niño iba cre­ciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría”. Gra­cias a esta semejanza, nosotros podemos acceder a for­mar parte de la misma familia de Dios. “Como él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pa­san por ella”.

Si sus padres “estaban admirados de lo que se decía del ni­ño”, más aún nos admiramos nosotros al conocer la historia com­pleta que hoy comienza en el templo de Jerusalén. “Será co­mo una bandera discutida… una espada te traspasará el alma”.

 

Ecos actuales en niños y familias

Niños rechazados antes de nacer. Niños que mueren de ham­bre, muchísimos. Niños trabajando como esclavos. Niños sin ca­riño, sin derechos, enfermos, sin catequesis ni Primera Co­mu­nión. Niños nacidos en cárceles. Niños tristes, sin ganas de ju­gar, niños en soledad, maltratados, violados…

Pa­dres que añaden a los suyos otros niños adoptados, lu­chan­do por la salud y la educación de muchos.

Madres solidarias, valerosas, alma de tantas nobles empresas, de tanto amor en el mundo.

Padres implorando luz a Dios para saber educar a sus hijos, a ve­ces difíciles, en la fe, la honradez, el esfuerzo y el amor.

Madres que desde su entrega total a Dios, cubren necesidades ur­gentes no atendidas en familia. Madres imprescindibles en nues­tro mundo.

Ma­dres heridas en sus hijos por la espada de la droga, por en­fer­medades incurables, separadas, pobres.

Aho­ra sabemos que cuando Jesús agonizaba en la cruz, cum­pliendo la profecía del anciano Simeón, nos encomendó a to­dos los hombres a su maternal regazo, en la persona del dis­cí­pulo amado.

Con­templando hoy a esta Madre presentando a Jesús al tem­plo, depositemos en sus brazos a todas las familias del mundo pa­ra que sobre ellas y sobre nosotros baje el amor y la mi­se­ri­cor­dia de Dios.

Hoy es una fiesta de luz entre muchas tinieblas, es también la fies­ta de la humanidad salvada por Jesús desde el fondo de su po­breza. Él y su Madre, en medio de tanto mal, resplandecen co­mo una esperanza de salvación. Nuestra humanidad con tan­to dolor, problemas, crisis y muertes, tiene en ellos dos, Ma­dre e Hijo, una luz y una esperanza. Abandonémonos en los brazos de esta Madre con la confianza de hijos.

 

                                                           Llorenç Tous