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CORPUS CHRISTI

 

“Esto es mi cuerpo”, (“esto soy yo en persona”, es la tra­duc­ción literal del arameo que hablaba Jesús), un hombre frágil hecho pedaz­os, como este pan que estoy rompiendo. “Fracción del pan”, signo ju­dío primero y apostólico después, de una vida rota por el amor per­seguido a muerte por los mismos de su pue­­blo al que fue enviado en primer lugar. El misterio del amor más gran­­de y del rechazo más cruel e injusto. 

Siempre que buscamos a Dios necesitamos transcendernos a no­so­tros mismos y abrirnos al misterio, al menos como posible. De lo con­trario estaremos en el engaño de intentar su manipulación. Ne­ce­sitamos también contestar a las preguntas de la duda hasta don­de es posible la respuesta, pero sabiendo que nunca alcanzaremos plenamente la verdad de Dios. Ante Él se impone la fe como único medio de posible acceso, una fe que nos introduce a la ado­ración gozosa y agradecida. 

La presencia real de Jesús resucitado en la Eucaristía ocupa el cen­tro de nuestro peregrinar, es el don que nos une y constituye en Igle­sia de Dios; nos alimenta la fe y la caridad y nos muestra hasta dónde ha llegado su amor para poder estar con nosotros cada día hasta el final de los tiempos. 

Para alcanzar esta meta en su descenso y levantarnos así hasta lo más íntimo de un abrazo con Dios, dijo Jesús las sagradas pala­bras con las que se identificó antes de morir, mientras cenaba por úl­tima vez con los suyos: “Esto es mi cuerpo”. 

-Puedes hablar así, Señor, porque realmente este pan tro­ceado que repartes, nos presenta tu cuerpo profanado, he­rido, roto, despedazado, ofrecido sin reserva. Tu cuerpo eres Tú, con tus sentimientos en esta cena, aceptando tu mi­sión hasta el final con todas sus consecuencias, sin re­bajas, en absoluta fidelidad y con amor sin límite. Esta ce­na es el final de tu camino en la tierra y la puerta por la que entraste a tu muerte y a tu resurrección. 

El Espíritu de Dios Padre al resucitar a Jesús de entre los muertos, nos ha introducido a una nueva dimensión de aquella cena, renovada por encargo del Maestro en la vida de la Iglesia. Los cris­tianos queremos seguir el gozo de sus primeros testigos que con su Madre celebraron la gran sorpresa de Dios: ¡JESÚS VIVE! 

Hoy es una festividad plenamente motivada para sentirnos abru­mados por el inmenso amor de Jesús tan cercano, tan amante, tan glo­rioso después de su cruel agonía y muerte. Nos gozamos con él en su resurrección. Acudimos alegres a este manantial de amor divi­no que nos lava, nos alimenta y nos une en adoración y gratitud. Quien comprenda la verdad de tanto amor y lo acepte con fe ren­di­da, experimentará el gozo de Dios Padre y de los bienaventurados del cielo. Toda la vida cambia en lo profundo cuando aceptamos con gra­titud la verdad de este misterio. 

“Partían el pan en las casas, comían alabando a Dios con alegría y de todo corazón”. Hechos 2, 46. 

Para entender la Eucaristía hemos de remontarnos a los primeros tes­tigos de la resurrección de Jesús, quienes al creer lo que estaban ex­perimentando de Jesús en su vida ya gloriosa, se sintieron unidos en la misma fe, compartían la misma luz del Espíritu. Su luz les dio a entender en profundidad su experiencia anterior al lado del Maestro. y coincidían en la necesidad de celebrarlo al lado de la Madre. Ante tanto amor y ante la salvación para todo el mundo que de Jesús, enviado del Padre, se derivaba, necesitaron encontrarse para celebrarlo. 

Aquella primera celebración con la que cumplían el encargo de Jesús, “haced esto en memoria mía”, constituyó el nacimiento de la Iglesia y con ella, de la Eucaristía. De aquella primera comunidad de testigos venimos los cristianos hasta hoy. 

Nosotros hemos heredado aquella dichosa realidad y la repetimos con gozo y gratitud. Para ser fieles a esta tradición, también hemos de fundamentarla en el mismo fundamento apostólico. “Nadie pue­de poner otro cimiento que el ya puesto, que es Jesús”. 1 Co­rin­tios 3, 11. Ellos se dejaron llevar de lo que les exigía su fe en la re­su­rrección del Señor. Tal vez para muchos es su asignatura pen­dien­te: acuden a misa sin esa fe explícita y madura, por lo que la eu­ca­ristía es para ellos poco más que un acto de piedad, o el cum­plimiento de una ley. Hablemos de Jesús resucitado y dejemos que su gloria nos transforme enteramente y desde lo profundo. Entonces entenderemos nuestro bautismo y la eucaristía.

 

                                                      Llorenç Tous