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33º DOMINGO ORDINARIO (B)

“El sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor”

Desde su género literario apocalíptico, extraño a nuestra sensibilidad, las palabras de Jesús nos ofrecen un mensaje útil a los hombres de hoy. Estas palabras describen una realidad: un mundo al revés, ni el sol ni la luna alumbran, se apagaron. No cumplen la misión para la que fueron creados. Como cuando una persona que pierde la razón, sue­le ser indicio de que se acerca su final. ¿Ocurre lo mismo en nues­tros días?

Según como se mire aparecen indicios como de locura en nuestra so­ci­edad pues desgraciadamente abundan las situaciones que pueden ca­li­ficarse de locura colectiva.

¿Dónde está a veces la justicia que equilibre los derechos de ciertas per­sonas? El amor es connatural al hombre, creado a imagen y se­mejanza de Dios, en cambio muchas veces su puesto está ocupado por la violencia, la avaricia, las guerras, el odio y otros enemigos de todo lo que se parezca al amor. La verdad es la base de todo plan­teamiento serio, en cambio la mentira pretende muchas veces ocupar su puesto corrompiendo vidas, proyectos y situaciones. O sea, pode­mos decir que parece que la historia avanza contra natura. Algo así vie­ne a describirse con las palabras apocalípticas: “El sol se hará tinie­blas, la luna no dará su resplandor”.

Jesús nos sigue diciendo:”Verán venir al Hijo del Hombre…enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos”. En medio del caos de la his­toria aparece un Salvador. El evangelista tiene claro que este Hijo del hom­bre es Jesús. Su persona, su evangelio y su Espíritu crean y ali­mentan el amor en nuestros corazones. Somos el fermento de un mundo nuevo.

Si se oscureció el sol, Jesús nos dice: ”Yo soy la luz del mundo, quien me siga no caminará en tinieblas, antes tendrá la luz de la vida”. Juan 8, 12. Ante la injusticia reinante: Si vuestra justicia no supera a la de los letrados y fariseos, no entraréis en el Reino de Dios”. Mateo 5, 20. “El amor de Dios se infunde en nuestro corazón por el don del Es­píritu Santo”. Romanos 5,5. Es verdad que la mentira está en la ba­se de muchas decisiones y en muchos corazones, pero Jesús dijo a Pi­lato: “Para eso he venido al mundo, para atestiguar la verdad”. Juan 18, 37. Y a Tomás en la Última Cena dijo: ”Yo soy el camino, la ver­dad y la vida”. Juan 14, 6.

El poder del dinero, usado diabólicamente, esclaviza el mundo, siem­bra el caos, la injusticia, el dolor y la muerte. Pero al mismo tiempo Jesús como Salvador del mundo, está animando comunidades pobres y humildes, que ofrecen una alternativa valiente y solidaria, para salvación de los que acepten la Buena Noticia del Señor Resucitado.

El Espíritu Santo fortalece la esperanza de los creyentes, nos anima a la conversión a Jesús y nos da creatividad en estos tiempos nuevos. En ellos la gracia de Dios también abunda a favor de los que le buscan.

“El día y la hora nadie lo sabe”, añadió Jesús, pero tenemos la cer­teza y la experiencia de que ya ha comenzado a llegar y está provo­cando la conversión nuestra y la de muchos.

Al final de este evangelio, teniendo experiencia e información de los tiem­pos en que vivimos, afirmamos con seguridad que nuestra espe­ranza está firme, confirmada por el amor de Dios al mundo que Jesús nos muestra; un amor que los creyentes y los amigos de Jesús lleva­mos en el corazón. Con san Pablo podemos repetir: “Nos aprietan por to­dos lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no deses­perados; acosados, pero no abandonados; nos derriban pero no nos re­ma­tan”…”Todo lo puedo con el que me da fuerzas”. 2 Corintios 4, 8-10; Filipenses 4, 13.

 Llorenç Tous

 

 

 

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

NADIE SABE EL DÍA

El mejor conocimiento del lenguaje apocalíptico, construido de imágenes y recursos simbólicos para hablar del fin del mundo, nos permite hoy escuchar el mensaje esperanzador de Jesús, sin caer en la tentación de sembrar angustia y terror en las conciencias.

Un día la historia apasionante del ser humano sobre la tierra llegará a su final. Esta es la convicción firme de Jesús. Esta es también la previsión de la ciencia actual. El mundo no es eterno. Esta vida terminará. ¿Qué va a ser de nuestras luchas y trabajos, de nuestros esfuerzos y aspiraciones.

Jesús habla con sobriedad. No quiere alimentar ninguna curiosidad morbosa. Corta de raíz cualquier intento de especular con cálculos, fechas o plazos. "Nadie sabe el día o la hora..., sólo el Padre". Nada de psicosis ante el final. El mundo está en buenas manos. No caminamos hacia el caos. Podemos confiar en Dios, nuestro Creador y Padre.

