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LA SANTÍSIMA TRINIDAD

“A Dios nadie le ha visto nunca; el Hijo único, Dios, el que está da cara al Padre, él ha sido  la explicación”. Juan 1, 18. 

La madre está acogiendo sonriente y abraza con ternura al hijo en su regazo, se refleja en él con rasgos de semejanza; la vida fluye identificando, uniendo y procreando.

Sírvanos esta estampa para vislumbrar el misterio de la salvadora ternura de Dios que hemos experimentado. “Dios ha demostrado el amor que nos tiene enviando al mundo a su Hijo único para que vivamos gracias a él. 1 Juan 4, 9. 

Desde que este Hijo del Padre ha sido hijo de Maria en Nazaret, estamos todos recibiendo por él como una ampliación participada del misterio de Dios. Desde este nacimiento humano del Hijo, se  inicia el tsunami de una impetuosa salvación para todo hombre. 

La fuerza creadora del Espíritu de Dios que comenzó cerniéndose sobre el caos, encaminó la historia y se anunció en Nazaret, desde entonces sigue recreando la humanidad enferma y débil hasta conducirla a su plenitud.

En este proceso impuesto por el Creador en cada vida, el Hijo es el primer instrumento mediador; él nos connaturaliza por dentro con él y nos configura a imagen y semejanza del Padre.

“Os anunciamos la Vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó… para que compartáis nuestra vida, como nosotros la compartimos con el Padre y con su Hijo Jesucristo”. 1 Juan 1, 2-3. 

La asimilación de este misterio divino compartido tiene lugar en nosotros, los bautizados, convocados a la Iglesia de Dios; sus sacramentos, sobre todo la eucaristía nos  unifican en comunidad de fe y nos transvasan la vida, el amor y la alegría de Dios. “Os he dicho esto para que participéis de mi alegría y vuestra alegría sea colmada”. Juan 15, 11. 

El sol posibilita y fomenta la vida en  la tierra, también el aire cumple una función parecida; así el Espíritu de Dios nos transvasa la vida divina a todos los seres, singularmente a las personas, sobre todo las bautizadas.

Como la atmósfera, transformada en lluvias o nieves, alimenta los ríos que llenan luego los mares, así también el amor de Dios, humanizado en Jesús de Nazaret, llena la humanidad y se ofrece en medida asequible a cada hombre o mujer que viene a este mundo. Este Jesús enviado del Padre es el canal de bajada y el camino de vuelta entre Dios y cada uno de nosotros.

El Espíritu es quien impulsa el amor de Dios desde el cielo a la tierra; sobre todo desde los sacramentos de la Iglesia inunda nuestros corazones y nos levanta hacia el Padre. “Ad te cor nostrum subleva”, “atrae hacia ti nuestros corazones”, pedimos al Señor con la liturgia el día de su Ascensión.

El Espíritu nos recoge desde lejos, nos enseña a invocar al Padre, viene en ayuda de nuestra debilidad y nos libera de toda esclavitud para poder vivir anticipadamente la vida divina del cielo. 

El encuentro de Jesús en cada hombre lleva a cabo una destrucción de su anterior forma de vida y de su síntesis de pensamiento, a la vez que una instauración de realidad, apenas perceptible al comienzo, pero que seguirá creciendo lentamente hasta convertirse en fuerza animadora de toda la existencia, en principio de sentido y en criterio de acción. González de Cardedal, O., La entraña del cristianismo. 2ª ed. Salamanca 1998. p.660. 

“Me quedan por deciros muchas cosas”. Juan 16, 12. 

En aquella sobremesa los amigos de Jesús estaban muy lejos de poder sospechar cómo se iría ampliando el mensaje de Jesús y adaptándose a la historia por la tradición viva.

El Espíritu de Jesús, alma de la Iglesia, presente en tantas comunidades y personas a lo largo de los siglos, sorprende con sus luces e impulsos al peregrino de la fe. Apenas conocemos el esquema de esa admirable historia de la gracia de Dios en el interior de las personas y las instituciones. Dios no se cansa de amar a los hombres, no cesa de purificar a su Iglesia, sigue siendo el Dios de la historia, fecundándola por medio de Jesús resucitado y de su Espíritu.

En esta fidelidad de Dios se fundamenta nuestra esperanza en medio de la tribulación y del cambio trascendental en el que estamos inmersos. 

Cuando Pablo y Bernabé salieron en misión a evangelizar a las gentes más allá de las fronteras del judaísmo, entraron en el mundo pagano, cultural y religiosamente totalmente distinto. Inspirados por el Espíritu, sin prescindir de su mentalidad judía, predicaron el mensaje de Jesús y su resurrección. La cultura helenista obligó a Pablo a pensar y escribir el mensaje como “letrado experto en el reinado de Dios parecido a un amo de casa que saca de su alacena cosas nuevas y viejas”. Mateo 13, 52. El mismo Espíritu,  impulsor de la tradición viva, nos mueve hoy a adaptar el mensaje de Jesús resucitado a nuestra sociedad, inmersa en un cambio tan radical y  acelerado, cuya meta todavía no se vislumbra. La economía obliga a cambios profundos entre la gente, pero los verdaderos cambios comienzan con las ideas. Este criterio es fundamental para la nueva evangelización. Necesitamos que el Espíritu santo nos conceda el don de inteligencia.

                                                    Llorenç Tous