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SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO

Desde sus comienzos la iglesia había celebrado la realeza de Cristo en las fies­tas de Pascua, la Ascensión y la Epifanía.

La fiesta de Cristo Rey fue instituida en 1925 por el Papa Pío XI para afir­mar la soberanía de Cristo sobre los hombres y las instituciones. Según es­cribe en su encíclica “Quas primas“, quería contener los avances del ateís­mo y de la secularización de la sociedad.

En 1970 se quiso cambiar el sentido de la fiesta destacando más el ca­rác­ter cósmico y escatológico del reinado de Cristo, “Rey del universo”. Es­te domingo sirve así de puente entre el final del año litúrgico y el co­mienzo del adviento.

Jesús no se negó a confesar su realeza ante Pilato: “Le dijo Pilato: - En­ton­ces, ¿tu eres rey? Contestó Jesús: Lo que dices. Yo soy rey: para eso he nacido, para eso he venido al mundo, para atestiguar la verdad”. Juan 18, 37.

Hay que reconocer que en nuestros tiempos de democracias, este atri­buto que la liturgia aplica a Jesús, queda un poco lejos de lo que vivió el Se­ñor en medio de sus contemporáneos. Jesús no quiso caer en la ten­tación del poder porque conocía los intereses a los que el poder se ve con­denado a servir. Por eso cuando quisieron hacerle rey, huyó al monte a orar en soledad. “Jesús, conociendo que pensaban venir a llevárselo y pro­clamarlo rey, se retiró de nuevo al monte, él solo “. Juan 6, 15. No obs­tante podemos de algún modo contemplar provechosamente la rea­leza de Jesús, la que él confesó ante Pilato. 

En los estados modernos estructurados como Reinos, la persona del Rey representa de algún modo a todos los ciudadanos de la nación, con su his­toria, su personalidad, sus derechos y sus intereses. El rey está por en­cima de todos, sin perder su vinculación con todos sus ciudadanos. “El Su­mo Sacerdote que tenemos no es insensible a nuestra debilidad, ya que, como nosotros, ha sido probado en todo excepto el pecado”. He­breos 4, 15. 

Jesús resucitado es cabeza de la Iglesia. “De su plenitud hemos recibido to­dos”. Juan 1, 16. “Él es la cabeza del cuerpo, de la Iglesia. Es el prin­cipio”. Colosenses 1, 18. 

La adoración de los reyes, en la fiesta de la Epifanía, puede considerarse co­mo la entronización de Jesús como Rey. La Ascensión del Señor Re­su­citado también puede verse como la subida al trono, a la diestra de Dios Padre tal como lo presenta el Apocalipsis 1, 9-16 y en muchos otros pa­sa­jes del libro. 

La fe expresada en la liturgia de tiempos del arte románico, presentó la cruz como el trono de Jesús. Esta visión se encuentra ya en el evangelio de Juan, que contempla la subida a la cruz como un anticipo de su ascen­sión, cuando dice: “Cuando levantéis a este Hombre, comprenderéis que Yo soy”. Juan 8, 28. “Cuando yo sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”. Juan 12, 32. 

El arte románico cubre la desnudez del Crucificado con una túnica blanca hasta los pies; cambia la corona de espinas con una corona real; ordena serenamente su cabellera; abre sus ojos que nos miran y penetran con amor; su rostro no tiene herida alguna, en él todo es belleza, acogida y dignidad divina. “Regnavit a ligno Deus”.Dios reina desde la cruz. Es el Rey en su trono. Siguiendo la cristología del evangelista Juan, une la pa­sión con la resurrección como una unidad salvadora y glorificada. Juan nos muestra la divina eficacia del dolor del Mesías paciente y salvador. 

La Constitución del Reino de Cristo son las bienaventuranzas, resumidas en mandamiento nuevo del amor que Él nos dio antes de morir. En este Reino los pobres son los primeros. No tiene fronteras sino fundamentos que se asientan en los corazones que se abren al amor y buscan la verdad. Está en este mundo sin ser de él. Su patria definitiva está en el cielo junto al Padre. Mientras avanzamos hacia ella, los dones del Espíritu santo nos van equipando, la eucaristía nos alimenta y la oración nos descubre el evangelio como guía.

Llorenç Tous 

 

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

INTRODUCIR VERDAD

El juicio contra Jesús tuvo lugar probablemente en el palacio en el que residía Pilato cuando acudía a Jerusalén. Allí se encuentran una mañana de abril del año treinta un reo indefenso llamado Jesús y el representante del poderoso sistema imperial de Roma.

El evangelio de Juan relata el dialogo entre ambos. En realidad, más que un interrogatorio, parece un discurso de Jesús para esclarecer algunos temas que interesan mucho al evangelista. En un determinado momento Jesús hace esta solemne proclamación: "Yo para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz".

Esta afirmación recoge un rasgo básico que define la trayectoria profética de Jesús: su voluntad de vivir en la verdad de Dios. Jesús no solo dice la verdad, sino que busca la verdad y solo la verdad de un Dios que quiere un mundo más humano para todos sus hijos e hijas.

Por eso, Jesús habla con autoridad, pero sin falsos autoritarismos. Habla con sinceridad, pero sin dogmatismos. No habla como los fanáticos que tratan de imponer su verdad. Tampoco como los funcionarios que la defienden por obligación aunque no crean en ella. No se siente nunca guardián de la verdad sino testigo.

Jesús no convierte la verdad de Dios en propaganda. No la utiliza en provecho propio sino en defensa de los pobres. No tolera la mentira o el encubrimiento de las injusticias. No soporta las manipulaciones. Jesús se convierte así en "voz de los sin voz, y voz contra los que tienen demasiada voz" (Jon Sobrino).

Esta voz es más necesaria que nunca en esta sociedad atrapada en una grave crisis económica. La ocultación de la verdad es uno de los más firmes presupuestos de la actuación de los grandes poderes financieros y de la gestión política sometida a sus exigencias. Se nos quiere hacer vivir la crisis en la mentira.

Se hace todo lo posible para ocultar la responsabilidad de los principales causantes de la crisis y se ignora de manera perversa el sufrimiento de las víctimas más débiles e indefensas. Es urgente humanizar la crisis poniendo en el centro de atención la verdad de los que sufren y la atención prioritaria a su situación cada vez más grave.

Es la primera verdad exigible a todos si no queremos ser inhumanos. El primer dato previo a todo. No nos podemos acostumbrar a la exclusión social y la desesperanza en que están cayendo los más débiles. Quienes seguimos a Jesús hemos de escuchar su voz y salir instintivamente en su defensa y ayuda. Quien es de la verdad escucha su voz.

 

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

EXAMEN ANTE EL TESTIGO DE LA VERDAD

He venido al mundo para ser testigo de la verdad.

Dentro del proceso en el que se va a decidir la ejecución de Jesús, el evangelio de Juan ofrece un sorprendente diálogo privado entre Pilato, representante del imperio más poderoso de la Tierra y Jesús, un reo maniatado que se presenta como testigo de la verdad.

Precisamente, Pilato quiere, al parecer, saber la verdad que se encierra en aquel extraño personaje que tiene ante su trono: « ¿Eres tú el rey de los judíos?» Jesús va a responder exponiendo su verdad en dos afirmaciones fundamentales, muy queridas al evangelista Juan.

«Mi reino no es de este mundo». Jesús no es rey al estilo que Pilato puede imaginar. No pretende ocupar el trono de Israel ni disputar a Tiberio su poder imperial. Jesús no pertenece a ese sistema en el que se mueve el prefecto de Roma, sostenido por la injusticia y la mentira. No se apoya en la fuerza de las armas. Tiene un fundamento  completamente diferente. Su realeza proviene del amor de Dios al mundo.

Pero añade a continuación algo muy importante: «Soy rey...y he venido al mundo para ser testigo de la verdad» Es en este mundo donde quiere ejercer su realeza, pero de una forma sorprendente. No viene a gobernar como Tiberio sino a ser «testigo de la verdad» introduciendo el amor y la justicia de Dios en la historia humana.

Esta verdad que Jesús trae consigo no es una doctrina teórica. Es una llamada que puede transformar la vida de las personas. Lo había dicho Jesús: «Si os mantenéis fieles a mi Palabra...conoceréis la verdad y la verdad os hará libres». Ser fieles al Evangelio de Jesús es una experiencia única pues lleva a conocer una verdad liberadora, capaz de hacer nuestra vida más humana.

Jesucristo es la única verdad de la que nos está permitido vivir a los cristianos. ¿No necesitamos en la Iglesia de Jesús  hacer un examen de conciencia colectivo ante el "Testigo de la Verdad"¿Atrevernos a discernir con humildad qué hay de verdad y qué hay de mentira en nuestro seguimiento a Jesús? ¿Dónde hay verdad liberadora y dónde mentira que nos esclaviza? ¿No necesitamos dar pasos hacia mayores niveles de verdad humana y evangélica en nuestras vidas, nuestras comunidades y nuestras instituciones?

 

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

TESTIGOS DE LA VERDAD

Para ser testigo de la verdad.

El juicio tiene lugar en el palacio donde reside el prefecto romano cuando viene a Jerusalén. Acaba de amanecer. Pilato ocupa la sede desde la que dicta sus sentencias. Jesús comparece maniatado como un delincuente. Allí están frente a frente: el representante del imperio más poderoso y el profeta del reino de Dios.

