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27º DOMINGO ORDINARIO (C)

 “El justo vivirá por su fe “. Habacuc 2, 4. (1ª lectura)       

La fe es confianza en Dios, tal como nos enseña el padre de los creyentes, Abraham. No se trata de la comodidad perezosa e inac­tiva, sino del fruto del amor y de la esperanza. Su fundamento es Dios que cuenta con nuestro esfuerzo.

En nuestro mundo Dios ya no es el valor absoluto que fundamenta y rige la sociedad, con más motivo necesitamos los creyentes dar testi­monio de su existencia y de su amor. Para que nuestro testimonio sea creíble ha de ser coherente; hemos de poder dar razón de nues­tra fe a quien nos lo pregunte con palabras que respondan a las pre­guntas del hombre de hoy.

La confianza se practica en las dificultades, en las crisis y ante los re­tos. Si los afrontamos con fe, ellos nos encaminan hacia la madurez. Si confiamos en los que nos quieren, ¿cómo no vamos a confiar en Dios, nuestro Padre ?

Esta confianza transforma la vida; con ella nada hay imposible, todo se afronta con seguridad, se aguanta con paz o se espera sere­na­men­te.

“Si tuvierais fe como un granito de mostaza”. Estas palabras de Je­sús nos llenan de ánimo porque tanto la historia de la Iglesia como la de nuestra vida nos muestran que no se necesita demasiada fe pa­ra conseguir maravillas. El contraste entre la semilla y el árbol es el sím­bolo con el que Jesús expresó esta verdad.

El secreto está en que la fe nos introduce en los dominios de Dios, para Él nada hay imposible; si bien generalmente “sus caminos no son nuestros caminos”. Esta fe consigue algo más que mover mon­ta­­ñas, transforma el corazón, lo dilata y lo abre a la acción del Espí­ritu Santo. Esta fe multiplica las posibilidades y alcanza la sabiduría del corazón. La confianza en Dios va poblando de vida nueva la sole­dad y vence todos los miedos.

“Los duros trabajos del Evangelio”. 2ª Timoteo 1, 8. (2ª lectura).

San Pablo escribe desde la cárcel a su joven discípulo Timoteo, tímido y asustado ante su misión. El miedo es propio de toda persona cons­ciente de la realidad. Su medicina es la confianza. El anciano apóstol, probado de tantas maneras, transmite su fe y su mensaje sin reba­jas, dando un ejemplo a todas las personas mayores. Sin resen­ti­mien­tos sino con alegría y seguridad, se siente con el deber y la se­gu­ridad de transmitir su lograda sabiduría evangélica a la siguiente ge­neración, para que con creatividad se la apropie y la aplique fiel­mente a los nuevos tiempos.

“Los duros trabajos del Evangelio, se componen de luchas y derrotas, impotencias, dolores, modestas victorias y profundas satisfacciones. Son el fruto del que no quiere vencer ni dominar, sino servir a los demás ofreciendo la personal experiencia de la salvación recibida de Jesús.

“Los apóstoles dijeron al Señor: -Auméntanos la fe”. Lc 17, 5.

Para seguir confiando ante el misterio de Dios y de mi vida, ante los re­tos del mundo moderno, ante la fragilidad de mi barro.

Para calmar mi sed de Ti, Dios mío. Para ser más feliz y poder con­solar a los tristes.

Para tener más ilusión y animar a los que la perdieron. Para ser tu tes­tigo en el mundo de hoy.

                                                    Llorenç Tous