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15º DOMINGO ORDINARIO (C)

La misericordia en tiempos de hambre 

En tiempos de Jesús los samaritanos eran considerados como aje­­nos al pueblo de Dios, porque su raza se había corrompido por an­­teriores matrimonios con mujeres extranjeras. No podían entrar en en el templo de Jerusalén por eso erigieron su templo propio en el monte Garizim. Admitían el Pentateuco como palabra de Dios, pe­ro no los escritos de los profetas ni los libros históricos. 

Según la parábola de Jesús el Espíritu de Dios se manifiesta en el sa­­ma­ritano, en cambio la conducta del sacerdote y del levita de­muestra que ninguno de los dos obedece al Espíritu. El culto del que e­ran servidores oficiales, no les había convertido el corazón. 

En tiempos de hambre antes de predicar hay que llenar el estó­ma­­go de los oyentes. Cuando el hambre forma parte de un sistema so­­cio-económico que necesariamente la produce, además de cal­mar­­­la con alimentos, hay que denunciar el sistema y construir una al­­­ternativa fundamentada en la justicia. 

El hambre produce robos, depresión, enfermedades, tristeza y muerte del alma y del cuerpo. En nuestros días es un fatídico per­so­na­­je que azota a la humanidad como una pandemia que ya ha llega­do a nuestras casas de Occidente. 

Cuando dejamos que un pobre nos interpele e interrumpa nuestro ca­mi­no, como hizo el buen samaritano, nos hemos acercado a la car­ne de Cristo”  , según vocabulario del papa Francisco. El pobre nos sa­ca de nosotros mismos y nos muestra la realidad del mundo; pro­vo­ca compasión (padecer con) y la solidaridad que busca remedio a sus males. 

Desde cierta impotencia ante el mal, se analizan las causas, se de­nun­cia, se lucha por la justicia, y se invoca al “padre de huérfanos y protector de viudas”. Salmo 68,6. 

Hemos entrado así en un proceso de conversión que nos exige un reajuste de nuestros valores como el tiempo, los bienes, la cultura y la fe. El pobre es un instrumento de Dios, como un profeta, que nos ha­bla en su nombre; por él baja la gracia de Dios como por un rio de gracia que  lo transforma amorosamente todo. 

El pobre viajero medio muerto que se encontró en su camino con el samaritano del evangelio, tuvo una gran suerte, pero más dicho­so fue el samaritano. “Hay más dicha en dar que en reci­bir”, dijo Jesús. Hechos, 20, 35. 

Desde sus mismos orígenes quedó institucionalizado en la Iglesia el cuidado de los pobres. Hechos 6, 1-4. La historia de la Iglesia tie­ne páginas admirables de servicios, logros, personas e institu­ciones de toda clase en todos los sectores y épocas, que lo de­mues­tran. 

En nuestros días la misericordia y el amor de los cristianos, junto con muchas personas de buena voluntad, se prodigan entre los emi­grantes, los que sufren violencia, los que no tienen trabajo, los ham­brientos, los ancianos abandonados, los niños explotados, etc. Las comunidades que pretenden ser cristianas, pero viven al mar­gen de estos colectivos, no merecen llamarse cristianos. 

                                                          Llorenç Tous