Tornar al llistat

21º DOMINGO ORDINARIO (C)

Hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos”

Estas palabras de Jesús nos sirven de gran consuelo porque son un testimonio válido del triunfo de la verdad y de la justicia. Cuando la realidad social nos sumerge en un pantano de mentiras e injus-ticias, este juicio de Dios nos mantiene la esperanza.

Ante Dios la realidad no es como aparece en este mundo. La ido-latría del dinero, origen de todos los males, convierte en víctimas inocentes a una gran parte de la humanidad, con el agravante de que parece que no es posible otra sociedad.

Los ojos de Dios ven esta realidad de muy diferente manera. El Espíritu nos mueve a seguir construyendo otro mundo según la vo-luntad y los criterios de Dios. ¿Cuáles son estos criterios?

Nazaret pasó a ser la capital de los redimidos. Allí se centró la mirada de Dios para emprender la última etapa de la salvación del mundo: un pueblo insignificante en un rincón del mundo. Allí vivía una doncella núbil, prometida en matrimonio, con la que Dios co-menzó una gran historia que ha cambiado la humanidad y la ha sal-vado para siempre.

Un ladrón estrenó con Jesús resucitado el cielo, fue un día sin ocaso, un “hoy” eterno, cuya luz nos sigue mostrando a nosotros el camino. Nadie hubiese pensado que en aquel montículo presidido por un condenado a la muerte más ignominiosa, se realizaba la salvación de todos los hombres.

Si comparamos la vida de cada uno con un tapiz, el primer trazo de su dibujo reproduce un punto o una breve línea en el proceso de fe, que nos conduce hasta el “hoy” de cada uno de nosotros. Porque para Dios nada hay pequeño, nada insignificante. Como los grandes artistas, Dios Padre realiza maravillosas obras con un material muy pobre, nuestro barro.

El mundo está muy lejos de entender el proyecto de Dios y menos aún de sintonizar con él; el mundo sigue unos criterios y unas metas muy diferentes; no obstante, el Padre sigue llamando, el Hijo no cesa de interceder por nosotros y su Espíritu anima a la Iglesia y a todo hombre que viene a este mundo para que venza el mal a fuerza de bien.

Dios nos acompaña con amor a cada uno; en sintonía con Él podemos colaborar en la lucha hacia este otro mundo posible, or­ga­nizado según su voluntad y sus criterios, donde “los últimos son los primeros”.

Resumiendo, lo que en el mundo es tan pequeño que no merece confianza, ante Dios es valioso y puede ser en sus manos un ins- trumento eficaz para sus admirables planes. Lo afirmó Jesús con es-tas palabras: “Sabiendo lo que pensaban… les dijo: El más pe-queño de todos vosotros es el mayor”. Lucas 9, 47-48.

  Los valores que gobiernan el mundo son el poder y el dinero. En cambio los valores que proclama el evangelio son la humildad y la justicia, unidos ambos por el amor. El contraste es absoluto y total. Sin darnos cuenta el poder y el dinero acosan nuestra vida desde muchas estrategias que, si no andamos con mucho cuidado, acaban por meternos en sus redes. ¿Cómo podremos librarnos? “Cuantos se dejan llevar del Espíritu de Dios son hijos de Dios”. Romanos 8,14.

Abandonarse al soplo del Espíritu exige fe, o sea, confianza en su luz. El Espíritu conduce, sugiere, acompaña y fecunda la vida de cada creyente. Nos situamos bajo su influencia por medio de la oración contemplativa o de petición humilde, sincera e insistente.

El primer don del Espíritu es el amor que va transformando nuestra mentalidad y nuestras obras. Por el amor nos separamos del domino de las tinieblas del poder y del dinero y pasamos al reino de Dios. Con este amor nos acercamos a los últimos y a su lado aprendemos a vivir según los criterios de Dios, para el que hay últimos que se-rán los primeros. Este es el programa que nuestro Papa Francisco repite con insistencia, una Iglesia pobre para los pobres. En ellos está la fuerza que provoca nuestra conversión.

  

Llorenç Tous