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26º DOMINGO ORDINARIO (C)

“Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aun­que resucite un muerto” 

Esta sentencia con la que se cierra este evangelio, desplaza el afán de lo milagroso a la hora de fundamentar la fe y la conversión, pa­ra centrarlo en la escucha de otros mensajes de Dios, los que nos lle­gan por Jesús y los profetas del reinado de Dios.

Es necesario discernir actitudes. Ante lo que llamamos “mila­gro­so”, fácilmente vemos la mano de Dios porque le asociamos con to­do lo grande, lo triunfante y glorioso.

En realidad la grandeza de Dios está oculta en toda realidad, sobre todo en lo humano, lo real, lo humilde que la Encarnación de Dios consagró como vehículo fiable de su presencia salvadora. Dios se nos acerca siempre con amor a la medida de nuestra pequeñez.

Lo milagroso nos deja siempre con interrogantes sobre la re­la­ción entre el poder de Dios, la acepción de personas y su justicia. Ade­más provoca un proceso distinto del que Jesús describió con el fer­mento que en silencio y a su tiempo acaba por fermentar toda la masa.

Sabemos por experiencia que nuestra salvación es un proceso de toda la vida, nada fácil, en el que Dios tiene siempre la iniciativa y en el que el Espíritu santo que Dios ha dado a los que le obedecen, derrama abundantemente sus dones.

Una resurrección de un muerto a la vida de antes, tal como lo pi­de el personaje de este evangelio, para provocar la conversión de sus hermanos, pretende facilitarles la salvación y evitarles los tor­men­tos que él está pasando.

La parábola debe completarse con el mensaje cristiano por que el sabemos y creemos que “realmente ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”. Lucas 24, 34. Esta fe nos introduce en un ni­vel superior a todo lo que llamamos milagroso; Dios nos ha dado mu­cho más de lo que pedía el rico epulón para salvar a sus her­manos.

No obstante sigue en nuestro mundo la injusticia descrita en la parábola. Los ricos banqueteando y los pobres mendigando a sus puertas. Esta situación que hoy conocemos profundamente en su dimensión mundial, es un estímulo para muchos a la solidaridad. Afor­tu­­nadamente muchos siguen el grito de los pobres pidiendo pan, cultura, salud, igualdad, paz, esperanza, vida.

El abanico de necesidades y derechos no cumplidos, se amplía cada día por la información de que disponemos. Ante ella nos abru­ma un sentimiento de impotencia, no obstante, en el evangelio de hoy hay un detalle que nos orienta hacia una solución concreta. Men­-­di­gando a su puerta estaba el pobre, ¿por qué el rico epu­lón no se detuvo a saludarlo? El buen samaritano de otra pa­rá­bo­la se detuvo y cambió sus planes de viaje. El contacto per­sonal y abierto con los pobres nos guiará hacia la justicia y la mise­ri­cor­dia; entonces podremos pensar que de verdad amamos a Dios.

Muchas de las grandes obras que han cambiado partes o aspectos de la humanidad, han nacido de la convicción inicial de uno o de unos pocos. Sus orígenes han sido modestos, humildes, tal vez perseguidos.”El reinado de Dios se parece a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su campo. Es más menudo que las demás semillas, pero cuando crece, es más alto que otras hortalizas”. Mateo13, 31-32.

Nuestra vida es una suma de oportunidades que podremos apro­vechar si somos conscientes de ello, si evitamos lo que nos aturde la mente o nos cierra los ojos a la realidad. Abrir los ojos es infor­marse, pensar, razonar con valentía sobre la realidad, disponerse a cam­biar lo que haga falta para no vivir en contradicción sino con do­ci­­lidad a la verdad que se nos manifiesta. Bien se cuida el Espíritu y los ángeles de Dios de ofrecernos oportunidades para andar por el ca­­mi­no de la justicia, de la verdad y del amor. No es verdad que só­lo tengamos una de estas oportunidades; Dios no es tacaño, al con­tra­­rio, el proverbio popular lo ha formulado así:

Cuando Dios da, no es escaso.

Llorenç Tous