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10º DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (C)

En aquella sociedad patriarcal la mujer ocupaba un segundo rango, sobre to­do si era viuda. Lucas demuestra una sensibilidad particular ante la mu­jer y más aún ante la mujer marginada como la del evangelio de hoy. Al per­der su marido y su único hijo, quedaba indefensa ante los abusos e in­jus­ticias, no tenía recursos para defenderse y vivir con seguridad.

 

La intención del evangelista no se centra en el muerto, ni en su madre, si­no en Jesús, en su actitud y su obra. El sentimiento que le motiva es la com­pa­sión, “se conmovió”, ante la situación que ven sus ojos y ante el pa­­no­rama que espera a la madre viuda.

 

No podemos saber si realmente ocurrió una resurrección del muerto; sa­be­mos la reacción de los presentes: “-Un gran profeta ha surgido entre no­sotros. Dios ha visitado a su pueblo”.

 

La visitación de Dios a su pueblo, que en el Antiguo Testamento definía su cas­tigo o su perdón, es el concepto que Lucas usa para resumir toda la obra salvadora de Jesús en este capítulo 7. Jesús salva curando el criado del centurión, o sea, extiende su salvación más allá del pueblo elegido, cu­­rando físicamente a un gentil que se estaba muriendo 7, 1-10. Como “Se­ñor” resucita a un muerto 7, 11-17 a su vida anterior. Superando la men­talidad de Juan Bautista, cumple las promesas de Dios 7, 18-35. Per­dona los pecados de una mujer, que es el equivalente espiritual de la cu­ra­ción y la resurrección 7, 36-50.

 

Esta “visitación” de Dios a Israel no se encierra en sus fronteras, “se extendió por todo el país judío y todo el territorio circundante”. El pueblo acep­tó agradecido la misión de Jesús y agradecía su obra. “Todos, so­bre­co­gidos, daban gloria a Dios”. En cambio los fariseos, por boca del que más tarde le invitó a comer, dicen: “Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer le está tocando”. 7, 39. Los fariseos y los doctores de la ley se burlan de Jesús y se excluyen a sí mismos de su salvación; en cam­bio los sencillos y humildes del pueblo se benefician plenamente de ella.

 

Lucas insiste en la misericordia de Jesús hacia los excluidos de la so­cie­dad, los pecadores, las viudas, los más indefensos, los niños, los des­pre­cia­dos recaudadores, etc. Ésa es la intención del evangelista en todo el ca­pítulo 7, introducirnos en las entrañas misericordiosas de Jesús.

 

“Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo:” –No llores. Se acercó al ataúd (los que lo llevaban se pararon) y dijo: -Muchacho, a ti te lo digo, ¡levántate!”.

 

Una vez más Lucas describe la humanidad de Jesús, su sensibilidad y su sal­vación. Se detiene ante el dolor humano, como Buen Samaritano. Im­pone su fuerza salvadora, cambia totalmente la situación y comunica vida nue­va. Nuestro bautismo nos asocia a su estado glorioso, nos resucita a una vida nueva, la de hijos de Dios. Por él hemos recibido el sentido de la vi­da que es la alternativa del amor, frente a la del dinero.

 

Con piadosa imaginación participemos en la cena con la que aquella ma­dre, con sus parientes y amigos celebraron de alguna manera aquel en­cuentro consolador. Gracias a Jesús sintieron a Dios cercano. Admirable cer­canía es también la que experimentamos en cada eucaristía. De­jé­monos guiar por el incrédulo Tomás cuando se rindió diciendo: “Señor mío y Dios mío!

 

Llorenç Tous