Desde esta confianza total, Jesús expone su esperanza: la creación actual terminará, pero será para dejar paso a una nueva creación, que tendrá por centro a Cristo resucitado. ¿Es posible creer algo tan grandioso? ¿Podemos hablar así antes de que nada haya ocurrido?

Jesús recurre a imágenes que todos pueden entender. Un día el sol y la luna que hoy iluminan la tierra y hacen posible la vida, se apagarán. El mundo quedará a oscuras. ¿Se apagará también la historia de la Humanidad? ¿Terminarán así nuestras esperanzas?

Según la versión de Marcos, en medio de esa noche se podrá ver al "Hijo del Hombre", es decir, a Cristo resucitado que vendrá "con gran poder y gloria". Su luz salvadora lo iluminará todo. Él será el centro de un mundo nuevo, el principio de una humanidad renovada para siempre.

Jesús sabe que no es fácil creer en sus palabras. ¿Cómo puede probar que las cosas sucederán así? Con una sencillez sorprendente, invita a vivir esta vida como una primavera. Todos conocen la experiencia: la vida que parecía muerta durante el invierno comienza a despertar; en las ramas de la higuera brotan de nuevo pequeñas hojas. Todos saben que el verano está cerca.

Esta vida que ahora conocemos es como la primavera. Todavía no es posible cosechar. No podemos obtener logros definitivos. Pero hay pequeños signos de que la vida está en gestación. Nuestros esfuerzos por un mundo mejor no se perderán. Nadie sabe el día, pero Jesús vendrá. Con su venida se desvelará el misterio último de la realidad que los creyentes llamamos Dios.

 

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

CONVICCIONES CRISTIANAS

Poco a poco iban muriendo los discípulos que habían conocido a Jesús. Los que quedaban, creían en él sin haberlo visto. Celebraban su presencia invisible en las eucaristías, pero ¿cuándo verían su rostro lleno de vida? ¿cuándo se cumpliría su deseo de encontrarse con él para siempre?

Seguían recordando con amor y con fe las palabras de Jesús. Eran su alimento en aquellos tiempos difíciles de persecución. Pero, ¿cuándo podrían comprobar la verdad que encerraban? ¿No se irían olvidando poco a poco? Pasaban los años y no llegaba el Día Final tan esperado, ¿qué podían pensar?

El discurso apocalíptico que encontramos en Marcos quiere ofrecer algunas convicciones que han de alimentar su esperanza. No lo hemos de entender en sentido literal, sino tratando de descubrir la fe contenida en esas imágenes y símbolos que hoy nos resultan tan extraños.

Primera convicción. La historia apasionante de la Humanidad llegará un día a su fin. El «sol» que señala la sucesión de los años se apagará. La «luna» que marca el ritmo de los meses ya no brillará. No habrá días y noches, no habrá tiempo. Además, «las estrellas caerán del cielo», la distancia entre el cielo y la tierra se borrará, ya no habrá espacio. Esta vida no es para siempre. Un día llegará la Vida definitiva, sin espacio ni tiempo. Viviremos en el Misterio de Dios.

Segunda convicción. Jesús volverá y sus seguidores podrán ver por fin su rostro deseado: «verán venir al Hijo del Hombre». El sol, la luna y los astros se apagarán, pero el mundo no se quedará sin luz. Será Jesús quien lo iluminará para siempre poniendo verdad, justicia y paz en la historia humana tan esclava hoy de abusos, injusticias y mentiras.

Tercera convicción. Jesús traerá consigo la salvación de Dios. Llega con el poder grande y salvador del Padre. No se presenta con aspecto amenazador. El evangelista evita hablar aquí de juicios y condenas. Jesús viene a «reunir a sus elegidos», los que esperan con fe su salvación.

Cuarta convicción. Las palabras de Jesús «no pasarán». No perderán su fuerza salvadora. Han de de seguir alimentando la esperanza de sus seguidores y el aliento de los pobres. No caminamos hacia la nada y el vacío. Nos espera el abrazo con Dios.

 

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

AL FINAL VENDRÁ

Verán venir al Hijo del Hombre.

No se les hacía fácil a los primeros cristianos perseverar fieles a Jesús: ¿Cuándo llegaría a implantarse el reino de Dios?, ¿cuándo dejarían de sufrir los pobres y desgraciados?, ¿no iban a terminar nunca los abusos e injusticias de los poderosos?

Al final de su escrito, Marcos quiso ofrecer a sus lectores la visión del «Final». Quería infundirles luz y esperanza. Recogió dichos auténticos de Jesús, acudió también a escritos de carácter apocalíptico y les recordó el último secreto que encierra la vida: al final, Jesús, el «hombre nuevo» dirá la última palabra.

