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29º DOMINGO ORDINARIO (C)

“Cómo tenían que orar siempre sin desanimarse”.

Hoy Jesús nos presenta como modelo de oración a una viuda opri­mida, que pedía justicia a un juez “que ni temía a Dios ni le im­por­taban los hombres”. Si no recordamos otras palabras de Jesús, este texto puede confirmar a los que creen que por su insistencia en la oración, sobre todo si va acompañada de sacrificios y ofrendas, pue­den reducir la voluntad de Dios a la voluntad del orante. “Pedid y se os dará”. Mateo 7, 7.

Por eso antes de seguir, habrá que escuchar también estas otras pa­la­bras de Jesús: “Vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes que se lo pidáis”. Mateo 6, 8.

Estas otras palabras de Jesús sugieren dos actitudes distintas: la con­fian­za que descansa en la solicitud del Padre fiel y se mantiene en un si­len­cio sereno sin pedir nada, o bien la misma confianza en el mismo Pa­dre al que nuestro corazón se le abre con petición insistente y re­sig­nada como hizo Jesús de Nazaret en Getsemaní.

No se contradicen porque ambas surgen de la misma confianza en el mis­mo Padre bueno. Tanto en el Antiguo Testamento como en los evan­gelios, abundan toda clase de oraciones concretas de petición. Al mis­mo tiempo es muy lógica la que las resume a todas: “Hágase tu vo­luntad”. Mateo 6, 10. De nuevo Jesús es el modelo perfecto al orar así en Getsemaní. “Padre, si quieres, aparta de mi este tra­go. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Lucas 22, 42.

Dejando aparte el aspecto de su oración, la viuda del evangelio es una persona motivada por su necesidad. De su necesidad brota su in­sis­tencia y no deja en paz al juez impío. El ejemplo no puede apli­carse a la oración de petición ante nuestro Padre bueno.

Motivados están los testigos de Dios por la luz con la que ven la rea­lidad. Su fe mueve montañas porque están plenamente unidos al plan salvador de Dios. Su palabra quema y su ejemplo alimenta la es­pe­ranza y la sana envidia.

El desaliento es muy humano cuando se combate. El cansancio, los es­cán­dalos y otras heridas, cierta confusión actual, los nuevos tiem­pos con sus retos, la mediocridad, etc., incitan al pesimismo y para al­gunos justifican su comodidad. Se va perdiendo el espíritu de san Pa­blo y la ilusión en algunos seguidores de Jesús.

Pero “realmente ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Si­món”. Lucas 24, 34. Esta confesión de fe de los apóstoles el día de Pascua es el fundamento y la fuente de todo; de ella brota nuestra fuer­za y la luz ante cualquier dificultad; ella es el manantial perenne de nuestra alegría y paz a pesar de todo. Esta fe nos hace creativos an­te los nuevos tiempos y nos inmuniza del cáncer espiritual que merma la fe en el corazón de los tristes, los que regresaron a sus cuarteles de invierno como los apóstoles antes de creer en la resu­rrec­ción del Señor.

Un buen efecto de la oración de petición cuando es humilde e insis­tente, está en confirmarnos en la voluntad de Dios. Conocemos su im­por­tancia y no dudamos de que su providencia trabaja siempre pa­ra bien de muchos. La insistencia en el orar es una manera de confir­marnos en esta fe.

Toda oración, desde la vocal hasta la contemplativa, nos levanta del ni­vel de lo humano y nos transciende a nosotros mismos; atraídos por el Espíritu que actúa en nosotros, nos unimos a sus gemidos ine­fables y con toda la Iglesia peregrina y triunfante, avanzamos en el Reino de Dios.     

                                                      Llorenç Tous