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2º DOMINGO DE ADVIENTO (C)

“Vino la palabra de Dios sobre Juan”

Exactamente lo mismo es lo que necesitamos cada uno de nosotros, nuestra familia o comunidad, la Iglesia y el mundo entero: que Dios nos hable. Pero ¿no nos lo dijo ya todo en la persona de Jesús? “Muchas veces y de mu­chas formas habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En esta etapa final nos ha hablado por medio de un Hi­jo, a quien nombró heredero de todo, por quien creó el universo”. He­breos, 1, 1.

¡Pobre Maestro, hoy tan carente de discípulos y tan sobrado de oyentes! No obs­tante fueron muchos los discípulos a lo largo de la historia cuyo ejemplo nos guía y estimula. Son menos los que hoy traducen su mensaje con pala­bras y obras actuales, pero los hay. ¿Nos interesa de verdad conocerlos? Bus­cad y encontraréis…quien busca encuentra…”. Mateo 7, 7-8.

Para preparar la Navidad, hoy nos señala Juan el camino: “Preparad el ca­mi­no del Señor…que lo torcido se enderece”. Este camino es el sen­dero de Dios, por él se nos acerca, “Yo soy el camino” dijo Jesús, y por Él nos acercamos al Padre.

Este sendero comienza en el corazón de cada uno, donde reside la verdad, don­de podemos alcanzar, como segunda inocencia, la sinceridad del niño que todos llevamos dentro y así tener derecho a la propuesta de Jesús: “Quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él”. Mar­cos 10, 15.

Nuestro corazón es de barro, tiene grietas y fracturas, pero “el amor de Dios se infunde en nuestro corazón por el don del Espíritu Santo”. Ro­ma­nos 5,5. De él recibimos la fuerza transformadora.

Si dejamos que por la fe y la oración se nos iluminen los ojos del corazón, ve­re­mos a Dios en todo y nos quedará clara su voluntad. Veremos el mun­do, la Iglesia, los hombres y toda realidad un poco como Dios lo ve: con amor y con urgente necesidad de cambio y de conversión a Él.

Nuestra fe cristiana ha de perder lo que tenga de mero hecho social y ha de con­vertirse en la adhesión a la persona de Jesús; los funcionarios religiosos han de convertirse por la oración y el estudio en testigos de Jesús; los cre­yentes con la fe del carbonero han de hacerla crecer hasta que sea adulta con la ayuda de la oportuna catequesis. “Que por la fe resida Cristo en vues­tro corazón, que estéis arraigados y cimentados en el amor”. Efesios 3, 17.

Cuando nos dejamos iluminar por la misma palabra que “vino sobre Juan”, me­jor aún, cuando escuchamos con fe y ojos limpios al que es la Palabra, Je­sús, la realidad se nos presenta con crudeza y con paz al mismo tiempo, co­mo reto y como guía, como oferta de salvación y piedra de escándalo a la vez. Desde Dios son las dos caras de la misma moneda. De nosotros depen­de en primer lugar “tener ojos para ver y oídos para escuchar”; también de no­so­tros depende quedarnos sólo con una de las dos caras o rebajar su relieve. Cuando san Pablo quiso endulzar su punzante conflicto y oró al Se­ñor, tuvo esta respuesta: “Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la de­bi­lidad”. 2 Corintios, 12, 9.

Nuestro mundo está poblado de víctimas de muchas clases. La crisis eco­nó­mica se está cebando entre los más pobres e indefensos. Son los sin tra­bajo, los emigrantes, la juventud, el mundo rural, etc. La tristeza, la sole­dad, la desesperación, el apuro, la depresión, etc. abundan. Son gritos pi­dien­do solidaridad, ayuda, compañía, austeridad, reflexión, justicia y pie­dad.

Estuve en paro, no teníamos para comer, nos echaron de casa, no pude pagar el colegio ni mis estudios, tuve que emigrar…”

Nuestro culto, comenzando por esta eucaristía, nos alejará de Dios si no nos lleva a acercarnos a tantas víctimas cercanas y lejanas. Comulgar hoy y siempre, nos exige compartir acercándonos al que sufre. “Tuve hambre y me disteis de comer…”

                                                                         Llorenç Tous