A Pilato le resulta increíble que aquel hombre intente desafiar a Roma: « ¿Con que tú eres rey?». Jesús es muy claro: «Mi reino no es de este mundo». No pertenece a ningún sistema injusto de este mundo. No pretende ocupar ningún trono. No busca poder ni dinero.

Pero no le oculta la verdad: «Soy Rey». Ha venido a este mundo a introducir verdad. Si su reino fuera de este mundo, tendría «guardias» que lucharían por él con armas. Pero sus seguidores no son «legionarios», sino «discípulos» que escuchan su mensaje y se dedican a poner verdad, justicia y amor en el mundo.

El reino de Jesús no es el de Pilato. El prefecto vive para extraer las riquezas y cosechas de los pueblos y conducirlas a Roma. Jesús vive «para ser testigo de la verdad». Su vida es todo un desafío: «todo el que es de la verdad, escucha mi voz». Pilato no es de la verdad. No escucha la voz de Jesús. Dentro de unas horas, intentará apagarla para siempre.

El seguidor de Jesús no es «guardián» de la verdad sino «testigo». No ha venido tras las huellas de Jesús para ser legionario sino discípulo. Su quehacer no es disputar, combatir y derrotar a los adversarios, sino vivir la verdad del evangelio y comunicar la experiencia de Jesús que está cambiando su vida.

El cristiano tampoco es «propietario» de la verdad, sino testigo. No impone su doctrina, no controla la fe de los demás, no pretende tener razón en todo. Vive convirtiéndose a Jesús, contagia la atracción que siente por él, ayuda a mirar hacia el evangelio, pone en todas partes la verdad de Jesús. La Iglesia atraerá a la gente cuando vean que nuestro rostro se parece al de Jesús, y que nuestra vida recuerda a la suya.

 

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

BUSCAR A DIOS

Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.

No todos los que han abandonado la práctica religiosa tienen la misma postura ante Dios. Algunos rechazan todo contacto con lo religioso; Dios les resulta un ser incómodo y amenazador del que prefieren prescindir. Otros viven absolutamente despreocupados de estas cosas; les basta con ir resolviendo los problemas de cada día: Dios no tiene sitio en su vida. Hay, sin embargo, un número creciente de no practicantes en los que comienza a despertarse una inquietud religiosa.

No es fácil expresar lo que sienten ni lo que buscan. Ciertamente no están pensando en volver al cristianismo que un día conocieron y que, por una razón o por otra, han abandonado. Su búsqueda se sitúa ahora a otro nivel diferente. Andan detrás de algo que ni ellos mismos aciertan a definir con precisión.

Lo que conocen de la Iglesia les parece excesivamente complicado. El lenguaje eclesiástico les resulta difícil. Tampoco les convence mucho la vida de otros cristianos practicantes que conocen. Pero sienten la necesidad de algo que dé más coherencia y más sentido a su vida.

En el fondo de todo está la cuestión de Dios. La mayoría no duda de que Dios existe. Pero, ¿cómo es ese Dios del que la Iglesia habla tanto? ¿Es un Dios terrible y peligroso del que uno no se puede fiar nunca del todo? ¿Es un Dios bueno que entiende nuestra debilidad y busca siempre sólo nuestro bien?

Pero, ¿con quién hablar de todo esto? Al que se ha alejado de la Iglesia no se le hace fácil acercarse a un sacerdote. Es normal. Si al menos pudiera hablar con toda confianza con algún amigo creyente. Porque es bueno escuchar la experiencia de alguien que vive gozosamente su fe para aclarar equívocos, deshacer prejuicios o exponer las propias dudas.

En cualquier caso, lo importante son los pasos que uno mismo va dando por dentro. Hay preguntas que es bueno contestar: ¿Por qué he abandonado yo el contacto con lo religioso? ¿Me ha hecho bien alejarme de Dios? Ahora sé lo que es vivir de espaldas a la fe, ¿quiero terminar así mi vida? ¿No necesito encontrarme con un Dios Amigo?

Hay personas que se alejaron hace mucho de todo lo religioso, pero tampoco tienen nada contra Dios. En este momento no sabrían cómo rezar; han olvidado las palabras del Padre Nuestro; no les sale ninguna oración. ¿Es difícil decir a Dios: «Tú me conoces y me entiendes. Ayúdame a vivir. Enséñame a creer» ? Puede parecer algo trivial y, sin embargo, una invocación sincera a Dios puede significar un cambio interior importante. Las palabras de Jesús son alentadoras: «Todo el que es de la verdad, escucha mi voz».

 

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

CON VERDAD

Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.

Es raro que una persona pueda vivir la vida entera sin plantearse nunca el sentido último de todo. Por muy frívolo que sea el discurrir de sus días, tarde o temprano se producen «momentos de ruptura» que pueden hacer brotar en la persona interrogantes de fondo sobre el problema de la vida.

Hay horas de intensa felicidad que nos obligan a preguntarnos por qué la vida no es siempre dicha y plenitud. Momentos de desgracia que despiertan en nosotros pensamientos sombríos: ¿por qué tanto sufrimiento?, ¿merece la pena vivir? Instantes de mayor lucidez que nos conducen a las cuestiones fundamentales: ¿Quién soy yo?, ¿qué es la vida?, ¿qué me espera?

Tarde o temprano, de una manera u otra, toda persona termina por plantearse un día el sentido de la vida. Todo puede quedar ahí, o puede también despertarse de manera callada pero inevitable la cuestión de Dios. Las reacciones pueden ser entonces muy diversas.

Hay quienes hace tiempo han abandonado, si no a Dios, sí un mundo de cosas que tenían relación con Dios: la Iglesia, la misa dominical, los dogmas... Poco a poco, se han ido desprendiendo de algo que ya no tiene interés alguno para ellos. Abandonado todo ese mundo religioso, ¿qué hacer ahora ante la cuestión de Dios?

Otros han abandonado incluso la idea de Dios. No tienen necesidad de Él. Les parece algo inútil y superfluo. Dios no les aportaría nada positivo. Al contrario, tienen la impresión de que les complicaría la existencia. Aceptan la vida tal como es y siguen su camino sin preocuparse excesivamente del final.

Otros viven envueltos en la incertidumbre. No están seguros de nada: ¿Qué es creer en Dios?, ¿cómo se puede uno relacionar con Él?, ¿quién sabe algo de estas cosas? Mientras tanto, Dios no se impone. No fuerza desde el exterior con pruebas ni evidencias. No se revela desde dentro con luces o revelaciones. Sólo es silencio, posibilidad, invitación respetuosa...

Lo primero ante Dios es ser honestos. No andar eludiendo su presencia con planteamientos poco sinceros. Quien se esfuerza por buscar a Dios con honradez y verdad no está lejos de Él. No hemos de olvidar unas palabras de Jesús que pueden iluminar a quien viva en la incertidumbre religiosa: «Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Jn 18, 37).

 

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

CONTRA LA MENTIRA

Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.

No es frecuente escuchar a alguien defender el derecho del hombre a la verdad. Uno se pregunta por qué no se escuchan en nuestra sociedad gritos de protesta contra la mentira, al menos, con la misma fuerza con que se grita contra la injusticia.

¿Será que no somos conscientes de la mentira que nos envuelve por todas partes? ¿Será que cuando exigimos justicia nos sentimos solo víctimas y nunca opresores? ¿Será que para gritar contra la mentira, la hipocresía y el engaño, es necesario vivir con un mínimo de sinceridad personal?

La mentira es hoy uno de los presupuestos más firmes de nuestra convivencia social. El mentir es aceptado como algo necesario tanto en el complejo mundo del quehacer político y la información social como en «la pequeña comedia» de nuestras relaciones personales de cada día.

El hombre contemporáneo se ve obligado a pensar, decidir y actuar envuelto en una densa niebla de mentira y falsedad. Indefenso ante un cerco de engaños, falacias y embustes del que es difícil liberarse. ¿Cómo saber la «verdad» que se oculta tras las decisiones políticas de los diversos partidos? ¿Cómo descubrir los verdaderos intereses que se encierran tras campañas y acciones que se nos pide defender o rechazar? ¿Cómo actuar con lucidez en medio de la información deformada, parcial e interesada que diariamente nos vemos obligados a consumir?

Se dirá que la mentira es necesaria para actuar con eficacia en la construcción de una sociedad más libre y más justa. Pero, realmente, ¿hay alguien que pueda garantizar que estamos haciendo un mundo más humano cuando desde los centros de poder se oculta la verdad, cuando entre nosotros se utiliza la calumnia para destruir al adversario, cuando se obliga a las masas sencillas a que sean protagonistas de su historia desde una situación de engaño y de ignorancia?

En el fondo de todo hombre hay una búsqueda de verdad y difícilmente se construirá nada verdaderamente humano sobre la mentira y la falsedad. En el mensaje de Jesús hay una invitación a vivir en la verdad ante Dios, ante uno mismo y ante los demás. « Yo he venido para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Juan 18, 37). No es absurdo que se vuelvan a escuchar en nuestra sociedad aquellas palabras inolvidables de Jesús, que son un reto y una promesa para todo hombre que busca sinceramente una sociedad más humana: «La verdad os hará libres» (Juan 8, 32).