La escena es grandiosa. El sol «se hará tinieblas», ya no pondrá luz y calor en el mundo. La luna «no dará su resplandor», se apagará para siempre. Las estrellas «se irán cayendo del cielo» una detrás de otra. Las fuerzas de los cielos «temblarán». Este mundo que parece tan seguro, estable y eterno, se hundirá.

En medio de esa oscuridad total, hará su aparición Jesús, el «Hijo del Hombre», el «hombre nuevo», el verdaderamente humano. Todos le verán venir con «gran poder y esplendor». Ya no habrá otros poderes ni imperios. Nadie le hará sombra. Él lo iluminará todo poniendo verdad y justicia.

No hay propiamente juicio. Basta «verle venir». Es el «Hombre nuevo». Todo queda confrontado con él. Entonces aparecerá lo que es realmente una vida humana. Se verá dónde está la verdad y dónde la mentira. Quiénes han actuado con justicia y quiénes han sido injustos e inhumanos.

Entonces se desvelará la realidad. Las cosas quedarán en su verdadero lugar. Se verá el valor último del amor. Se hará justicia a todas las víctimas inocentes: los muertos por desnutrición, los esclavos, los torturados, las maltratadas por el varón, los excluidos de la vida, los ignorados por todos.

Como dice otro texto cristiano: Dios «creará unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habitará la justicia». Entonces se verá que la manera más humana de vivir es trabajar por un mundo más humano. Esta vida, a veces tan cruel e injusta, pasará. Las «palabras» de Jesús no.

 

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

AL FINAL, DIOS

El cielo y la tierra pasarán.

El fin del mundo no es un mito desfasado, sino un horizonte que sigue fascinando o estremeciendo al hombre de hoy. Basta pensar en tantas películas que reflejan la inseguridad última de la especie humana (El coloso en llamas, La Profecía, Apocalypse Now) o asomarse a las pesadillas apocalípticas de Günter Grass sobre el final de la Humanidad cuyo mundo sería heredado por las ratas (La ratesa).

Más desconcertante resulta recordar los «suicidios en masa» que se han repetido estos últimos años entre miembros de diferentes sectas: 912 en Guayana (1978), 78 en Tejas y 52 en Vietnam (1993), 53 en Canada y Suiza (1994), 39 en California (1997). El motivo que los impulsó a tan trágica decisión siempre parece el mismo: liberarse de este mundo próximo ya a ser destruido, para ser trasladados a un mundo mejor.

En el fondo, siguen vivas las visiones apocalípticas de origen judío sobre el final de la historia como una catástrofe cósmica en la que el mundo es destruido por un gran incendio mientras los astros se apagan y las estrellas se derrumban, aunque hayan sido sustituidas en parte por los temores modernos a una conflagración mundial o a un desastre ecológico universal.

Todas estas fantasías son muy apocalípticas pero no son cristianas. Lo cristiano no es la destrucción y el final de la vida, sino la creación nueva del universo y el comienzo de la verdadera vida. Lo propio de la esperanza cristiana no es la destrucción, sino la nueva creación, no la aniquilación de la vida, sino el nuevo comienzo de Dios. Esta es la afirmación central del libro cristiano del Apocalipsis: «He aquí que hago nuevas todas las cosas» (Ap 21, 5).

Al final, está Dios. No cualquier Dios, sino el Dios revelado en Jesucristo. Un Dios que quiere la vida, la dignidad y la dicha plena del ser humano. Todo queda en sus manos. Él tiene la última palabra. Un día cesarán los llantos y el terror, y reinará la paz y el amor. Dios creará «unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habitará la justicia» (2 Pe 3, 13). Esta es la firme esperanza del cristiano enraizada en la promesa de Cristo: «El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán» (Mc 13, 31).

 

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

¿QUÉ FUTURO NOS ESPERA?

El cielo y la tierra pasarán.

El hombre moderno no espera ya el fin del mundo a breve plazo, y difícilmente se lo imagina a la manera de una catástrofe cósmica, como en los relatos clásicos de la apocalíptica judía. Pero el hombre contemporáneo como el de todas las épocas, sabe que en el fondo de su corazón está latente siempre la pregunta más seria y difícil de responder: « ¿Qué va a ser de nosotros?»

Cualquiera que sea nuestra ideología, nuestra fe o nuestra postura ante la vida, el verdadero problema al que estamos enfrentados todos es nuestro futuro. ¿En qué van a terminar los esfuerzos, las luchas y las aspiraciones de tantas generaciones de hombres? ¿Cuál es el final que le espera a la historia dolorosa pero apasionante de la humanidad?

