Tornar al llistat

V DOMINGO DE PASCUA (C)

 

Comentario al evangelio: Juan 13, 31-33 

En la Última Cena sus discípulos intuían entre sombras la tristeza del Maestro que se despedía. Nosotros tenemos una perspectiva y una luz muy superior. Desde su resurrección y toda la historia posterior de la Iglesia  en el mundo, conocemos  el sentido de la salvación que Jesús nos ha merecido. Por todo ello nosotros gozamos de cierta ventaja respecto de sus discípulos en aquella noche.

En esta eucaristía recibiremos el pan que Jesús repartió a sus discípulos para que lo comiesen. Ellos recibieron después el Espíritu Santo que les convirtió en testigos de su evangelio. 

Uno de ellos nos habla hoy del testamento de Jesús. En aquellas horas, ante su muerte cercana, el Maestro nos repite  el resumen de su mensaje y de su obra en el mundo: “Que os améis unos a otros como yo os he amado”.

El amor de Jesús tiene su fuente en su unión con el Padre, que es amor. Su condescendencia con nuestra pobreza le acercó hasta lo más profundo de nuestra realidad, hasta asumir nuestro barro y cargar sobre sus espaldas nuestras heridas desde que la serpiente mordió a Eva en el talón. No las curó desde lejos, sino asumiéndolas como si fuesen propias y cargando con todas las consecuencias de nuestras debilidades, errores y maldades. Un misterio del amor de Dios que sobrepasa nuestra pequeñez. 

Gracias a su pasión y muerte, desde su costado abierto en la cruz brotó una fuente de gracia que sigue inundando el mundo. Sus aguas han convertido el desierto en un jardín; sus árboles producen doce cosechas al año y sus hojas son medicinales  (Ezequiel 47). Al soplo de su Espíritu, que nos entregó al expirar en la cruz, el campo de huesos secos ha recibido un aliento vital,  (Ezequiel 37) se han puesto en  pie y proclaman por el mundo el mensaje de Jesús resucitado: “Ve a decir a mis hermanos: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios”. Juan 20, 17. 

Hoy en esta eucaristía nos sentamos a la mesa que Jesús preside; lo hacemos con pleno derecho de hijos de Dios y hermanos del Señor. La diferencia entre aquellos discípulos en la Última Cena y nosotros hoy, es muy grande. La larga historia de la Iglesia en el mundo nos ilumina y nos confirma en la verdad de la salvación que Jesús hoy nos ofrece de nuevo. 

Para amar como Él nos ha amado, necesitamos que su Espíritu nos llene el corazón. Gracias a nuestra unión con el Padre y el  Espíritu vencemos nuestro egoísmo, conocemos la verdad y  superamos el miedo. La oración personal y los sacramentos alimentan nuestra unión con la Trinidad. 

Amar como nos ama Jesús significa estar al lado de los pequeños, los excluidos, los pobres, los que sufren, los oprimidos, los débiles. Es un programa exigente que requiere salir de nosotros mismos. 

                                                      Llorenç Tous