 

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

CAMBIO IMPORTANTE

Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.

No todos los que han abandonado la práctica religiosa tienen la misma postura ante Dios. Algunos rechazan todo contacto con lo religioso; Dios les resulta un ser incómodo y amenazador del que prefieren prescindir. Otros viven absolutamente despreocupados de estas cosas; les basta con ir resolviendo los problemas de cada día; Dios no tiene sitio en su vida. Hay, sin embargo, un número creciente de no practicantes en los que comienza a despertarse una inquietud religiosa.

No es fácil expresar lo que sienten ni lo que buscan. Ciertamente no están pensando en volver al cristianismo que un día conocieron y que, por una razón o por otra, han abandonado. Su búsqueda se sitúa ahora a otro nivel diferente. Andan detrás de algo que ni ellos mismos aciertan a definir con precisión.

Lo que conocen de la Iglesia les parece excesivamente complicado. El lenguaje eclesiástico les resulta difícil. Tampoco les convence mucho la vida de otros cristianos practicantes que conocen. Pero sienten la necesidad de algo que dé más coherencia y más sentido a su vida.

En el fondo de todo está la cuestión de Dios. La mayoría no duda de que Dios exista. Pero, ¿cómo es ese Dios del que la Iglesia habla tanto? ¿Es un Dios terrible y peligroso del que uno no se puede fiar nunca del todo? ¿Es un Dios bueno que entiende nuestra debilidad y busca siempre solo nuestro bien?

Pero, ¿con quién hablar de todo esto? Al que se ha alejado de la Iglesia no se le hace fácil acercarse a un sacerdote. Es normal. Si al menos pudiera hablar con toda confianza con algún amigo creyente. Porque es bueno escuchar la experiencia de alguien que vive gozosamente su fe para aclarar equívocos, deshacer prejuicios o exponer las propias dudas.

En cualquier caso, lo importante son los pasos que uno mismo va dando por dentro. Hay preguntas que es bueno contestar: ¿Por qué he abandonado yo el contacto con lo religioso? ¿Me ha hecho bien alejarme de Dios? Ahora sé lo que es vivir de espaldas a la fe, ¿quiero terminar así mi vida? ¿No necesito encontrarme con un Dios Amigo?

¿Se puede rezar? Hay personas que se alejaron hace mucho de todo esto, pero tampoco tienen nada contra Dios. En este momento no sabrían cómo rezar; han olvidado las palabras del Padre Nuestro; no les sale ninguna oración. ¿Es difícil decir a Dios: «Tú me conoces y me entiendes. Ayúdame a vivir. Enséñame a creer»? Puede parecer algo trivial y, sin embargo, una invocación sincera a Dios puede significar un cambio interior importante. Las palabras de Jesús son alentadoras: «Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.»

 

 

ENRIQUE MARTÍNEZ LOZANO

LAS COSAS NO SON LO QUE PARECEN

         “Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”: Palabras sabias, de exquisita hondura espiritual que, sin embargo, con demasiada frecuencia son leídas justo en el sentido opuesto. Con lo cual, quedan devaluadas y desvirtuadas, generando actitudes contrarias a las que pretendían.

Parece evidente que se trata de una afirmación radicalmente inclusiva. Por ello, cuesta trabajo entender cómo, posteriormente, se ha podido caer en reduccionismos y exclusivismos que separaban o incluso condenaban a quienes no se ajustaran a las formulaciones doctrinales dictadas y vigiladas por el magisterio oficial.

         Es tal el contraste entre aquella afirmación de Jesús y lo que ha sido la práctica habitual (oficial) de la Iglesia, que reclama un análisis que ayude, por un lado, a desenmascarar la trampa y, por otro, a recuperar el sentido genuino de la expresión que estamos comentando.

         En realidad, la trampa no es difícil de comprender. De hecho, se produce siempre que se absolutiza el modelo mental (o dual) de conocer. Tal absolutización –que lleva a pensar que las cosas son como nuestra mente las ve- desemboca necesariamente en la objetivación de todo lo real.

 

         El motivo es muy simple: dado que pensar es delimitar, todo lo pensado es convertido en objeto (algo delimitado). De ese modo, el Ser se transforma en un ente, Dios en un ídolo, los humanos en individuos objetivados, la naturaleza en mero objeto para satisfacer nuestras necesidades…

         Ello significa que el modelo mental, tan eficaz en el mundo de los objetos, desfigura radicalmente la realidad cuando pretende explicar aquello que no es objetivable.

         Y eso es precisamente lo que ocurre con la “verdad”. Dado que la mente no puede apresarla, inevitablemente la convierte en “creencia”. Y una vez producido el equívoco, atribuye, engañosa y peligrosamente, a su creencia los rasgos de la verdad. De ese modo, quien tiene una creencia se cree automáticamente en posesión de la verdad. Ha nacido la exclusión de quienes piensan distinto, el fanatismo y el proselitismo. Todo ello desde una actitud arrogante, que pretende autojustificarse apelando nada menos que a “la verdad”.

         Pero todavía podemos preguntarnos algo más: ¿cómo se explica esa tendencia tan frecuente a apropiarse la verdad? La razón hay que buscarla, a mi modo de ver, en la necesidad de seguridad. De ahí que el fanatismo esconde siempre pánico ante la inseguridad, que trata de alejar aferrándose a la idea de ser portador de una “verdad absoluta”. De ese modo, no solo cree sentirse seguro, sino que se otorga además un estatus de superioridad sobre los otros, a la vez que sacia la necesidad del ego de “tener razón”. Son demasiadas “ventajas” como para que los humanos no hayan caído y sigamos cayendo en semejante trampa.

         Si venimos a lo concreto de la frase que estamos comentando, nos hacemos conscientes de la lectura equivocada que se ha hecho de ella. El razonamiento que se hacía era el siguiente: “Jesús es la verdad -«Yo soy el camino, la verdad y la vida»-; nosotros creemos en Jesús, luego nosotros tenemos la verdad. Y la prueba de que poseemos la verdad es que escuchamos a Jesús”.

         En su simpleza, este silogismo parece irrebatible. Y quizás sea ese el motivo por el que ha funcionado tan eficazmente, configurando tanta rigidez mental en no pocos cristianos.

 

         Sin embargo, es en su simpleza, donde se oculta la trampa, porque no hace otra cosa que jugar con las palabras. Una vez que reduce la “verdad” a una “creencia”, todo lo demás es mera consecuencia errónea.

         Se ha confundido la verdad con el asentimiento mental a Jesús (así se entendía, generalmente, la fe), dando por supuesto que, una vez dado ese asentimiento, automáticamente uno se convertía en portador de la verdad absoluta, otorgándose una supuesta superioridad moral sobre quienes no asentían.

         La realidad, sin embargo, es otra. Y las cosas parecen ser justo al revés de lo que aquella idea supone.

         La clave se encuentra, precisamente, en lo que entendemos por “verdad”. Si tenemos en cuenta que, en cualquier caso, nunca puede ser un “contenido mental” –que sería solo una “idea de la verdad”, nunca la verdad misma-, se nos hace patente que debemos buscar por otro lado. En efecto, cualquier contenido mental es solo un “mapa”, más o menos acertado, pero nunca el “territorio”.

         De la misma manera que nadie puede conocer el territorio sin adentrarse en él, por claros que le parezcan los mapas que posee, tampoco es posible conocer la verdad hasta que no la somos. Y a partir de aquí, se ilumina, tanto el motivo de la trampa comentada, como el camino adecuado para comprender en toda su hondura y sabiduría la afirmación de Jesús.

         En cierto modo, podría decirse que la verdad no pasa tanto por la mente, cuanto por la vida; ni por el pensar de una determinada manera, cuanto por el serla.

         De entrada, lo que eso requiere no es absolutizar una idea determinada, sino situarse en una actitud honesta y determinada por vivirse en verdad. Por eso, frente al fanatismo que denota encierro y estrechez, la verdad requiere apertura humilde, cuestionamiento y flexibilidad.

         Y es precisamente la persona que vive esto la que, por usar las palabras de Jesús, “es de la verdad”, aunque no tenga ninguna creencia.

         Finalmente, ¿qué significa “escuchar la voz” de Jesús? Al hilo de lo que vengo diciendo, no se trata del mero asentimiento mental a su figura ni a su palabra, sino más bien de reconocerse en su persona y en su mensaje.

         Jesús es consciente, como todos los sabios, de vivirse en la verdad de lo que es. No porque tenga algún “contenido mental” más del que otros carezcan, no porque posea algún “mapa” más elaborado, sino porque se ha adentrado en el “territorio” de su verdadera identidad. Y, al vivirlo, al experimentarlo, lo ha conocido.

         La invitación de Jesús es, por tanto, absolutamente inclusiva: toda aquella persona que, desde una actitud de búsqueda sincera y humilde, se “adentre” en la experiencia de su propia verdad, sentirá necesariamente la “sintonía” con Jesús, así como con todos aquellos que lo han vivido.

