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IV DOMINGO DE PASCUA

Comentario al evangelio: Juan 10, 27-30 

El evangelista Juan que nos reveló el origen de Jesús junto al Padre, Juan 1, 1-2, también nos conduce tras Él hasta la intimidad misteriosa del mismo Dios. Lo describe con dos imágenes, la vid con sus sarmientos y el pastor con sus ovejas. Reafirma el mismo tema con otras palabras propias de su vocabulario como éstas: Comunión, filiación, morada, unión, permanencia, inmanencia, etc. 

Si es misteriosa y real la  unión de la Palabra con nuestra  carne, no lo es menos nuestra  unión de hijos con el Padre, gracias a nuestro hermano Primogénito, Jesús. 

“Padre, quiero que también ellos…estén conmigo donde estoy yo”. Juan 17,24. ”Nuestro  compartir lo es con el Padre y con su Hijo, Jesucristo”. 1 Juan 1,3. 

El bautismo, sacramento generalmente tan poco aprovechado, nos arraiga en la Iglesia de Dios Padre y nos constituye en  hijos de esta gran familia; por él ya vivimos la vida eterna, la de Dios, en este mundo. Ojalá este hecho salvador, fundamento de la fe y la vida cristiana, sea más conocido y sobre todo más experimentado. 

 

“Mis ovejas escuchan mi voz” 

Para escuchar a Jesús hemos de abrirle el corazón orando, hay que acallar antes los ruidos y falsos mensajes, limpiando el alma para que sus palabras bajen hasta nuestro interior, lo  iluminen y lo fecunden. “El que sigue conmigo y yo con él, ese produce mucho fruto”. Juan 15, 5. 

La verdadera unión con Jesús no es sólo ética, o sea, aceptando sus valores y su estilo de vida, es mucho más; se fundamenta en su Resurrección y en nuestro bautismo por el que morimos y resucitamos sacramentalmente con él. Dejamos atrás libremente todo resto de mal voluntario y  recibimos por gracia una superior identidad, la de hijos de Dios; como tales renacemos a la vida eterna, la que Jesús resucitado vive en plenitud y nos regala generosamente. “Yo les doy la vida eterna” nos dice hoy Jesús, el buen Pastor. “Ve a decirles a mis hermanos: “Subo a mi Padre, que es vuestro Padre”, fue su encargo a Maria Magdalena el día de Pascua. Juan 10, 27-30.

En este don recibido de Dios se apoya nuestra fuerza contra el mal en nosotros y en el mundo. Esta unión con el Padre nos alimenta la esperanza, nos exige una conducta coherente y nos constituye en Iglesia, el rebaño de Cristo. Gracias a este don podemos ser fermento de justicia, de libertad y de amor en nuestra sociedad.                                       

                                                                       

“…y ellas me siguen” 

La nueva alianza en la sangre de Cristo que recibimos como alimento en el camino, nos une  indisolublemente con Jesús resucitado. Esta relación con él, que es nuestro guía (“Yo soy el camino”), nos da seguridad y protección; no nos evita las dificultades, ni los enemigos de la paz, ni los peligros o espejismos, pero de todos ellos salimos confirmados en la fidelidad.

La misma muerte, cuando se nos presenta de cerca o de lejos, se transforma en una experiencia de amor que nos introducirá en su morada eterna, en las verdes praderas de su Reino. Allí, en su descanso, nada podrá interrumpir nuestro canto de gratitud a coro con los ángeles y con todos los que nos precedieron. 

Andamos este camino en comunión con otros, llamados por el mismo Pastor a unirse a su rebaño. El Espíritu santo es el que transforma este rebaño de peregrinos en una comunidad de testigos del Reino de Dios. Nuestra familia crece constantemente y se enriquece. 

Cambian los retos, nacen ilusiones y esperanzas porque este Espíritu nos conduce hacia la plenitud de la verdad. Nos  une en la misma fe, infunde el amor en nuestros corazones y nos sitúa con valentía ante el mundo para que en él extendamos el Reinado de Dios.

Llorenç Tous