Evidentemente, se puede responder que la vida del hombre es un breve paréntesis entre dos nadas. Pero, entonces, no es honrado escamotear rápidamente la turbación que surge en lo íntimo de nuestro ser: «Si lo único que espera a cada hombre y, por lo tanto, a todos los hombres es la nada, ¿qué sentido último pueden tener todas nuestras luchas, esfuerzos y trabajos?»

Sin duda, muchos pensarán que aún así, la vida no es «una pasión inútil», sino que se justifica suficientemente como lucha por lograr un futuro mejor para las siguientes generaciones. Esa es la fe oculta del hombre moderno que piensa que el progreso científico o la renovación total de la estructura económica y política de la sociedad llevarán un día a los hombres a una satisfacción suficiente de sus aspiraciones.

Un día el hombre «aprenderá» a morirse sin tristeza porque habrá disfrutado de una sociedad suficientemente feliz y gratificante. Pero, ¿no será entonces precisamente cuando la muerte adquiera un tono más trágico que ahora? Cuando se haya alcanzado un nivel tan alto de bienestar, de justicia, de solidaridad social, de disfrute de la vida, ¿no será más duro todavía tener que morirse?

Es aquí donde hay que situar el reto y la promesa de resurrección del mensaje cristiano; es una opción libre de fe, pero no es absurda ni irracional la postura del creyente que lucha y se esfuerza en la renovación y mejora de la sociedad humana, pero lo hace animado por la esperanza de una resurrección final.

 

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

UNA PALABRA DIFERENTE

Mis palabras no pasarán.

Son muchos los que nunca han tomado en sus manos los evangelios. Acostumbrados a escuchar en la iglesia algunos pasajes, no se les pasa por la cabeza que también ellos podrían leer personalmente las palabras de Jesús y conocer su actuación. Quedan así privados de una de las experiencias más importantes para alimentar su fe. ¿Es difícil leer el evangelio? ¿Se necesita alguna preparación especial? 

Lo importante es abrir los evangelios convencido de que Jesús tiene algo que decir a mi vida. Sus palabras pueden dar un sentido nuevo a todo. Ese evangelio leído y releído con fe puede transformar mi estilo de vivir. Ahí encontraré luz y fuerza para enfrentarme a la vida de manera más humana.

Hay muchas formas de leer el evangelio. Algunos lo hacen para defender mejor sus propias posiciones y atacar con más contundencia a sus adversarios. Otros buscan normas seguras para saber a qué atenerse. Solo acierta el que busca encontrarse sinceramente con la persona de Cristo. Es Él quien puede transformar nuestra vida.

Esta postura de búsqueda es esencial. Quien lo sabe ya todo y todo lo tiene claro, nunca aprenderá del Maestro de Nazaret; los que se sienten propietarios satisfechos de su fe permanecen por lo general impermeables a su palabra. El evangelio es para quienes andan buscando. Estoy convencido de que solo lo descubren los que se sienten mal, los que se saben pecadores, los que necesitan luz, los que buscan a Dios.

El evangelio hay que leerlo sin prisas, dedicándole tiempo. El encuentro con una persona no se produce mirando al reloj. Se necesita calma y sosiego. No hemos de tener prisa alguna por acabar un pasaje. No se trata de leer un libro para ver lo que dice, sino de escuchar a una persona que puede iluminar mi existencia con luz nueva.

Hay muchos métodos para iniciarse en la lectura de los evangelios. El más sencillo y práctico es leer despacio un relato observando qué dice y qué hace Jesús. Sus palabras y su actuación me irán descubriendo cuál es la manera más acertada de vivir ante Dios y ante los demás. Conviene detenerse en cada momento para hacerse preguntas como éstas: ¿Qué me enseña Jesús con esto? ¿Cómo he de entender ahora mi vida? ¿A qué le tengo que dar importancia? En adelante, ¿dónde encontraré fuerzas para vivir?

Me encuentro con frecuencia con personas decepcionadas por ciertas actuaciones de la Iglesia. Cristianos que buscan sinceramente más verdad. Gentes necesitadas de comprensión y de esperanza. Todos ellos se encontrarían en el evangelio con Alguien diferente. Podrían comprobar por experiencia lo que un día proclamó el mismo Jesús: «El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán.»

 

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

CALLEJON

Mis palabras no pasarán.

Al hombre contemporáneo no le atemorizan ya los discursos apocalípticos sobre “el fin del mundo”. Tampoco se detiene a escuchar el mensaje esperanzador de Jesús que, empleando ese mismo lenguaje, anuncia sin embargo el alumbramiento de un mundo nuevo. Lo que le preocupa es la “crisis ecológica”.

No se trata sólo de una crisis del entorno natural del hombre. Es una crisis del hombre mismo. Una crisis global de la vida en este planeta. Crisis mortal no sólo para el hombre, sino para los demás seres animados que la vienen padeciendo desde hace tiempo.

