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EPIFANÍA DEL SEÑOR

“Se pusieron en camino”

Para llegar a la experiencia de la sumisión gozosa a Dios y sellar con Él la deseada alianza, hay que salir de la propia tierra y peregrinar entre luces y sombras, escándalos y muertes, desiertos, tempes­ta­des, erro­res y fracasos. Abraham encabeza la comitiva. San Juan de la Cruz canta el proceso.

Mucho le cuesta al sol vencer cada mañana a la noche. Más nos cues­ta a los humanos abrir los ojos a la fe, a un amor grande y fiel, a Dios. Cues­ta mucho madurar, alcanzar la sabiduría y salvarse con el sen­tido que Jesús ofrece y da a  la vida. Cada mortal conoce su pro­pia peri­pe­cia interior camino de la verdad y de la paz.

Los magos, sin saberlo del todo, intuían el mensaje de la estrella. Bus­caban a Jesús. Como nosotros hoy entre ideas mezcladas, decep­ciones, du­das y deseos. En todo desierto hay espejismos ; también allí dan más luz las estrellas en la noche. Pero hay que adentrarse, arriesgar, man­tener la esperanza y seguir hacia la meta.

Cada uno de nosotros sigue una trayectoria que desde el cielo se nos mar­­ca, sin nosotros saberlo, pero pudiendo abandonar, rechazar el es­fuer­zo y dejar de caminar. Muchos por desgracia abandonan y se pier­den la plenitud del gozo o el descanso agradecido.

¿No es esta la vocación universal de todos los hijos de Dios? La pena es que abundan los ciegos porque no quieren ver y los ladrones que nos asaltan en el camino. Menos mal que también existen los buenos sa­maritanos, acogedores de heridos y los fieles hosteleros. Su ser­vicio ali­menta la esperanza y renueva las fuerzas del peregrino.

La estrella de cada uno es la voz de Dios, la más fiel y sorprendente en­tre nubes y tinieblas. Los beduinos de estos desiertos son miem­bros de una comunidad inaccesible desde las capitales del poder, que man­tiene viva el don de la profecía y nos grita palabras de Dios.

Los que escuchan estos gritos con docilidad reciben “el lucero de la ma­­ñana”, Apocalipsis 2, 28, y siguen a Jesús que dijo: “Yo soy  la luz del mundo; el que me sigue no caminará en la tiniebla, ten­drá la luz de la vida”. Juan 8,1.

Por el simple hecho de haber recibido de Dios la vida, estamos lan­za­dos al crecimiento en la fe, la alegría y el amor. De estos tres valores Je­sús nos da el sentido y en ello consiste la salvación, una palabra que a fuerza de repetirse, ha perdido su sentido. Jesús vino a sal­varnos dán­donos el sentido de la fe, de la alegría y del amor.

 

En la escuela de Jesús se aprenden los auténticos valores:

1)  Dios es un Padre amoroso, tierno y universal.

2)  Los hombres, todos los hombres, somos sus hijos.

3)  Dios se muestra a cada uno con signos concretos
 y per­sonales
.

4)  En su mesa presiden a su lado  los más pobres.

5)  La puerta de su casa se abre con la verdad, la justicia
 y la bondad.

6)  Regala su Espíritu a los que lo buscan y hace milagros con­   nuestra pequeñez. Nuestro barro le cautiva amoro­samente.

7)  Su luz muestra lo positivo y gracioso de toda realidad.

8) Jesús resucitó y vive . Nosotros resucitaremos.

 

¿Sabemos entender así el mensaje de Jesús?

Es la pregunta fundamental de cuya respuesta personal depende todo. “¿Cómo creerán si no han oído hablar de ÉL? ¿Cómo oirán si nadie les anuncia?”. Romanos 10, 14.                                                          

Llorenç Tous