         Esa “sintonía” o re-conocimiento no es algo superficial, sino que nace nada menos que del hecho de descubrir experiencialmente que el Territorio en el que nos adentramos es siempre “compartido”, que nuestra identidad de fondo –más allá del yo individual, al que la mente se aferra- es una y la misma, en la no-dualidad: no somos iguales, pero somos lo mismo. ¿Cómo no sería este reconocimiento fuente de una actitud inclusiva y amorosa hacia todos los seres, si el bien de cada uno de ellos es mi propio bien?

         Desde esta experiencia, es fácil percibir la dolorosa paradoja en la que cae la persona fanática o simplemente excluyente: creyendo tener la verdad, se halla justo en la dirección opuesta a aquella que le permitiría experimentarla.

 

         Es solo en la experiencia, donde venimos a descubrir que los criterios de verificación de la misma no son otros que la sabiduría y la compasión. Por eso, quien ha “visto”, como Jesús, hace suya para siempre la “regla de oro”: “Trata a los demás como quieres que ellos te traten a ti”.

         Una breve anotación para terminar: ¿No resulta también paradójico que esa afirmación sabia y totalmente inclusiva de Jesús se lea en el día en que se celebra la fiesta de “Cristo Rey”, título que ha dado lugar a no poco fanatismo excluyente?

 

SERVICIO BÍBLICO LATINOAMERICANO

La liturgia de este domingo nos trae de nuevo un pasaje del libro de Daniel. En contraposición a las pretensiones de divinidad y de dominio absoluto típicos de los dominadores (griegos para la época del libro), Daniel va mostrando otras imágenes del verdadero y eterno Dios. No hay que tomar en sentido literal el contenido de estos materiales apocalípticos. Más bien hay que verlos y valorarlos desde la óptica de la resistencia, un recurso que se ingenia el hagiógrafo para ir contrarrestando en el fiel judío los peligrosos efectos de una ideología que pretende suplantar el poder y señorío únicos del Dios bíblico. La historia ha demostrado que tanto imperios como emperadores, reinos y reyes fenecen, pasan, se acaban, y eso no va a cambiar; que sólo una cosa es inmutable el poder, la gloria y el reinado de Dios a favor siempre del oprimido, eso nunca pasará.

Celebramos la solemnidad de Jesucristo «Rey del Universo». A ese fin hemos leído el pasaje de Daniel en donde uno como hijo de hombre recibe de parte del anciano el poder y la soberanía universal. En contraste con esta imagen de Daniel que fue asumida por el cristianismo como una prefiguración del reinado universal de Cristo, nos presenta el evangelio de Juan el momento del juicio político de Jesús ante Pilato. «Oficialmente» Jesús no se ha proclamado Rey, sin embargo éste es el argumento por el cual sus adversarios quieren que sea condenado. De hecho sus adversarios ya lo han condenado a muerte, sólo que ellos no podían ejecutar la pena capital (Jn 18,31), que era derecho exclusivo de Roma (ius gladii). Por eso la insistencia a Pilato para que él confirme la sentencia que ellos ya habían dictado.

Pilato ya está informado de la situación y por eso pregunta directamente a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Jesús responde con otra pregunta, indaga al interrogador cuál es el origen de esa acusación, que de todo modos en este punto se convierte en aclamación. Pilato no está interesado en establecer ningún tipo de vínculo con Jesús y sin embargo según la forma como el evangelista Juan conduce el hilo del relato, la realeza de Jesús viene proclamada no por los de su nación, sino por los paganos.

Indirectamente Jesús responde de modo afirmativo a la primera pregunta de Pilato, pero hace una aclaración que por supuesto ni Pilato ni sus acusadores pueden entender: «mi reinado», o también «mi realeza no es de este mundo», pero debe entenderse «no es al modo o a la manera de este mundo». Y la aclaración continúa: «si mi realeza fuera al estilo de esta realidad hubiera sido defendido por mi ejercito y no hubiera caído en manos de los judíos».

Pero Pilato quiere una respuesta más clara, un sí o un no, y de nuevo interroga: «¿entonces, tú eres rey?». De nuevo san Juan pone en labios de un pagano la expresión que confirma la realeza de Jesús. Pilato lo ha dicho y así es pero enseguida corrige Jesús la característica de esa realeza: «a eso he venido, no a dominar ni a infundir terror, sino a servir a la verdad».

Así pues, el evangelista deja claro en que consiste la dimensión mesiánica y real de Jesús, no se trata de un rey al estilo de los reinados temporales, sino al estilo que ya se había entrevisto en el Primer Testamento desde la entrega, desde el servicio al proyecto del Padre, que es ante todo la justicia esa es la verdad para Juan, el proyecto del Padre encarnado en Jesús.

Desafortunadamente con el correr del tiempo se tergiversó el contenido de este interrogatorio, especialmente la respuesta de Jesús sobre el origen de su realeza. Algunas corrientes cristológicas, que subsisten hoy, defienden una dimensión «espiritual» del reinado de Jesús. Según eso, «mi reinado no es de este mundo» desconecta a Jesús y su evangelio de todo compromiso con el orden temporal, y con esta realidad concreta que vivimos, y lo transfiere a un mundo «espiritual» o simplemente a aquel «mundo de las ideas» de Platón.

Esa falsa interpretación tiene varios reparos. Por una parte, cuando Juan habla de «mundo», casi siempre lo hace para referirse a esta realidad habitada por seres humanos y en donde se verifican las tendencias más contradictorias, de las cuales, las que le interesan al evangelistas son aquellas que están en oposición al querer y a la voluntad de Dios. En una palabra «mundo» para Juan es una forma sintética de referirse a todo lo que contradice el proyecto divino, y que puede equipararse con lo que él mismo intenta describir también con la expresión «tinieblas» en contraposición a la «luz». En tal sentido, se puede entender «mi reino no es de este mundo», «no es de esos reinos o reinados que se oponen al querer de Dios» y en ese sentido, Jesús ha realizado toda su acción, no ha contradicho en nada la voluntad de su Padre. Si proyectamos el reinado de Jesús a una categoría extramundana, es dejar de reconocer su compromiso y su incidencia en los asuntos del diario vivir durante todo su ministerio público, desde Galilea hasta Jerusalén, si hubiera sido de carácter «espiritual», no se hubiera visto enfrentado a las autoridades Judías, es más, desde una cueva en el desierto hubiera podido decir lo que tenía que decir y punto.

Otra consecuencia que deriva de una falsa interpretación de esa expresión tiene que ver con el cristiano en cuanto tal. Para quienes creen que Jesús y su obra «no son de este mundo», lo más práctico es no inmiscuirse en asuntos temporales, lo mejor es no «meterse en problemas...». Desafortunadamente esta corriente cuenta con demasiados adeptos tanto en el campo católico como en el no católico. Mientras cuatro evangelistas, equivale a decir cuatro de las comunidades primitivas (entre muchas que seguro habían) nos legan un testimonio de abierto compromiso de Jesús con la causa de su Padre expresada en los pobres, un par de versículos que reflejan apenas una mínima parte del pensamiento joaneo sobre Jesús, vienen a convertirse en el argumento «definitivo» para sustraer a Jesús de su concreto compromiso político y social con su generación y de su intención de que sus seguidores hicieran lo mismo.

No es necesario ni conveniente subrayar tanto la «realeza» de Jesús si ello implica tergiversar su auténtico y efectivo proyecto de vida; hace mucho daño, sobre todo a los más oprimidos, presentar esa imagen monárquica y principesca de un Jesús que, en verdad, dedicó toda su vida y sus energías a desenmascarar y a luchar contra ese tipo de estructuras.

 

REINO DE CRISTO, REINO TRASCENDENTE Y SOBRENATURAL

Por Antonio González-Moreno

1.- EL HIJO DEL HOMBRE.- El profeta Daniel nos narra una de sus maravillosas visiones. Después de haber contemplado el triunfo y la ruina de las cuatro bestias, símbolos de cuatro reyes, nos habla de un quinto personaje. Ahora no tiene la forma de león ni de oso, ni de leopardo, ni de horrible animal con dientes de hierro. Ahora, ese quinto rey, el definitivo, el que reinará sobre cielos y tierras, tiene la figura sencilla de un hombre.

Aquellas bestias venían del mar, este Hijo del hombre llega sobre las nubes del cielo. Es difícil comprender a fondo el sentido de estos símbolos, de este lenguaje literario apocalíptico. Pero una cosa es cierta. En esta humilde figura de hombre ve el profeta al Rey del Universo, Dios mismo que baja hasta la humildad de la naturaleza humana, y se hace uno más entre la muchedumbre de todos los hombres.

Jesús de Nazaret, el Hijo del hombre. Así se presentaba él mismo ante la gente de su tiempo. Un humilde carpintero, un sencillo hombre de pueblo que tenía callos en las manos, la piel curtida por el viento y el sol. Un hombre recio que usaba palabras llanas, un hombre que hablaba con fuerza persuasiva de una nueva doctrina, hecha de rebeldía contra la mentira, cargada de amor a los pobres, y de confianza heroica en el poder y la bondad de Dios.

Nos sigue narrando el vidente que ese Hijo del hombre avanzó hacia el trono del Anciano. El de vestiduras cándidas como la nieve, el de cabellos como blanca lana, el del trono llameante, al que le sirven millones y le asisten millares y millares... Siguen unas palabras extrañas; palabras cargadas de un contenido hondo con un sentido más allá de lo que a primera vista se intuye. Son una letanía de palabras mágicas que despiertan en el espíritu del hombre religioso algo muy profundo y difícil de explicar.

