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LA SAGRADA FAMILIA

“Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres”.

Seguimos contemplando el misterio de “Dios con nosotros” que en es­ta festividad se nos presenta con rasgos muy humanos y concretos, los de una vida en familia.

A nuestra fe se le facilita el camino si sabemos acercarnos al misterio es­condido en Nazaret con los debidos pasos. Estamos ante una Pa­la­bra de Dios escrita por un creyente en la resurrección del Señor. Des­de su luz, irradiada sobre la vida y el mensaje de Jesús, el autor pre­tende hablar de la infancia del Resucitado y se encuentra pro­bablemente falto de datos, en comparación con la riqueza de noticias sobre su predicación y su muerte.

Sin embargo este autor tiene una seguridad y firmeza total en la glo­ria del Señor Jesús, que acredita su relación única con Dios y su mi­sión salvadora universal. Para expresar la grandeza de este “Hijo del Al­tísimo”, recurre a la fuente en la que Dios habló a su pueblo por me­dio de los profetas y los escritores sagrados: el Antiguo Tes­tamento.

De esta rica cantera extrae los materiales literarios con los que podrá encumbrar a Jesús por encima de todos los personajes más im­por­tantes de la historia, como Abraham, Moisés, Sansón y Samuel. Así pro­fesará firmemente su fe en Jesús, en el que todas las promesas del Antiguo Testamento se cumplen con creces.

Si se leen estos evangelios de la infancia de Jesús con criterio his­toricista, el lector acaba en un callejón sin salida, bloqueado por las con­tradicciones. En cambio si se entienden como una confesión de la di­vi­nidad de Jesús, impregnada de la luz de Pascua, cada pasaje en­cuentra su sitio y transmite su mensaje.

Este raro pasaje del Niño perdido (¿descuidado? ¿Qué le costaba avisar a sus padres?) durante tres días en el templo de Jerusalén para entablar diálogo nada menos que con los teólogos de su tiempo, nos deja muchas preguntas sin respuesta a la hora de leerlo como una crónica. En cambio si el autor pretendía poner a Jesús resucitado por encima del gran profeta Samuel del que se decía que ya de niño pro­fetizaba, queda claro el sentido del texto.

Siempre queda el misterio de Dios hecho hombre, ante el cual sólo que­da la adoración y la gratitud como actitud correcta. De esta acti­tud la Madre es nuestra maestra y guía: “Su madre conservaba todo esto en su  corazón”.

De este misterio nos alcanza con aires de sencilla quotidianidad el as­pec­to del crecimiento del Niño. Estamos ante  una presencia de Dios que no tiene nada de abstracto, es concreta con todas las con­se­cuen­cias del crecimiento humano. Si éste siempre es personal e irre­petible, cuando se da en la adolescencia todavía es más inseguro, par­cial y abierto a la novedad. La vida de familia ofrece de este as­pecto estampas entrañables que nos pueden ayudar a contemplar la vida de Jesús con sus padres y vecinos en Nazaret.

Necesitaremos más de su posterior predicación sobre el Reino de Dios, para acertar en criterios sobre la realidad actual de la familia, tan distante de los tiempos de Jesús, pero idéntica en lo esencial co­mo escuela y casa del amor.
                                                             Llorenç Tous