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11º DOMINGO ORDINARIO (C)

“Los pies con sus lágrimas” 

En esta página cada detalle de la escena descrita contiene un men­saje revelador tanto de Jesús como de cada uno de los pre­sentes. Los silencios, lo mismo que las palabras, están cargados de re­velación.

La pecadora está superando todo cuanto puedan criticarle, está har­ta de mentira y ha visto en Jesús el amor que lleva tiempo bus­cando inútilmente. No dice una palabra, pero sus lágrimas y caricias a los pies del Señor lo dicen todo y Jesús le comprende. Sus gestos son eróticos, que al tocar a Jesús, se transforman en canal de arre­pentimiento y de gracia salvadora. “Desde que entró no ha deja­do de besarme los pies”. Es una escena conmovedora en la que la mujer descarga a besos su corazón y su azarosa vida. Nunca ha­bía besado a nadie como lo está haciendo ahora. Aquellas lágrimas a los pies le están lavando el corazón y la vida .

El fariseo vive de apariencias, lo que desea es el prestigio de te­ner a Jesús invitado a su mesa. Sus pensamientos no merecen te­ner­le en casa. Su postura ante la aparición de la pecadora de­mues­tra lo que lleva en su interior: vanidad, orgullo y la rigidez de la Ley in­­mi­sericorde. El Maestro, en cambio, aprovecha la ocasión para de­fi­­nirse, confrontarle y perdonar.

Jesús rompe moldes una vez más. Capta el amor que le manifiesta públicamente aquella mujer, ve su corazón herido, ansioso de verdad de amor y de limpieza. Jesús acepta complacido sus sentimientos, la acoge y le responde defendiéndola; le da su perdón total por encima del fariseo. “Tu fe te ha salvado… tus pecados están perdonados… vete en paz”.

Jesús aprovecha esta comida para dar su gran lección sobre el amor. “No vine a llamar a justos, sino a pecadores para que se arrepientan”. Lucas 5,20.

Jesús se muestra unido con el Padre, conocedor de su amor y su mi­se­ricordia, por eso proclama su perdón: “Tus pecados están per­donados”. Sorprendente respuesta de Jesús, que la mujer se­gu­­ramente no había imaginado. Su valentía quedó largamente com­pen­sada.

El encuentro entre Jesús y la mujer fue el principio de su gran amis­tad que le permitió ser una mujer nueva, discípula fiel del Maes­tro y una más de las que le acompañaron y le cuidaron. El evan­gelista enumera al final tres nombres de mujeres, sus fieles ami­gas, Maria Magdalena, Juana y Susana; todas ellas curadas en el cuer­po y en el alma.

Jesús nos concreta y amplía la revelación de Dios que Moisés re­cibió para el pueblo de Israel. Desde los orígenes del pueblo elegido Yahvé se le manifiesta compasivo, clemente, paciente y mise­ri­cor­dioso, Éxodo 34, 6. Los pecados de la mujer prostituta (abría que co­nocer sus verdaderos motivos, ¿no sería por hambre?) la llevaron a prescindir del freno de su vergüenza y despertaron la bondad gra­tuita de Jesús.

Aunque el pecado pide castigo, la misericordia provoca com­prensión, tolerancia, cercanía y amistad. Jesús no le condena ni le exige nada antes de regalarle el perdón, se lo da sin condiciones. Ante Simón, que se tenía por justo y garante de la moralidad pú­bli­ca, Jesús da la preferencia a la mujer “porque tiene mucho amor”.

Jesús ha rehabilitado públicamente a esta mujer que en lo más hon­do de su persona y de su historia, acaba de recibir la oferta de una alianza definitiva con Dios por medio de Jesús. Acaba de des­cu­brir al Padre que Jesús le ha revelado, el Dios del amor, la paz y la gra­cia. Ya no será “la prostituta conocida”, sino una hija de Dios y la ami­ga de Jesús.

Aquella noche, cuando esta amiga de Jesús cierre la puerta y se acueste sola para dormir, asimilando su encuentro con Jesús, sen­tirá crecer su dicha; está limpia, rehabilitada, estrenando una amis­tad nueva, que le irá cambiando; lo está intuyendo y deseando.

También Jesús aquella noche recordará con satisfacción lo ocu­rrido en casa de Simón. “Os digo que lo mismo habrá en el cielo más fiesta por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse”. Lucas 15, 7. 

Llorenç Tous