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V DOMINGO ORDINARIO (C)

 

Comentario a la 1ª lectura (Is 6, 1-8) y al Evangelio: Luc 5, 1-11

La liturgia de este domingo nos presenta la experiencia de Dios que tu­vie­ron el profeta Isaías y el apóstol Pedro. Esta experiencia les prepara para la mi­sión que recibirán después.

 La primera lectura nos describe cómo vio Isaías a Dios antes de recibir su mi­­sión profética.

Para Isaías los símbolos son el único medio para vislumbrar el misterio de Dios. El cosmos se ha convertido en su trono; su corte son serafines can­tan­do con palabras humanas la trascendencia divina; la tierra tiembla ante Él lo mismo que el profeta elegido.

Dios abre su misterio a un mortal y le deja en densa tiniebla y temblando de miedo. Es la primera preparación del profeta; después que un ángel le ha purificado sus labios con un ascua del altar, le habla Dios y le envía con una misión. El profeta, iluminado por la belleza contemplada y purificado con fuego, responde: “Aquí estoy, mándame”.

La experiencia de Dios siempre nos trasciende. Él tiene la iniciativa, nos atur­de al desvelarnos su misterio a los mortales; su belleza excede nuestra ca­pa­cidad, ante su luz cobran densidad nuestras tinieblas, pero Él nos for­ta­le­ce drásticamente. Elige, purifica, deslumbra y manda para salvar. El ele­gido, transformado por la cercanía y la belleza de Dios, es fiel a la voluntad di­vi­na que se le va manifestando.

Pedro experimenta algo parecido pero más humanamente porque el esce­nario de su revelación no es la corte celestial, sino su barca y la de sus com­pañeros, llenas de peces hasta rebosar, después de toda una noche va­cía e inútil. Jesús le abre el sentido de todo diciéndole: “No temas: desde ahora serás pescador de hombres”.

Pedro acaba de tocar el fondo de su miseria. Sus manos callosas acaban de pal­par su inutilidad y su impotencia ante la naturaleza caprichosa y rebelde. A continuación y sin salirse de las mismas aguas, al confiar plenamente en la palabra de Jesús, contempla las maravillas de Dios reflejadas en “las dos bar­cas llenas que casi se hundían”.

Ahora Pedro comprende la distancia que le separa del Maestro y confiesa su pequeñez, hasta su pecado. “Apártate de mí, Señor, que soy un peca­dor”.

Con palabras aparentemente contrarias, Pedro expresa el mismo sen­ti­miento: la atracción que ejerce sobre nuestra pequeñez la belleza de Dios; la que contempló este apóstol ante Jesús transfigurado:”Señor, qué bien se está aquí, armaré tres tiendas”. Mateo 17, 4.

Al comulgar recibimos el cuerpo y la sangre de Cristo que nos purifican mu­chí­simo más que el carbón encendido que el ángel aplicó a los labios del pro­feta Isaías.

La fe nos permite contemplar aturdidos las bellezas de Dios que se reflejan en nuestra historia personal y en la de tantos hermanos que desde los após­toles han seguido de cerca a Jesús.

La gran enseñanza de estos dos textos es que para hablar de Dios a los hom­bres, necesitamos que antes nos hable Él. Para escucharle de cerca ne­ce­sitamos la oración contemplativa, la que calla y permite que su amor nos inun­de. Sólo así podremos ser testigos de Él, testigos convencidos, alegres y contagiosos. Es una hermosa meta para este Año de la fe.

Llorenç Tous