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14º DOMINGO ORDINARIO

¿Faltan de verdad sacerdotes? 

Que la mies es abundante nos lo dice el Señor, pero no dice que pida­mos al Padre “muchos” obreros. Él tuvo muy pocos, no obstante por la acción del Espíritu santo, a pesar de tantas medianías y pecados, desde la Igle­sia se ha transmitido el Evangelio con toda su riqueza y sigue vivo gra­cias a los apóstoles, profetas, mártires y maestros que la han en­ri­que­cido a lo largo de su historia.

La fe cristiana conservada en la Iglesia es la historia viva de la pará­bola del grano de mostaza. Las estadísticas sobre vocaciones religiosas es­tán provocando sensaciones erróneas en el pueblo cristiano. Cier­ta­men­te son una prueba de que en Europa disminuye la fe “de otros tiempos”, pe­ro no la búsqueda de sentido trascendente de la vida y a ser posible en la cantera del cristianismo. El problema está en la falta de adecuación en­tre las preguntas de nuestra sociedad y la respuesta de muchos mensa­jeros de lo cristiano. Sus palabras, sus vidas y sus estructuras o criterios van por otro camino.

Faltan más profetas que sacerdotes, más poseídos del Espíritu que fun­cio­­narios religiosos o “gestores”, para calificarlos con el vocabulario del Pa­pa. Para contagiar el evangelio es necesario que el pastor emita “olor a ove­ja”, o sea, que esté en contacto con la realidad de las personas no só­lo desde el altar. Se necesita igualmente que sea un poseído del Espíritu.

Puestos a escuchar a Jesús que nos encarga pedir obreros al amo de la mies, me atrevo a pedirle también que ilumine a la Iglesia sobre el pro­ceso de formación en los seminarios y noviciados.

 

¿Sólo faltan sacerdotes y religiosos? 

Reducir el tema a las vocaciones sacerdotales y religiosas, es un grave error de los que identifican la Iglesia con el clero, sin tener en cuenta que el bautismo nos constituye a todos en pueblo de Dios.

La primera vocación es la de cada bautizado a seguir a Jesús y a cam­biar el mundo en reinado de Dios por el amor, la justicia y la paz.

La primera semilla de vocación cristiana deben darla los padres en ca­da familia; si no es así, su bautismo, el de los padres, no ha tenido efecto y de poco servirán las ulteriores catequesis de niños y jóvenes si no es pre­­cedida y confirmada por la conducta y la palabra de sus padres.

El tema de la mujer en la iglesia es otro tema pendiente para que la Igle­sia no siga privándose de la riqueza necesaria para que la fe sea la que predicó Jesús. Él superó la mentalidad de su tiempo e incorporó pú­bli­camente a mujeres a su comunidad. Fueron los primeros testigos de su re­su­rrección. 

 

La vocación, un misterio 

“El que sondea los corazones sabe lo que pretende el Espíritu cuan­do suplica por los consagrados de acuerdo con Dios. Romanos 8, 27. Según san Pablo todos los bautizados quedamos consagrados por el Espíritu santo.                                          

Los caminos que desde la infancia seguimos todos hasta alcanzar la re­la­tiva madurez con la que optamos por un concreto proyecto de vida, es una cadena de detalles y circunstancias, de vueltas y revueltas, que sólo se entienden un poco desde una cumbre de años y de luz.

Contemplada la vida a distancia, ofrece un rico panorama de logros, erro­res y sorpresas, cuya suma da un resultado que sólo la confianza en Dios y su bondad lo transforman en positivo.

La vocación cristiana es seguir a Jesús. Todos los cristianos que vivi­mos la fe profesada en el bautismo, recibimos de él el sentido de nuestra vi­da, o sea, la salvación.

Cuando la vocación a seguir a Jesús se entienda como una llamada des­de el bautismo, las mieses del Reino de Dios tendrán abundantes obre­ros. Dichoso el que haya sido dócil, cada vez que el Espíritu, asién­dole de los cabellos como al profeta Habacuc, le haya cambiado la direc­ción. ¡Qué insondables sus decisiones, qué irrastreables sus cami­nos! Romanos 11, 33.

 

                                                               Llorenç Tous