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IV DOMINGO ORDINARIO (C)

“Lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo”.

El domingo pasado presentó Jesús su programa en la sinagoga de Na­zaret. A continuación escuchamos hoy el primer rechazo que reci­bie­ron Jesús y su Buena Noticia. ¿Qué entendieron para reaccionar con tanta violencia? ¿Les pareció algo imposible el cambio propuesto? Es la actitud de sus paisanos de siempre, incluida su familia que en otro lugar le tratan de loco y de endemoniado. Aunque, no todos.

Nazaret y sus habitantes tuvieron la fortuna de ser el lugar concreto don­de “se ha manifestado la gracia de Dios que salva a todos los hombres”. Tito 2, 11. Pues este privilegio único y salvador es re­cha­zado desde el principio. Es un hecho misterioso porque, rechazan­do a Jesús, rechazan el plan salvador de Dios Padre, preparado por los profetas del Pueblo de Dios desde Abraham hasta el nacimiento del “Dios con nosotros”, el Emmanuel”. “Vino a los suyos y los su­yos no le acogieron”. Juan 1, 11.

Estamos ante un misterio, pues aunque somos libres los humanos, quien dirige la historia es la sabiduría y el amor de Dios, que en este ca­­so parece haber fracasado también. ¿Tantos siglos de preparación pa­­ra comenzar fracasando? Añadamos que también su final fue un fra­­caso en una cruz.

No todos los paisanos de Jesús le rechazaron, quedaba su madre con la fidelidad de su amor. Leyendo correctamente el pasaje de la anun­ciación, Lucas 1, 26-38, descubrimos a la Madre de Jesús como la Ma­dre de todos los creyentes en él. No era la primera vez que ellos dos a solas habían comentado estas ideas; aún así, también a ella le sor­prendió la valentía y la libertad total de su Hijo. Seguramente qui­so frenarle, al escucharle en la sinagoga; lo habría intentado otras ve­ces para evitarle problemas a él y a la familia, pero confió y siguió a su lado hasta su muerte en la cruz.

La fidelidad de la Madre fue tan total y absoluta, que ayudada por su amor maternal, comenzó a ser también madre nuestra al pie de la cruz. Por la fe en su Hijo, después de su resurrección, reunió a sus discípulos para orar juntos y preparar la bajada del Espíritu santo. Sembró así la otra semilla de la Iglesia, de la que ahora le con­fe­samos Madre. Nacía allí lo que anunció el profeta: “Dejaré en ti, un pue­blo pobre y humilde, un resto de Israel que se acogerá al Se­ñor”. Sofonías 3, 12.

A veces el rechazo a la fe se explica por la falta de vocación de los que deben contagiarla. Quien no ha entrado en el Reino de Dios no pue­de proclamarlo. El mensaje de la fe debe comunicarse con pala­bras inteligibles, con la pasión que contagia y con la coherencia de la vida del testigo de la fe.

Pero aun dándose todas estas cualidades, la fe es rechazada a veces por­que Dios no fuerza nuestra libertad. Jesús se escapó de los que le re­chazaban en su pueblo, respetó su libertad y aceptó su fracaso en Na­zaret. A continuación siguió predicando en otros pueblos de Ga­li­lea, hasta en Jerusalén. Durante sus predicaciones por Galilea le si­guie­­ron otras mujeres, algunas muy importantes, que con sus bienes le cuidaban a él y a sus seguidores. Lucas nombra a tres de ellas: María Magdalena, Juana y Susana. Lucas 8, 2-3. Al pie de la cruz aparecen con otras. Con la parábola del sembrador Jesús da cierta luz sobre el misterio de la fe, del rechazo y de la acogida de la Palabra de Dios. No toda la semilla cae en lugar fértil, no todos aco­gen la Palabra con la disposición y la apertura necesaria.

Una conclusión es seguir sembrando lo mejor que se pueda y confiar al Espíritu santo el resto. “Yo planté, Apolo regó, pero era Dios quien hacía crecer”. 1 Corintios 3, 6.

 

Comentario a la 2ª lectura: 1ª Corintios 12, 31 - 13, 1-13

“Os voy a mostrar un camino mejor”

El amor es el camino que nos permite experimentar de alguna manera el misterio de Dios y entrar también con cierta luz en el misterioso interior del ser humano y de sus historias.

La fe nos responde con palabras de Dios:”Y dijo Dios: -Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza… Y creó Dios al hombre a su imagen… varón y hembra los creó”. Génesis 1, 26-27.

Nos lo demuestra a cada uno la procelosa historia de nuestra libertad; con ella hemos alcanzado cumbres nevadas, rodeadas de insondables abismos. El niño, página en blanco, refleja con su inocencia los ecos del Espíritu divino; suscita amor a todo el que con cariño le mira.

El pobre ser humano, hombre o mujer, caído en su debilidad, provoca en sus semejantes la compasión y la solidaridad, si el egoísmo no les ha desnaturalizado.

Porque “somos amor” como “Dios es amor”. 1ª Juan 4,8. La falta de fe y la superficialidad, al aliarse con poderes e intereses bastardos, nos desnaturalizan, caemos en una lejanía de Dios y de su órbita creando así otro mundo de relaciones perversas. Así nace la injusticia, la opresión, el d olor y la muerte de tantos inocentes.

El Reinado de Dios que Jesús predicó y fundó, está en contra y quiere vencer este mundo perverso. Lo va logrando con sus victorias en cada corazón que se abre a la fe y al amor. Cada batalla superada se anuda en la red salvadora que el Espíritu Santo va tejiendo día a día.

Este es el proceso hacia la paz y la felicidad que el Padre quiere para el mundo y para todos sus hijos. Jesús nos guía en este camino enseñándonos con palabras y obras qué es el amor. “Él es nuestra paz”. Efesios 2, 14.

San Pablo, convertido al evangelio de Jesús, pudo formularlo con este himno: “… el amor es servicial…goza con la verdad…cree sin límites…el amor no pasa nunca”. 2ª lectura.

                                                            Llorenç Tous