Es el anuncio del Reino mesiánico, el Reino definitivo. Poder, honor y gloria al Rey, a Cristo. Cristo Rey, reinando por siempre, permaneciendo en su trono, mientras los demás reyes se quitan y se ponen. Reyes pasajeros, con unos reinos de fronteras reducidas, con una historia tantas veces de final desastroso. Cuántos grandes personajes acabaron de mala o de vulgar manera.

Cristo no. Cristo reinó ayer, reina hoy y reinará siempre... Rey de reyes, hoy nos rendimos a tus pies. Acepta el vasallaje de los hombres. También de los que no te reconocen, esos que tú has redimido con tu sangre. Reina, impera, manda. Nosotros queremos ser leales a nuestro Rey, que eres tú. Fieles vasallos de tu Reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia. Reino de justicia, de amor y de paz.

2.- UN REY SIN SOLDADOS.- Los judíos habían decidido dar muerte a Jesús. La gente del pueblo, sin embargo, las almas sencillas que intuyen las cosas de Dios, habían aclamado con palmas y vítores como Rey mesiánico a aquel hombre de origen oscuro que procedía de Nazaret. Habían organizado espontáneamente una entrada triunfal en la que, como dijo el profeta Zacarías, el Mesías entraba majestuoso y pacífico, montado sobre un asno, a la usanza de los antiguos reyes y nobles de Israel. El entusiasmo de la muchedumbre colmó la envidia y los celos de escribas y fariseos. Estaba decidido, aquel hombre tenía que morir.

Ayudados por la traición de Judas, consiguieron apresarle. Aquel que fue poderoso, en palabras y en obras, quedó de pronto sin fuerza ni resistencia alguna. El que fue capaz de arrojar, solo contra todos, a los mercaderes del templo, aparecía inesperadamente desarmado, inerme y abandonado. Sin embargo, entonces empezó la última batalla del gran Rey en la que, dando su vida, vencía a la muerte y destronaba al Príncipe de este mundo, alcanzando para todos la salvación eterna.

Aunque decidieron su muerte, ellos no podían ejecutar la pena capital. El poder de Roma, bajo el que vivían sometidos, les imponía ciertas limitaciones, entre las cuales estaba la de no tener el "ius gladii", o poder para aplicar la pena de muerte. Por eso acuden a Pilato para que crucifique a Jesús. A fin de conseguir su propósito recurrieron a todos los medios a su alcance, incluida la mentira y la calumnia.

 

Pilato acabó cediendo a las presiones y amenazas de los judíos. No obstante, hay que reconocer que procuró salvar a Jesús de la muerte. Con esa intención preguntó al reo si era cierto que fuese rey. Jesús, que antes se había opuesto a que lo proclamaran como rey, se confiesa abiertamente como tal ahora, cuando de sus palabras podía depender su crucifixión. El Señor contesta que sí, que él es rey, que para eso ha venido y para eso ha nacido. Pero aclara que su Reino no es de este mundo, pues si lo fuera ya habrían llegado sus soldados a defenderle. Pero en su Reino no hay soldados: no se implanta con la violencia de las armas que matan, sino con la fuerza del amor que vivifica.

Reino de Cristo, Reino trascendente y sobrenatural, que no desprecia este mundo sino que lo eleva y lo redime. Reino que acoge al hombre tal cual es, pobre y limitado animal racional, y lo transforma de hombre mortal en hijo de Dios que vivirá para siempre. Cristo, nuestro Rey de amor y de verdad, nos sale una vez más al encuentro, armado de comprensión y de amables exigencias, para reconquistar nuestra sumisión generosa, ese vasallaje entrañable que lleva consigo, para quien lo acepta, la felicidad y el gozo sin fin.

 

“YO SOY REY…”

Por José María Maruri, SJ

1.- Yo soy Rey… Es la primera y última vez que el Señor Jesús se declara abiertamente rey, y cuando lo hace tiene ante si una multitud que grita que lo maten, que lo crucifiquen. Qué distinto de aquellas multitudes hitlerianas que veíamos –los que ya vamos siendo viejos—en los NODOS (**) desfilando ante el Führer con miles de estandartes desplegados.

A Jesús le gritan, le abuchean. De lejos y escondidas le siguen unas pobres mujeres del pueblo, los suyos anda huidos y escondidos. ¿Es que no hay ni uno solo que dé la cara por Él? Uno aparece después que el Señor haya muerto, es un desconocido en el evangelio… un tal José de Arimatea, que lo único que puede ofrecer ya es una tumba…

2.- Pero dad un poco de tiempo al tiempo y el viento acallará los gritos de la multitud. Y en un silencio impresionante el Calvario y su camino a Jerusalén se van llenando de gente. Sin violencia entran en el Pretorio ante el asombro de la guardia romana que no sabe qué hacer. No hay gritos, no hay amenazas, no hay estandartes, no hay armas…

Pilato ha desaparecido hace muchos siglos, en aquel Pretorio en ruinas queda sólo el Señor Jesús, y ante Él una multitud que nadie puede contar. Hombres como el padre Pro, el primero que murió gritando en México: “Viva Cristo Rey” y otros tantos en nuestra España en la guerra civil, que en estos últimos años son canonizados y beatificados.

Son los que han desperdiciado sus vidas ayudando a los demás, los que no han amontonado riquezas porque han sabido compartir, los que no se han dejado corromper, despreciados por ser honrados, los que no valen para triunfar como su Señor.

Los que para presentarse ante Cristo Rey piden perdón por su indumentaria, los que se ponen nerviosos e instintivamente se arreglan el nudo de la corbata o se sacuden una imaginaria caspa de las solapas de sus raídas chaquetas, los sencillos, los discípulos de la sinceridad y de la verdad

3.- “Porque yo he venido para ser testigo de la verdad y los de la verdad son mis huestes…” ¿Dónde ha ido a parar el Imperio Romano? ¿El Imperio de las Indias? ¿El tercer Reich? ¿El imperio comunista? ¿Qué les falló a Emperadores y Reyes, líderes y Papas? Les falló el tiempo, se les fue de las manos el tiempo. Napoleón, Hitler, Stalin. Todos, como nos dice el salmo: “como hierba que brota a la aurora y a la tarde se marchita y se seca”. En aquellas plazas donde les vitoreaban quedan piedras carcomidas, musgo, yerba y cardos secos y el silbido fúnebre del viento que se llevó todo.

4.- El Señor Jesús jugaba con ventaja cuando se proclamaba Rey ante Pilatos vuelve a decir el salmo:

antes que los montes fueran engendradosantes que nacieran tierra y orbedesde siempre hasta siempre Tu eres Dios, Tu eres Reyy a tus ojos mil años son como ayer ya transcurrido

Es el privilegio del ser eterno, que mientras piden su muerte, se agolpan multitudes que lo proclaman Rey. Mientras insultan al coronado de espinas, una multitud incontable aclama al que pintan los salmos:

Arropado de luz, cual regio manto

Tu tienda de campaña, la bóveda del cieloTu carroza, nubes que vuelan sobre el vientoTus mandatarios el relámpago y el fuego

Ese es nuestro Rey, azotado, coronado de espinas, crucificado, pero vencedor de la polilla que destruyó imperios, vencedor eterno del paso del tiempo. El alfa y el omega, el principio y el fin.

** NO-DO.- Noticiario Documental que se proyectaba obligatoriamente en los cines de toda España durante los años del franquismo.

 

PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO

Por Pedro Juan Díaz

1.- Este último domingo del tiempo ordinario nos presenta a Jesús como Rey. Es una manera de recopilar todo lo dicho sobre Él en los evangelios y darle el máximo título a nivel humano con el que podemos distinguir a una persona: es el rey, es lo más, está por encima de todo y de todos. Y su Reino está cerca de nosotros, está en marcha. Su realeza no pertenece a ninguna casa real de nuestro mundo, sino que le viene dada por su entrega amorosa a la humanidad. Jesús es rey porque hace presente el reino de Dios, su Padre, y lo hace con su entrega en la cruz.

2.- Las lecturas de hoy utilizan diversas imágenes para presentarnos a Jesús como Rey y nos explican su sentido. La primera lectura, del profeta Daniel, nos habla de un “hijo del hombre” que viene del cielo con autoridad sobre la historia y sus acontecimientos. Jesús utilizaba esta expresión, “hijo del hombre”, para hablar de sí mismo. “Su reino no tendrá fin”, dice también la lectura, y es que Dios es ese horizonte de vida y esperanza que no tiene fin. Jesús reina con esperanza y con amor.

3.- El libro del Apocalipsis, en la segunda lectura, nos presenta a Jesucristo como el “testigo fiel” (“testigo de la verdad”, nos dirá el evangelio). En Él no hay engaño, ni traición, ni falsedad, porque en Jesús podemos ver a Dios. Es el “primogénito de entre los muertos”, el primer resucitado, y el “príncipe de los reyes de la tierra”, es decir, que está por encima de todos y de todo. Él inició la historia (alfa) y la culminará (omega). Jesús es el garante definitivo de nuestra fe.