Los hombres comienzan a darse cuenta de que se han metido a sí mismos en un callejón sin salida, arrastrando consigo a todo el planeta y poniendo en crisis todo el sistema de la vida en el mundo. Hoy “progreso” no es una palabra de esperanza como lo fue el siglo pasado, pues se teme cada vez más que el progreso termine sirviendo no ya a la vida sino a la muerte.

La humanidad comienza a tener el presentimiento de que no puede ser acertado un camino que nos conduce a una crisis global, desde la extinción de los bosques hasta la propagación de las neurosis, desde la polución de las aguas hasta el “vacío existencial” de tantos habitantes de las ciudades masificadas.

Para detener el “desastre” es urgente cambiar de rumbo. No basta sustituir las tecnologías “sucias” por otras más “limpias” o la industrialización “salvaje” por otra más “civilizada”. Son necesarios cambios profundos en los intereses que hoy dirigen el desarrollo y el progreso de las tecnologías.

Y aquí comienza el drama del hombre moderno. Las sociedades no se muestran capaces de introducir cambios fundamentales en su sistema de valores y de sentido. Los intereses económicos inmediatos son más fuertes que cualquier otro planteamiento. Es mejor desdramatizar la crisis, descalificar a “los cuatro ecologistas exaltados” y favorecer la indiferencia.

¿No ha llegado el momento de plantearse las grandes cuestiones que nos permitan recuperar el “sentido global” de la existencia humana sobre la Tierra, y de aprender a vivir una relación más pacífica entre los hombres y con la creación entera?

Qué es el Mundo?  ¿Un “bien sin dueño” que los hombres podemos explotar de manera despiadada y sin miramiento alguno o la casa (oikos) que el Creador nos regala para hacerla cada día más habitable? ¿Qué es el Cosmos? ¿Un material bruto que podemos manipular a nuestro antojo o la creación de un Dios que mediante su Espíritu lo vivifica todo, y conduce “los cielos y la tierra” hacia su consumación definitiva? ¿Qué es el hombre? ¿Un ser perdido en el cosmos, luchando desesperadamente contra la naturaleza pero destinado a extinguirse sin remedio, o un ser llamado por Dios a vivir en paz con la creación, colaborando en la orientación inteligente de la vida hacia su plenitud en el Creador?

 

ENRRIQUE MARTÍNEZ LOZANO

APOCALIPSIS: EL FONDO DE LO REAL ES FIABLE

         El capítulo 13 del evangelio de Marcos contiene un breve apocalipsis, un relato escrito en un género literario (apocalíptico), que prácticamente desapareció a partir del siglo II de nuestra era.

         Debido a las imágenes que dicho género utiliza, habitualmente se le ha atribuido al término “apocalipsis” un significado de “catástrofe” o “destrucción”. La realidad, sin embargo, es diferente.

         Etimológicamente, apo-kalypsis significa “destapar lo escondido” y, por extensión, “descorrer el velo”, es decir, re-velación. (A la misma raíz pertenece la palabra “eucalipto”, cuyo significado etimológico es: “bien (eu) escondido”, haciendo referencia seguramente al hecho de que tiene perfectamente escondidas sus minúsculas semillas).

         Siempre dentro de la sabiduría de las etimologías, es fácil apreciar que el término “apocalipsis” se halla emparentado con el de “aletheia” (= “sin velo”), que puede traducirse por “verdad”, entendida como aquello que es y que percibimos en la medida en que logramos retirar el “velo” que nos impide reconocerla. En este sentido, Verdad es equivalente a Realidad.

         Así pues, etimológicamente, apocalipsis equivale a verdad. Y, en consecuencia, el escrito apocalíptico pretende “descorrer el velo” que nos impide reconocer las cosas como son, es decir, revelarnos lo que se halla por debajo de la superficie, en un nivel más profundo. En cierto sentido, es como si el autor nos dijera: “las cosas no son lo que parecen”. Esto queda patente, de un modo particular, en el Apocalipsis de Juan y en su intención de ofrecer una lectura profunda de la historia de persecuciones padecidas por las primeras comunidades.

         El texto del capítulo 13 de Marcos pertenece, pues, a este género apocalíptico. En él se nos revela, a través de signos habituales (movimientos celestes y terrestres, tribulaciones…), que este orden de cosas (el “mundo”) va a ser renovado en profundidad. Y que eso se producirá con la próxima llegada del Hijo del hombre.

         La imagen del “Hijo del hombre”, tomada del libro de Daniel, fue aplicada muy pronto a la persona de Jesús por los primeros discípulos, que esperaban un rápido retorno en gloria de su Maestro (“no pasará esta generación antes que todo se cumpla”). No sabemos si Jesús compartió o no la idea de un inminente final del mundo, pero entre sus discípulos se convirtió en una esperanza intensa, al menos durante las dos primeras generaciones.

