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30º DOMINGO ORDINARIO (C)

“No soy como los demás: injustos, ladrones, adúlteros…”

Si no estamos muy atentos a nuestras reacciones ocultas, fácil­mente nos sentimos superiores a lo demás. Descubrimos nuestro engaño cuando podemos asomarnos al interior o a la historia del que hemos despreciado mentalmente. El orgullo aparece sola­pa­damente, condiciona el encuentro sincero y rebaja la sinceridad en el diálogo.

La vida suele poner las cosas y las personas en su sitio, a veces de­ma­siado tarde. Forma parte de la sabiduría del corazón la humil­dad que se aprende con los años, la que nos vacuna contra el or­gullo.

El fariseo de este evangelio no mentía al enumerar sus buenas obras en cumplimiento estricto de la ley, pero el orgullo le corrom­pía.

 

“¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”

Estas palabras expresan la actitud del que quiere convertirse a Dios porque se reconoce necesitado de perdón. Ante la luz de Dios, el pecado nos abruma pero su misericordia nos devuelve el perdón y nos deja llenos de paz.

Reconocer el pecado, confesarlo y recibir el perdón de Dios es el co­­mienzo de una vida nueva, la del convertido, cuya vida cristiana irá creciendo; dejará atrás el tiempo de los errores, flaquezas y de­más miserias.

Seguir a Jesús nos lleva a sentirnos hijos de Dios y experimentar los dones del Espíritu que nos conduce a la verdad plena. Somos pe­cadores, pero perdonados y recibidos como hijos de Dios. La ver­güenza que supera el pecador al confesar su pecado, se transforma en confianza en el Padre que le perdonó. “Nadie que sea hijo de Dios comete pecado, pues conserva su semilla; y no puede pe­car porque ha sido engendrado por Dios”. 1 Juan 3, 9.

Creo que en general se exagera nuestra condición de pecadores, como si no valiera el perdón recibido o fuera una simple condición ju­­rí­dica que en realidad no cambia a la persona ante Dios.

La fe y la gracia cambian nuestro ser de raíz; la filiación divina no es una mera ficción jurídica sino una transformación de nuestra na­tu­raleza.

“El que no reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros ¿cómo no nos va a regalar todo lo demás con él? Romanos 8,32.

Cantemos con gozo nuestra salvación, nuestra amistad con el Se­ñor, los dones del Espíritu, nuestra pertenencia a la Iglesia la pe­re­grina y la celestial.

Cuando hemos herido la amistad con alguien, si ésta amistad es verdadera como el perdón que recibimos a continuación, no re­cor­da­mos más la ofensa. Si entre amigos el perdón es sincero, ¿lo será me­nos el que el Padre nos da? Dios no se complace en el rigor ni en la venganza, sino en el amor con que nos acoge a su mesa, también a los que fuimos pecadores, como el apóstol Pedro.

                             

Llorenç Tous