Tornar al llistat

18º DOMINGO ORDINARIO (C)

“Revestíos de la nueva condición”

“Cristo es la síntesis de todo y está en todos” 

Cada uno de nosotros va descubriendo y realizando libremente su proyecto de vida, tal vez sin saber que sobre él planea el pro­yecto de Dios Creador y dador de la vida. Nuestra meta no siempre coincide con la de Dios pero la verdad es que la de Él para cada uno de nosotros, es una salvación que se concentra en el resumen y el lo­­gro de la felicidad. 

Nuestra ignorancia, las muchas limitaciones, la libertad de cada uno en medio de mil imprevisibles circunstancias, van tejiendo día a día, año tras año, un proyecto de vida que no siempre coincide con el plan de Dios. 

Esta disonancia puede sincronizarse por arte divino en paralelo, sin prescindir de nuestro esfuerzo. La orientación correctora la ha dis­puesto Dios por medio de Jesús, el Hijo. También a los que no tie­nen la suerte de conocerle, Dios les ayuda a salvarse y a con­seguir la armonía y la paz. Para los cristianos esta salvación, re­sumen y logro de la felicidad, quedó formulada con estas palabras de san Pablo: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bie­­nes de allá arriba”. (2ª lectura de hoy). 

¿Qué es “resucitar con Cristo?” 

Jesús dejó al Espíritu santo encargado de completar su obra has­ta su segunda venida al final de los tiempos. Esta herencia de Jesús se gestiona sobre todo en la Iglesia, aunque no sólo en ella. Sus sa­cra­mentos ofrecen los frutos de esta herencia del Señor. 

El proceso comienza en la predicación y la vida ejemplar de los tes­tigos de Jesús, que provoca la conversión a Él en los que lo acep­tan con fe. “Si confiesas con la boca que Jesús es Señor, si cre­­­es de corazón que Dios lo resucitó de la muerte, te sal­va­rás”. Romanos 10,9. 

Éste es el primer paso que nos acerca al sacramento del bau­tismo. (No lo confundamos con el mero acto sociológico que muchas ve­­ces es el bautismo, por desgracia).Por él la acción de Jesús resu­ci­ta­do nos incorpora a Él; con él morimos y con él resucitamos a una nueva identidad, la de hijos de Dios. Sobre este fundamento fir­me se establece nuestra nueva vida de convertidos al evangelio. Este cambio es progresivo gracias a la oración y a la relación per­sonalizada con él. Oración de escucha, de diálogo, de gozo, de sor­pre­­sa, de paz, de luz, de impotencia, de gratitud o de silencio en ado­ración. 

En este camino se implican conjuntamente nuestra libertad y la ac­­ción del Espíritu santo que se sirve de todo acontecimiento, ejem­plo, accidente o circunstancia. La fe y la oración son sus intérpretes. El progreso en este proceso quedó descrito por san Pablo:”Quiero así tomar conciencia de su persona, de la potencia de su re­su­­rrección y de la solidaridad con sus sufrimientos, repro­duciendo en mi su muerte para ver de alcanzar como sea la resurrección de entre los muertos”. Filipenses 3, 10-11. 

Cada uno vivimos este proceso con diferentes matices y a dis­tin­to ritmo. Los dos en camino a Emaús lo tuvieron más fácil que To­más; María Magdalena llegó a verle después de muchos nervios; en cam­bio el compañero de Pedro, el predilecto de Jesús, “vio y cre­yó”, Juan 20,8; así de sencillo y fácil. 

Todo el esfuerzo que hagamos para que el misterio de la resurrección del Señor, sea el principio de la nuestra, será poco; superemos la ignorancia que en general se tiene en la Iglesia de esta realidad funda­mental de nuestra fe. 

Nuestra renovación debe co­menzar aquí, para encon­trar­nos con Jesús y descubrir en Él el sen­tido de nuestra vi­da en este mun­do en el que nos ha tocado vi­vir.