         Pero, más allá de expectativas típicas de la efervescencia de los grupos religiosos en algún momento de su historia –aunque se aclara que “el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre”-, lo que el texto parece rescatar es la contundente confianza a la que convoca la afirmación de Jesús: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. 

         En ese sentido, el apocalipsis es ciertamente revelación: viene a decirnos que, más allá de lo que pueda ocurrir en la superficie de la historia, hay una Realidad estable que nos sostiene y que podemos experimentar como “roca firme” en la que hacer pie, de un modo directo y evidente.

         El texto lo identifica como “mis palabras”, refiriéndose a Jesús. Pero, indudablemente, se trata de algo infinitamente más “amplio”, que puede experimentar también quien no “conozca” las palabras de Jesús. Lo que ocurre es que el maestro de Nazaret ha puesto palabras a esa Realidad última que nos constituye, la ha vivido y la ha contagiado. Por eso, los discípulos, a la hora de referirse a Ella, la identifican con el mensaje de Jesús.

         Desde un estadio mítico de consciencia, esas afirmaciones han servido de pretexto para posturas excluyentes y enfrentadas. Desde una perspectiva no-dual, todo se hace integrado e inclusivo: se trata siempre de la misma y única Realidad primera, nombrada de mil maneras, y que los cristianos reconocemos que se expresó en Jesús de un modo admirable. Pero que, al mismo tiempo, se expresa en todo ser humano y en todo lo real: el Fondo último es uno y el mismo en todos.  

         Ese Fondo (Jesús lo llamó Abba: Padre, aunque se reconocía sin distancia ni separación con él: “el Padre y yo somos uno”) es lo que “no pasará”. Pero no se trata de algo “separado” a lo que debamos “recurrir” para sostener nuestra precaria condición, sino que constituye nuestra verdadera identidad, que percibimos cuando vamos soltando las identificaciones (con el cuerpo, la mente, las circunstancias…, el yo) que habíamos establecido.

 

SERVICIO BÍBLICO LATINOAMERICANO

Cercanos ya al final del año litúrgico, la liturgia de hoy nos presenta a través de la lectura del Antiguo Testamento y del evangelio, textos relativos al final de los tiempos. En efecto, el pasaje de Daniel anuncia la intervención de Dios a favor de sus fieles a través de Miguel, el ángel encargado de proteger a su pueblo. Estas palabras de Daniel hay que enmarcarlas en el marco amplio de todo el libro cuyo género y estilo corresponden a la corriente apocalíptica bastante popularizada a finales del período veterotestamentario. Todo el libro de Daniel es un llamado a la esperanza, característica principal de toda la literatura apocalíptica. No se trata tanto de una revelación especial de lo que sucederá al final de los tiempos, cuanto la utilización de imágenes que invitan a mantener viva la esperanza, a no sucumbir ante la idea de una dominación absoluta de un determinado imperio. El texto que leemos hoy es subversivo para la época, pues invita al rechazo del señorío absoluto de los opresores griegos de aquel entonces que a punta de violencia se hacían ver como dueños absolutos de las personas, del tiempo y de la historia.

Por su parte el evangelio nos presenta una mínima parte del «discurso escatológico» según san Marcos. Un poco antes de comenzar la narración de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, los tres sinópticos nos presentan palabras de Jesús cargadas de sabor escatológico.

El pasaje de hoy hay que leerlo a la luz de todo el capítulo 13. Es más, conviene que en casa o en el grupo lo leamos completo y, de ser posible, leamos también el discurso escatológico de Mateo y de Lucas, eso nos ayudará a ver mucho mejor las semejanzas y las diferencias entre los tres y, por otro lado, nos facilitará una mejor comprensión del sentido y finalidad que cada uno quiso darle a esta sección.

Tengamos en cuenta que en ningún momento hablan los evangelistas del «fin del mundo», en sentido estricto, esa es una interpretación equivocada que no ha traído los mejores resultados ni a la fe del creyente ni a su compromiso con el prójimo y con la historia. No es éste, con palabras sacadas de aquí y de allá, el «fundamento» bíblico o teológico de las «postrimerías» del hombre que nos enseñaba el «catecismo del padre Astete», o de los «novísimos» que nos enseñaban en teología... O, por lo menos, no se debe reducir a eso.

