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EL BAUTISMO DEL SEÑOR

“Signos prodigiosos para manifestar el misterio del nuevo bautismo”

Al ponerse Jesús de Nazaret en la fila de los pecadores que pedían a Juan el bautismo, se rebajó humildemente hasta el fondo de nuestra po­­breza. Juan, inspirado por Dios, se resistió a considerarle “como uno de tantos” Filipenses 2, 7 y una voz del cielo lo presentó ofi­cial­mente al mundo entero como “el Mesías enviado a anunciar la sal­va­ción a los pobres”. (Prefacio de este día).

En esta eucaristía celebramos la resurrección del Señor Jesús por lo cual escuchamos dócilmente la voz del cielo:”-Tu eres mi Hijo, el ama­do, el predilecto”. Así entendió el evangelista en la comunidad cris­tiana el bautismo de Jesús en el rio Jordán de manos de Juan Bau­tista. Según Lucas se trata de la primera presentación pública de Je­sús adulto ante toda la iglesia del futuro, también ante nosotros.

Por eso el prefacio de la misa traduce esta fe con otras palabras: “el mis­terio del nuevo bautismo…anunciar la salvación a los po­bres”.

La realidad es que todos los que celebramos la eucaristía, hemos re­ci­bido el bautismo sin darnos cuenta de nada. Esta situación continúa y sigue deteriorándose en nuestros días. En muchos casos el bau­tismo es una fiesta familiar en la que poco pesa la fe. ¿Hasta cuándo lo consentiremos?

En este Año de la Fe éste es el primer error que hemos de corregir, po­nien­do cada uno nuestra parte para corregir el error.

“Había unos griegos que habían subido para los cultos de la fies­ta. Se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le pi­die­ron: -Señor, queremos ver a Jesús”.

Se repite hoy esta situación. Muchos acuden al culto de las iglesias y sin palabras, a juzgar por los resultados en su vida, repiten la misma pe­tición, porque el culto no les ha puesto en contacto personal con Je­sús. No le encuentran, porque el culto está anclado en rutinas sin ca­pacidad de contagio positivo. La gente sale de él más o menos co­mo había entrado.

Si a Jesús le hemos abierto de verdad el corazón y la vida, nuestros dí­as amanecen con nueva luz; nuestra realidad concreta de cada día se llena de paz, de esperanza y de sentido. La referencia al Señor nos da otra manera de estar en la vida, de relacionarnos y de apuntar a nue­vas metas. Vemos la realidad en positivo porque descubrimos en ella la presencia amorosa de Dios, aun en lo que aparece más oscuro.

Este conjunto de actitudes se llaman “salvación”, porque el que las ha con­­seguido se encontró a sí mismo, encontró a Dios y encontrará siem­­pre el camino acertado a seguir en cada circunstancia. Está sal­vado del desastre que es una vida fracasada, perdida inútilmente, tris­­te y desierta.

Cuando hemos encontrado a Jesús, necesitamos decirlo, ayudar a otros a que también lo descubran y le sigan. Este encuentro es obra del Espíritu Santo en cada persona, pero éste se sirve de los profetas y los testigos. Éstos son los primeros que abren los ojos a la luz o al me­­nos los cierran a los valores vacíos. De la libertad de cada uno de­pen­de escucharles y seguirle o tener miedo y cerrarse.