4.- Finalmente, en el evangelio, escuchamos un momento de su Pasión, el juicio ante Pilatos, donde Jesús confirma sus palabras con la entrega de su vida. Jesús es rey, como os decía, por su entrega en la cruz. Pero además, convendría no pasar por alto la figura de Pilato, porque hay personas de las que aprendemos lo que no hay que hacer, y esta sería una de ellas. Pilato ha pasado a la historia por su “lavarse las manos” ante Jesús, símbolo de querer desentenderse de la realidad y ser indiferente e insensible ante lo que está pasando.

5.- Recordando el Credo, me viene a la memoria la frase “padeció bajo el poder de Poncio Pilato”, referida a Jesús, y es verdad que padeció, y mucho. En este Año de la Fe, en que nos queremos tomar más en serio esta oración del Credo, caemos en la cuenta de que hay muchos “Pilatos” hoy por culpa de los cuales la gente sigue padeciendo, como Jesús. No hay más que poner las noticias para darnos cuenta. Pero el final de Jesús es distinto y también lo será el de tantas víctimas de hoy. Al final vendrá la liberación. La entrega de la vida no se queda sin recompensa. La vida y la muerte de Jesús no han sido en balde. Y en esa vida, y en esa muerte, estamos unidos todos. La resurrección es la gran victoria, nuestra gran victoria. Y en ella nos precede Jesús, como rey, como defensor de todas las víctimas, de todos los que siembran muerte y padecimiento. “Jesucristo es el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra”.

6.- Pero mientras, habrá que dar la cara como cristianos frente a tanto sufrimiento de las personas. La fe ha de manifestarse en un testimonio a favor de las víctimas, de los que sufren, de los más pobres, como lo hizo Jesús. Y todo por amor. Porque el amor, decía Benedicto XVI en su primera encíclica, “es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz. Es una fuerza que tiene su origen en Dios, Amor eterno y Verdad absoluta”.

7.- Ese amor lo vemos cada vez que participamos de la Eucaristía. En ella vemos a un Rey que sirve, que lava los pies, que cura las heridas, que da la vida… y que nos enseña que su Reino, aunque no sea de este mundo, va creciendo entre nosotros cada vez que sus discípulos hacemos lo mismo que Él hizo y somos testimonio de su amor entre las personas que nos rodean. Al rezar el Credo, recordaremos que Jesús padeció la opresión de Pilatos pero que resucitó y “está sentado a la derecha de Dios, Padre Todopoderoso”.

 

NO ES DE ESTE MUNDO, PERO COMIENZA EN ESTE MUNDO

Por José María Martín OSA

1.- El Reino de Dios está dentro de nosotros. Celebramos la fiesta que clausura el Año litúrgico, Jesucristo Rey del universo. Jesús afirmó en distintas oportunidades que el Reino de Dios ya había llegado y que en esto consistía la Buena Noticia. Para entrar en él era preciso convertirse, cambiar de mentalidad, creer en su palabra, creer en su persona, seguirlo. Sus parábolas y sus enseñanzas se referían al Reino; sus milagros atestiguaban que el Espíritu de Dios estaba con él y que el Reino de Dios se hacía presente. Ante quienes esperaban su llegada al modo de un triunfo rotundo sobre los dominadores romanos, con la intervención de un mesías político que impusiera su autoridad mediante un régimen de prodigios y milagros continuos, o con la abundancia del pan y de los bienes temporales, Jesús afirmaba: "El Reino de Dios no viene ostensiblemente, porque el Reino de Dios está entre vosotros". Él nos habló del inicio real de este Reino bajo apariencias humildes e insignificantes, como la diminuta semilla de mostaza, o como la pequeña cantidad de levadura que fermenta toda la masa, o como el crecimiento misterioso de la semilla, que bajo la tierra se transforma silenciosamente y escapa a nuestro control. Así nos enseñaba que de lo pequeño y oculto, de lo que está envuelto en el silencio y es pobre en apariencias, puede surgir lo más grande.

2.- No es de este mundo, pero sí “para este mundo”. Cuando Pilato preguntó a Jesús si era rey le contestó claramente. "Tú lo dices: soy rey, pero mi reino no es de este mundo". Lo que quiso decir es que Él no era un rey como los de este mundo. Cristo vino a traer la vida y la salvación a cada ser humano: su misión no fue solo y específicamente de orden social, económico o político. Cristo no confió a su Iglesia una misión social, económica o política, sino más bien religiosa. Sin embargo sería un error pensar que cada cristiano en particular debe estar ausente de estos ámbitos de la vida social. Los cristianos están llamados por Dios a insertarse en el mundo a fin de transformarlo según el Evangelio. Un cristiano debe colaborar con alegría en la promoción de la verdadera cultura, porque sabe que la Buena Noticia de Cristo refuerza en el hombre los valores espirituales que se hallan en el corazón de la cultura de cada pueblo y de cada período de la historia. El cristiano ayudará a su propio pueblo a lograr una verdadera libertad y la capacidad de hacer frente a los desafíos de los tiempos.

3.- Comprometernos en la construcción del reino. Las obligaciones de un buen ciudadano cristiano no pueden reducirse a evitar la corrupción, o a no explotar a los demás, sino que incluyen una contribución positiva al establecimiento de leyes justas y estructuras que sostengan los valores humanos. Cuando un hombre o mujer cristiana se encuentre con la injusticia o con algo que esté en contra del amor, la paz y la unidad de la sociedad, tiene que intentar cambiarlo. ¿Cómo permanecer con los brazos cruzados, cuando a alguien le echan de su propia casa para vivir en la calle? Para descubrir la presencia de este Reino, es preciso que los ojos de la mente estén iluminados por la luz de la fe. El Reino se hace presente en nuestro tiempo histórico en cada gesto de amor, en la negación del pecado y del egoísmo, en cada victoria sobre las tentaciones y las seducciones del mundo, que invitan al camino fácil. Jesús predicó el camino estrecho y la puerta angosta. La clave de la renovación de este mundo está en nuestro propio corazón. El lugar donde triunfa el reinado de Cristo es el santuario de nuestra conciencia. Sólo desde allí se hará luego visible y se irradiará y se contagiará, dando lugar a una convivencia fraterna y armoniosa, a una sociedad reconciliada, a leyes que respeten íntegramente la dignidad del hombre. Su reino no es de este mundo, pero comienza en este mundo. Lo primero es que Jesús reine en nuestro corazón, así surgirá nuestro compromiso para transformar el mundo. El reino de Dios no termina aquí, llegará a su plenitud en el más allá, pero no podemos olvidarnos que “ya” está aquí.

 

JESUCRISTO, REY DE CORAZONES

Por Gabriel González del Estal

1.- Mi reino no es de este mundo. Cristo no quiere ser rey al estilo de los reyes de este mundo. No quiere ser rey de espadas, para vencer por la fuerza de las armas a sus enemigos, ni quiere ser rey de bastos, para gobernar a sus súbditos mediante el garrotazo y el temor; tampoco quiere ser rey de copas, porque no quiere celebrar solemne y pomposamente victorias sobre nadie, ni almacenar trofeos mundanos en sus vitrinas. Sólo quiere ser rey de corazones, de nuestros corazones, de los corazones de todas las personas de buena voluntad, de los corazones mansos y humildes, de corazones arriesgados y valientes en la defensa del bien y en la lucha contra el mal. En este sentido, sí quiere ser nuestro rey, quiere dirigir y gobernar nuestros pensamientos, palabras y obras con la sola fuerza de su amor. Externamente no necesita palacios, ni monumentos altivos, ni ceremonias esclavizantes, ni halagos, ni sacrificios cruentos. Quiere vivir en el interior de nuestros corazones, de todos los corazones del mundo, del universo. Quiere ser rey de un reino en el que reine la justicia, la verdad, la vida, el amor y la gracia, la santidad. Quiere que sus súbditos sean personas libres y responsables, que estén dispuestos a seguirle libremente con valentía y entusiasmo. En este sentido quiere ser nuestro rey, Cristo Jesús. Lo que debemos ahora preguntarnos cada uno de nosotros es si nosotros queremos ser súbditos de este rey, en el mismo sentido en el que él quiere ser rey nuestro. Es decir, si estamos dispuestos a luchar a brazo partido por la justicia, por la verdad, por la vida, por la paz, por la santidad, dirigidos siempre por el evangelio de Jesús. Porque si Cristo quiere ser nuestro rey, pero nuestros corazones no le aceptan en el sentido que él quiere, el reino de Dios no podrá realizarse en este mundo. Sabemos que Cristo sí lo quiere; pero de nosotros depende que se realice o no. Este es el gran propósito que debemos hacer hoy todos los cristianos, en esta fiesta de Jesucristo, Rey del universo: ofrecer nuestros corazones a Dios, para que su reino se pueda hacer realidad entre nosotros: ¡venga a nosotros tu reino, Señor!

2.- Vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre. Cristo se refirió a sí mismo como “el hijo del hombre “, en muchos momentos de su vida. En el profeta Daniel este personaje misterioso aparece como un enviado por Dios que viene del cielo, más allá de nuestra pequeña historia, y a quien se le da autoridad y dominio sobre todos los pueblos, naciones y lenguas. Nosotros, los cristianos, siempre hemos querido ver en Jesús de Nazaret a este “hijo del hombre” que viene a salvarnos y a redimirnos de nuestros pecados. Queremos que este “hijo del hombre” sea nuestro rey, un rey de carne y hueso que conoce nuestras miserias y debilidades y que se nos ofrece como camino, verdad y vida para llegar hasta nuestro Padre, Dios. A este rey, “hijo del hombre”, le ofrecemos hoy nuestro humilde propósito de seguirle y obedecerle, hasta conseguir hacer de nuestra tierra un reino de paz, justicia y amor.