Jesús no predica el fin del mundo, ése no era su interés. Las imágenes de una conmoción cósmica descrita como estrellas que caen, sol y luna que se oscurecen, etc., son una forma veterotestamentaria de describir la caída de algún rey o de una nación opresora. Para los antiguos, el sol y la luna eran representaciones de divinidades paganas (cf. Dt 4,19-20; Jr 8,2; Ez 8,16), mientras que los demás astros y lo que ellos llamaban «potencias del cielo», representaban a los jefes que se sentían hijos de esas divinidades y en su nombre oprimían a los pueblos, sintiéndose ellos también como seres divinos (Is 14,12-14; 24,21; Dn 8,10). Pues bien, en línea con al Primer Testamento, Jesús describe no tanto la caída de un imperio o cosa por el estilo, para él lo más importante es anunciar los efectos liberadores de su evangelio; y es que el evangelio de Jesús debe propiciar en efecto el resquebrajamiento de todos los sistemas injustos que de uno u otro modo se van erigiendo como astros en el firmamento humano.

Jesús es consciente y sabe que la única forma de rescatar, redireccionar el rumbo de la historia por los horizontes queridos por el Padre y su justicia, es haciendo caer los sistemas que a lo largo de la historia intentan suplantar el proyecto de la justicia querido por Dios, con un proyecto propio, disfrazado de vida pero que en realidad es de muerte. Esta tarea la debe realizar el discípulo, el que ha aceptado a Jesús y su proyecto. Recordemos la intencionalidad teológica y catequética de Marcos: a Jesús, el Mesías (cuyo «secreto» se mantiene a lo largo de todo el evangelio) sólo se le puede conocer siguiéndolo; y bien, el seguimiento implica no sólo ir detrás de él, implica además, tomar el lugar de él, asumir su propuesta como propia y luchar hasta el final por su realización.

Discípulas y discípulos están entonces comprometidos en ese final de los sistemas injustos cuya desaparición causa no miedo, sino alegría, aquella alegría que sienten los oprimidos cuando son liberados. Esa debiera de ser nuestra preocupación constante y el punto para discernir si en efecto nuestras tareas de evangelización y nuestro compromiso con la transformación de lo injusto en relaciones de justicia está causando de veras ese efecto que debe tener el evangelio o si simplemente estamos ahí a merced de las corrientes del momento esperando quizás que se cumpla lo que no ni siquiera pasó por la mente de Jesús.

 

EL EGOÍSMO Y VANIDAD DE LOS ESCRIBAS POR UN LADO; LA GENEROSIDAD DE LAS DOS VIUDAS POBRES, POR OTRO

Por Gabriel González del Estal

1.- Esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Los escribas del tiempo de Jesús, tal como hoy nos dice este texto evangélico, según san Marcos, ponían la religión al servicio de sus intereses personales: devoraban los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. La religión y los largos rezos les servían a ellos para ocupar los primeros puestos en los banquetes, ser reverenciados en lugares públicos, ocupar los asientos de honor en la iglesia, quiero decir, en las sinagogas. ¿No percibe mucha gente así, hoy, a muchos de los altos dignatarios de nuestra querida Iglesia católica? No pienso, ni digo, que esto sea así en muchos casos, pero sí creo que mucha gente fiel y sencilla ve de esta manera a algunos de nuestros altos dignatarios eclesiásticos, cuando actúan en público. Y esto es muy grave, porque si mucha gente lo ve así, es que la actuación pública de muchos altos cargos de nuestra Iglesia se presta a esta interpretación. Un poco menos de ostentación en ropajes, gestos públicos y parafernalia adyacente, significarían mejor la necesaria imagen de pobreza y sencillez que debe adornar siempre a los servidores de Jesús, pobre y humilde. La viuda del evangelio, al contrario, da la imagen de una persona que lo único que pretende es ayudar al culto del templo, desde el anonimato y la generosidad extrema. No busca recompensa alguna en el ejercicio de su religiosidad, sino ser grata a Dios y contribuir, desde su pequeñez, a que el culto a Dios se pueda hacer con dignidad. Poner la religión, como hacían los escribas, al servicio de intereses personales, económicos o políticos, es un grave pecado de simonía; ponernos nosotros, al estilo de la viuda, al servicio de la religión, con humildad y sencillez, es algo espiritualmente benéfico para nosotros mismos y para la misma religión.

2.- El profeta Elías se puso en camino hacia Sarepta y, al llegar a la puerta de la ciudad, encontró allí una viuda que recogía leña. También esta viuda de la que se nos habla en el libro de los Reyes fue heroica en su generosidad, como la viuda del evangelio, fiándose enteramente de la promesa del Dios de Israel, tal como le prometía el profeta Elías. Se fio de Dios, olvidándose de sí misma, y dio al profeta lo que ella necesitaba para sí misma y para su hijo. Yo no sé si lo que hizo esta pobre viuda fue confianza, o, más bien, fue temeridad, pero lo cierto es que lo que hizo esta pobre viuda lo hizo por ayudar al que ella veía como un auténtico hombre de Dios. Es decir, que si pecó de algo, pecó de amor al prójimo, hasta olvidarse de sí misma y de su hijo; Dios no podía dejar sin recompensa esta generosidad heroica. Quizá este ejemplo no está puesto aquí para que lo imitemos, pero sí para que lo admiremos y, admirándolo, nos sintamos animados a amar un poco más a nuestro prójimo. Pasarnos la vida preocupándonos obsesivamente de nuestra salud, sin capacidad para ver junto a nosotros a tantas personas que se mueren por falta de alimentos y medicinas, no deja de ser una muestra de nuestro egoísmo supino y anticristiano.

