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DOMINGO DE PENTECOSTÉS

 

“Te lo aseguro: Si uno no nace de agua y Espíritu,

no puede entrar en el reino de Dios”. Juan 3, 5.

 

El gran desconocido 

Que en el reino de Dios se entra sólo por acción del Espíritu es una verdad que no todos tienen presente. Hacer posible en nosotros este nacimiento gracias al Espíritu es como abrir la puerta a un peregrino que llama y es acogido en casa. 

En la mayoría de muchos que se consideran cristianos, el Espíritu santo lleva años encerrado en su alma, desde el bautismo, como un encarcelado, olvidado de la justicia y de los suyos, mascando  soledad. Es como si no existiese. “Contestaron: -Ni siquiera nos hemos enterado de que se dé Espíritu Santo”. Hechos 19, 2. 

En cambio cuando el portero del corazón abre a este Peregrino solitario, la vida cobra la alegría de una sobremesa entre amigos  celebrando la boda de uno de ellos. 

“¿Habéis olvidado que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? 1 Corintios 3, 16. Son palabras de san Pablo que hablan de una permanencia interior estable y personalizada. 

“Reclinando la cabeza, entregó el Espíritu”.  Juan 19, 30. Éste es el primer regalo de Jesús al mundo cuando acaba de expirar. Brotó como una fuente de su interior traspasado por la lanza, sus aguas nos lavan y alimentan a todos los que le miramos con piedad. “Mirarán al que traspasaron”. Juan 19, 37. El amor de Dios se vació en nuestro corazón para que, una vez nos hayamos llenado hasta desbordar, lo derramemos en nuestros hermanos heridos en el camino. Son tantos y con tantas clases de heridas! “El amor que Dios nos tiene inunda nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha dado”. Romanos 5, 5. 

Para “volver a nacer” como dijo Jesús a Nicodemo, es necesario pasar antes por una especie de muerte, que puede ser de un accidente mortal o de una lenta enfermedad en el alma. Sin esta muerte previa, seguimos encantados y distraídos con sucedáneos de la verdad, de la alegría y del sentido. Pero llega un momento que estos sucedáneos agotan su capacidad de distracción, dejando un doloroso vacío envuelto en tinieblas y soledad profunda. Este  trance puede convertirse en la antesala del reino de Dios. Abundan hoy estas situaciones buscando profetas, médicos y guías que les acompañen en el camino acertado hacia Jesús que dijo: “Yo soy el camino y la verdad”. Juan 14, 6. Este camino sólo lo puede mostrar el que ya avanza por él. 

El alma de la  Iglesia 

Siendo el Espíritu santo el alma de la Iglesia, gracias a él los cristianos estamos unidos formando el Cuerpo de Cristo. La vida que recibimos por este Espíritu nos constituye en hijos de Dios y desde esta gracia cambia profundamente el sentido de nuestra vida; quedamos fundamentados en Dios, arropados por su ternura.”Mirad qué muestra de amor nos ha dado el Padre, que nos llamemos hijos de Dios; y de hecho lo somos”. 1 Juan 3, 1. 

Esta nueva identidad de hijos, nos  une a todos los cristianos con los que formamos la familia del Padre y el Cuerpo místico del Señor resucitado; los carismas enriquecen nuestra familia y en la eucaristía nos unimos además con todos los ciudadanos del cielo, tanto con los famosos por su santidad y sus obras como con los más cercanos por vínculos de sangre. Con las fuerzas que este Espíritu nos da, afrontamos entre todos los nuevos retos que la historia nos impone. 

Somos conscientes de la  inapetencia generalizada ante la oferta del auténtico mensaje de Jesús, que muchas veces ha quedado bastante incompleto. Buscamos nuevos medios para comunicar el evangelio y despertar el hambre de Dios; sabemos que es imprescindible una nueva evangelización y no faltan esfuerzos y loables experiencias, pero el primer paso ha de ser la reforma o  la conversión de toda la Iglesia comenzando por cada uno de nosotros. 

“Precisamente el Espíritu acude en auxilio de nuestra debilidad: nosotros no sabemos a ciencia cierta lo que debemos pedir, pero el Espíritu en persona intercede por nosotros con gemidos sin palabras”. Romanos 8,26. Estas palabras de san Pablo nos sirvan de estímulo ante la realidad presente. 

Necesitamos “letrados instruidos en el reino de Dios…que saquen de su arcón cosas nuevas y antiguas”, Mateo 13, 52,  pero todavía son más necesarios los profetas, poseídos por el Espíritu, que hablen con labios quemados por el fuego de la intimidad con Dios, como los de Isaías. Jesús dijo: “Fuego he venido a lanzar a la tierra, y ¡qué más quiero si ya  ha prendido!”. Lucas 12, 49.

                                             Llorenç Tous