3.- Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que viene, el Todopoderoso. Estas palabras del Apocalipsis se refieren a “Jesucristo, el testigo fiel, el príncipe de los reyes de la tierra, el que nos ha librado de nuestros pecados, por su sangre”. A este rey queremos seguir nosotros y, por eso, deseamos para él “la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén”.

 

SOLEMNIDAD DE CRISTO REY

Por Javier Leoz

1.- Hoy, con esta conmemoración, coronamos el Año Litúrgico. Todo lo que ha acontecido en nuestras iglesias, en nuestras comunidades, en nuestras parroquias, en nuestra vida personal (cristianamente hablando) ¿Lo hemos centrado en Jesús? Si es así, este día, no resulta difícil entender, celebrar, ni asimilar. Si, el Año Litúrgico es un inmenso arco que hemos recorrido (adviento, navidad, cuaresma, pascua y la cadencia semanal) Jesús es la piedra angular: la clave que sostiene todo.

-El Reino que Jesús nos propone no conoce fronteras. La creación es un racimo de hermanos en el que estamos llamados a entendernos y a promover la justicia.

-El Reino que Jesús tiene no son grandes hectáreas o palacios espléndidamente decorados con cortinajes y oropeles.

-Su Reino, por el contrario, pretende llegarse y adentrarse en nuestro corazón. Es, en el corazón, donde Dios quiere reinar de verdad. Es en el corazón del hombre, donde Dios, encuentra más resistencias para pasearse y regir sin encontrarse obstáculos.

Preguntemos, como Pilatos, a Jesús: ¿Tú eres rey, Señor? Tal vez, El, nos contestará: depende de lo que entiendas por “rey”. ¡Es un rey tan atípico! ¡Es un reinado tan original! ¡Es un reino tan idílico!

2.- Nosotros, mal que nos pese, no somos el centro de las miradas del mundo ni, por supuesto, el eje alrededor del que gira todo lo demás. Luego viene lo que viene y pasa lo que pasa: el tinglado que nos habíamos montado (la sociedad del bienestar) se nos viene abajo; los vasallos que pensábamos tener a nuestro servicio (los amigos) nos dan la espalda y nos quedamos con lo que en realidad somos: simple pretensión de ser y de aparentar lo que nunca fuimos.

El Reino del Señor es muy distinto al de aquellos que nos proponen cualquier guion o cualquier otro que haya existido en la historia:

- Su tesoro es el amor- Sus armas son el servicio- Su corona es la verdad- Su trono es una cruz- Su castillo es la vida interior- Su pregón es Dios amor

- Su ejercito es el testimonio de aquellos que seguimos esperando y creyendo en Él

 

3.- Hemos caminado, de la mano de Jesús, durante estos meses. Hemos compartido, en el altar, la Eucaristía. Su amor inmenso en el calvario. Sus horas de gloria en la mañana de Resurrección. Hemos asistido emocionados a encuentros y desencuentros con los escribas y con los fariseos. Hemos visto como, Jesús, es un Dios que salva al hombre y sana a enfermos, ciegos, cojos, lisiados y que es capaz de ofrecer alimento allá donde exista la escasez. ¡Cómo no va a ser, siendo así, Rey del Universo! ¿Dónde hemos visto a alguien que, como Jesús, se desviva hasta exprimir su sangre en la cruz? ¿En quién hemos visto, sino en Jesús, un interés por el pobre hasta defenderlo y ponerlo en el lugar que le corresponde? ¿Dónde encontrar a otro, que no sea Jesús, apostando por el hombre, animándole a seguir adelante y a levantarse tras los tropiezos de cada día?

¡Sí! ¡Tú, Señor, eres Rey! Un rey extraño y que, constantemente se está desprendiendo de las riquezas que, tus vasallos ponemos con variados intereses a tus pies. ¿Será, Señor, que te queremos sentado y no caminando? ¿Será, Señor, que te soñamos coronado y no sirviendo? ¿Será, Señor, que te preferimos en un palacio y no mezclado con los sinsabores, luchas y retos que nos plantea el mundo?

¡Gracias, Señor! Después de estos domingos. Después de haber escuchado tu Palabra. De haber entrado en comunión contigo, por la oración, no podemos menos que exclamar que Tú eres el Rey que nos salva; la fuente que nos da vida; la luz que nos ilumina; la mano que nos conduce; el poder que nos hace falta.

4.- En el mundo, en el arte, en la cultura, en la música parece escucharse, hoy más que nunca, ¡no queremos que Jesús reine sobre nosotros! Estorban imágenes sagradas en lugares públicos (y por cierto, desgraciadamente en alguna catedral de España también); la inspiración de las canciones no es precisamente la persona de Jesús; la arquitectura y la ornamentación navideña, por ejemplo, se ha sustituido por otros motivos que, de cuando en vez, congenian con la zafiedad.

¡Qué razón tenía Jesús! ¡Mi Reino no es de este mundo! ¡Ni falta que hace, Señor! Entre otras cosas porque, los hombres, tenemos una capacidad extraordinaria para destruir lo bueno, lo santo o las raíces de un árbol (como el cristianismo) que ha sido la vena y fuente de inspiración de poetas, artistas, labriegos, sacerdotes, arquitectos o de pintores, hasta no hace mucho tiempo.

Que este Año Santo de la Fe que estamos celebrando contribuya a colocar a Cristo, de nuevo, en el lugar que le corresponde: en nuestro corazón, en nuestra mente, en nuestro pensamiento y…..por nuestras obras y palabras allá donde nos encontremos.

5.- EN EL AÑO DE LA FE

Prometo ante Ti, Jesús mi Rey, que deseo firmemente seas las ruedas de mi caminar y de mi ser. Que, frente a otros dioses que intentan colarse en mi vida, no pretendo otra cosa sino que, Tú mi Rey, seas mi centro.¿Me ayudarás, Señor, a conocerte? ¡Tengo tanto miedo a que llegues y no te reconozca!¡Tengo tanto temor a decir que “creo en Ti” y no saber nada sobre Ti! En este Año de la Fe, oh Señor y mi Rey, haz que comprenda que tu eres la cabeza de mi existencia que, sin Ti, la caridad se queda a medio camino y, mi corazón, abierto de vez en cuando. Haz que, al acercarme a la fuente de tu Palabra, el castillo de mis entrañas se haga más fuerte y verdadero más limpio y puro, más cristalino, profundo, auténtico y cristiano. Que, ningún otro rey, frente a Ti –gran Rey-tenga mejor posada que la que Tú mereces Que, ningún otro rey, antes que Tú –gran Rey-merezca adoración alguna. En el Año de la Fe me consagro a Ti, oh mi Rey, como vasallo de tu Reino: ayúdame a trabajar por él y a construirlo con tu Espíritu Enséñame a escuchar y valorar las Escrituras de tu reinado Inspírame acierto en mis decisiones y proyectos para que, cuando llegues –gran Rey-me encuentres en la azotea de tu castillo: vigilante y atento, despierto y con fesin sueño, espabilado, ardiente y con esperanza. Que cuando regreses, oh –mi gran Rey-puedas decir de mí: ¡He aquí a un siervo bien dispuesto! Amén

 

EL REINO DE CRISTO

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Hay una tendencia –expresada con urgencia—en la mayor parte de los comentarios homiléticos de la solemnidad que celebramos hoy a no confundir religión y política. Y de ahí que, a veces, la noción del Reino de Cristo y de su realeza quede amortiguada por un exceso de espiritualización. Cuando el realidad el Reino de Dios de ha comenzado –con mayor o menor intensidad a erigir también en nuestro mundo desde que Jesús de Nazaret comenzara a proclamar la llegada del Reino en las tierras de Palestina hace ya más de 2.000 años. Y algo similar pasa con las bienaventuranzas, que ante la dificultad en su aplicación en, en también, nuestro mundo, preferimos decir que es algo solo alcanzable en la vida futura.

2.- Es verdad que Jesús, preso ante Pilato, reconoce que su Reino no es de este mundo, que procede de lo más alto, pero eso no quiere decir que no esté aquí ya. Y lo que celebramos en este domingo último del Tiempo Ordinario no es otra cosa que la existencia de ese Reino de paz y de amor y de, asimismo, la confirmación de Jesús es el Rey de ese Reino. E, igualmente, si el Reino de Cristo en la tierra estuviera más extendido y fuera más perceptible en comparación con los habituales reinos de la tierra no tendríamos miedo los cristianos a que nos confundieran con cualquier mala definición de religión y política como puede ser lo de “nacional-catolicismo”. En fin…

3.- La Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, fue instituida por el papa Pío XI el 11 de diciembre de 1925. El Concilio Vaticano II sitúa la celebración como final del tiempo ordinario y, por tanto, como final del año litúrgico. Su significado es que Cristo reinará al final de los tiempos y supone un plan espiritual de redención lejos de cualquier interpretación de poder político o pseudoreligioso, como decía un poco más arriba. Además, el Evangelio de San Juan que se lee hoy presenta en la propia voz de Cristo las mejores consideraciones sobre su Reino.

4.- El Reino de Cristo es uno de los grandes anhelos de los cristianos. Para algunos, llevados de ciertas interpretaciones más parecidas a los anhelos de los antiguos judíos, creen que este reino es posible en este mundo. Otros, quitándole fuerza, lo sitúan como una entelequia simbólica o abstracta de imposible concreción. Pero Jesús nos preside que el Reino esta cerca y que esta dentro de nosotros. Entonces, ese reino es una forma de vida, una formula de amor y una entrega a los hermanos, mientras que amamos a Dios sobre todas las cosas.

5.- San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, en el "episodio" del "Rey Temporal y el Rey Eternal" lo define muy bien. Viene a decir que si nosotros somos capaces de apoyo total a un rey de este mundo que quiere instituir lo que todos queremos y guardamos una relación de identidad con sus postulados, sus vestidos, sus trabajos, sus sufrimientos, etc.; mucho más tendríamos que apoyar a un Rey Eterno que busca nuestra salvación y nuestra felicidad, que constituyen --sin duda-- uno de los mayores anhelos.

6.- También es posible declarar a Jesús Rey de nuestras vidas. Su ejemplo --el seguimiento de sus enseñanzas-- nos trae paz, felicidad, justicia y amor. Y, sobre todo, nos muestra un reino de humildes, de afables, de limpios de corazón, de pobres de cuerpo y de espíritu. Alejado del poder, de la violencia, de la explotación, del odio. Es más que probable que, en un día como hoy, nos sea más difícil comprender fenómenos como el "nacionalcatolicismo" o el "cristianismo de metralleta". Alguna vez hemos citado el llamado pecado estructural que definió el recientemente fallecido, Cardenal Carlo Maria MartiniArzobispo emérito de Milán. y que no es otra cosa que querer impregnar al cristianismo --para su utilización indigna-- de nuestras ideas políticas o de nuestras querencias sociales o nacionalistas.

7.- Es difícil también en este día comprender a los manipuladores y a los falsarios del ideal de Cristo. También a los inquisidores o a los moralistas oprimentes. Asimismo, respetar a quienes en función de una libertad mal trazada pretenden desnaturalizar el cristianismo con falsas tolerancias que no son otra cosa que pecados. Creemos, pues, en el Reino de Cristo como lugar pleno de amor, de solidaridad, de alegría, de paz, de mansedumbre y de esperanza fuerte. El Reino ha llegado. Lo que ocurre es que cada uno debe descubrirlo.

8.- Es el libro de Daniel, que es la primera lectura de hoy, donde se habla de Hijo del Hombre, Jesús adoptó esa terminología que sin duda es muy hermosa para nosotros los humanos. Un Dios hecho hombre y que, además, quiere llamarse así: Hijo del Hombre. Pero, además, el Profeta Daniel retrata perfectamente lo que será el Mesías muchos años mas tarde. Breve esta primera lectura de hoy, pero de una gran belleza y profundidad.

9.- Jesús no niega a Poncio Pilato que Él sea Rey. Y eso le llega a sorprender aún mucho más al Gobernador romano. A nosotros nos puede ser muy útil hoy esa característica que Jesús añade: Rey de la verdad. En este mundo actual lleno de mentira y de falsedades establecidas como si fueran verdades, nuestro sentido de la verdad –yo diría casi adoración por ella—ha de llenar nuestro afán. Nunca como ahora la verdad se hizo tan necesaria. La mentira abunda por doquier, desde en la política hasta en el comercio. Vivimos un tiempo de fraude, de mentira generalizada. Luchemos, pues, por el Reino de Cristo. Ese es nuestro lugar. Y no ningún otro. Seamos valientes y no confraternicemos con los mentirosos, no merece la pena.

 

¿QUIÉN ES NUESTRO ADMIRABLE AMIGO Y DEFENSOR?

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Hay que reconocer sinceramente, mis queridos jóvenes lectores, que si buscamos un símbolo actual que nos pueda sugerir la realeza, no lo encontraremos. Tal vez algunos de vosotros podáis tener noticias del rey Balduino de Bélgica, admirable sin duda, y ejemplo digno de realeza, pero que, como es norma de nuestras actuales constituciones, “reinaba pero no gobernaba”, no lo era, pues, del todo. No dudo de la sinceridad y rectitud de nuestros antiguos que instituyeron la fiesta de Cristo Rey y que aún perdura y cierra el calendario litúrgico, pero este calificativo a vosotros, estoy seguro, os dejará indiferentes. No os extrañe, ni os creáis por ello menos cristianos, ni que os puedan llamar herejes. Al mismo Jesús, en su etapa histórica, allá en la Galilea, inmediatamente de haber saciado con creces el hambre del pueblo y que agradecido quería nombrarlo rey, no le gustó la idea, y huyo haciendo mutis por el foro. (Jn 6,15).

2.- En el evangelio de la misa de hoy se ve muy claro qué clase de rey es nuestro Señor. Hecho una piltrafa, (no os enoje la expresión, proféticamente lo había anunciado el texto de Isaías 52,14. Decía del “Siervo de Yahvé”, que era tal su aspecto, que uno al verlo volvía el rostro, para no mirarlo, pues, tan desfigurado tenía el semblante, que no parecía hombre, ni su apariencia era humana). Perdonadme el largo paréntesis, lo he incluido para que os deis cuenta de su porte. Que visto así e inmovilizado, debilitado por la ausencia de sueño y de alimento, falto de libertad y de abogado defensor, tenga la osadía de proclamarse REY, es totalmente heroico y paradójico. Imagino que Pilatos se diría en sus adentros: si le oyera el reyezuelo Herodes que vaga estos días por aquí, se sentiría ofendido. A continuación, el gobernador pensaría que algo enigmático se ocultaba en aquel que le habían traído como reo de alta traición o lesa majestad. Él, la suprema autoridad romana del lugar, pueblo de leyes, debía indagar antes de continuar el proceso. Interroga y la respuesta de Jesús le desconcierta y le turba en su interior, no sabe como continuar. Para colmo, otro evangelista nos notifica que su esposa le ha enviado un recado que habla de sueños…

3.- Ahora bien, como hombre de poder que es, y a tantos de entonces y de ahora lo mismo les sucede, lo primordial es mantener el estatus conseguido, el poder del que goza, la imagen de hombre importante de la que nadie puede dudar. Obrar con justicia es cosa secundaria. Unos lo hacen por conseguir beneficios económicos y lucrarse de ellos cuando se les acabe el poder, él lo hace simplemente para afianzar su posición dominante. Un judío más o menos ¿qué importa? ¿a qué tanta vacilación? El hablar de este sujeto que le han traído las autoridades judías, para él simples peleles, ahora le suena a insolencia ¿Quién se ha creído que es este galileo? Pues que empiecen por azotarle y después lo crucifiquen, a él esto no le quitará el sueño. Expresa esta convicción, de la que en su interior no estaría tan convencido, con el gesto de lavarse las manos, signo visual que aquel pueblo y sus jefes, gente ignorante, entendería bien. Era decisión de un momento, la tortura y el ajusticiamiento era un proceder rápido y bastante frecuente. Lo que pudiera durar, le importaba un comino, los soldados conocían bien su oficio, sus obligaciones y derechos, allá ellos. Además, su estancia en aquella capital, que comparada con la Roma Imperial era pura aldea, iba a durar pocos días. En su fortaleza-palacio de Cesarea, se vivía más tranquilo. Ya estaba harto de los ritos pascuales, que se hacían circunstancias estimulantes de molestas rebeliones y él debía sofocar si ocurrían. ¡Venga, que lo quiten de delante enseguida y se lo lleven!

4.- Una pregunta es lógico que nos hagamos, sin poder darle segura respuesta: ¿En qué lengua se expresaron ambos interlocutores? El Maestro, sin duda, sabía hebreo, por algo le llamaban y era Rabí, pero Pilatos, no. Un oficial venido de la Ciudad, simple funcionario público, que en cualquier momento podía ser destinado a otro rincón del Imperio, no se rebajaría a estudiar hebreo, la lengua clásica de aquel pueblo que tenía la obligación de mantener férreamente sometido. Del arameo, la materna de Jesús, tendría seguramente algún conocimiento. En aquella época se hablaba por muchos territorios. Pero no era la propia del romano que en aquel momento presidía el juicio. Del latín es mejor no plantearlo. No era lenguaje único, se hablaría entre la tropa de baja graduación y en diferentes variantes. Queda el griego, el idioma oficial en el que el jefe del ejército ocupante debía expresarse. El Señor, seguramente, lo habría aprendido en Séforis. Que lo conociera, lo insinúan algunos pasajes evangélicos. Pero no era su lengua vernácula. Al diálogo, pues, le faltaría fluidez y sería una molestia más para el Divino Reo.

5.- Mis queridos jóvenes lectores, las frases finales de Jesús: “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”, no las debéis olvidar nunca. Deben ser vuestro lema, el programa de vuestra vida espiritual. Junto al Amor, son las dos asignaturas de las que nos examinarán en la Revalida final.