3.- Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos. Seguimos con el mismo tema, monotema, del que nos habla largamente el autor de esta carta a los Hebreos: Cristo es nuestro único y sumo sacerdote porque en la cruz se ofreció a sí mismo al Padre, como sacrificio de expiación y alabanza, por los pecados de todos nosotros. La vida y muerte de Cristo fue toda ella un sacrificio de expiación y alabanza agradable al Padre; cuando nosotros ofrecemos al Padre nuestra vida, unida a la vida de Cristo, el Padre aceptará también agradablemente nuestra vida y nos perdonará nuestros pecados. Porque lo que realmente nos salva es la vida de Cristo, no nuestros méritos personales.

 

LLAMADA A LA GENEROSIDAD

Por José María Martín OSA

1.- Dios premia la hospitalidad y la fe de una mujer extranjera. El profeta Elías anuncia una terrible sequía como castigo por los pecados de Israel, y su palabra se cumple. El rey Ajab, convencido de que la maldición de Elías alejaba la lluvia de los campos, en vez de apartarse de sus pecados, trata de liquidar al profeta. Pero Elías huye y se esconde en el desierto. Después, cuando se secó el torrente del que bebía, marcha a tierras fenicias y llega a la región de Sarepta, entre Tiro y Sidón. Encuentra una viuda que recogía leña y le pide ayuda, le suplica que entre en la ciudad y le traiga un jarro de agua y un trozo de pan. Sólo eso, agua y pan. Pero eso era todo lo que tenía la viuda para ella y su hijo. ¿Qué hacer? Elías hace una promesa en nombre de Dios, una promesa a cambio de lo que le pide y de todo lo que tiene la viuda. La mujer acepta, hace la apuesta y arriesga todo lo que tiene; cree en la palabra de Dios y recibe al profeta que la anuncia. Dios premia la hospitalidad de esta pobre viuda y manifiesta que es el único Dios que puede salvar precisamente en el país de donde había salido el paganismo que imperaba en Israel. Siglos más tarde, Jesús recordará con amor el gesto de esta mujer extranjera que fue preferida por Dios por encima de todas las viudas de Israel.

2.- El salmo 145 es una oración de alabanza y de llamada al compromiso solidario. Nos recuerda que no estamos abandonados a nosotros mismos; las vicisitudes de nuestra vida no se hallan bajo el dominio del caos; los acontecimientos no representan una mera sucesión de actos sin sentido ni meta. Él es quien hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos y liberta a los cautivos. Él es quien abre los ojos a los ciegos, quien endereza a los que ya se doblan, quien ama a los justos, quien guarda a los peregrinos, quien sustenta al huérfano y a la viuda. Él es quien trastorna el camino de los malvados y reina soberano sobre todos los seres y de edad en edad. Tenemos que ser agradecidos y corresponder a lo que Dios hace por nosotros, colaborando con El en favor de los más necesitados. Es necesario vivir en la adhesión a la voluntad divina, dar pan a los hambrientos, visitar a los presos, sostener y confortar a los enfermos, defender y acoger a los extranjeros, dedicarse a los pobres y a los miserables. En la práctica, es el mismo espíritu de las Bienaventuranzas; es optar por la propuesta de amor que nos salva desde esta vida y que más tarde será objeto de nuestro examen en el juicio final, con el que se concluirá la historia. Entonces seremos juzgados sobre la decisión de servir a Cristo en el hambriento, en el sediento, en el forastero, en el desnudo, en el enfermo y en el preso. "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis": esto es lo que dirá entonces el Señor.

 

3.- En encuentro con Dios en Jesucristo es el auténtico Templo. El ambiente en el que se desarrolla el episodio evangélico es el templo de Jerusalén, centro religioso del pueblo de Israel y corazón de toda su vida. El templo es el lugar del culto público y solemne, pero también de la peregrinación, de los ritos tradicionales y de las disputas rabínicas, como las que refiere el Evangelio entre Jesús y los rabinos de aquel tiempo, en las que, sin embargo, Jesús enseña con una autoridad singular, la del Hijo de Dios. Pronuncia juicios severos, como hemos escuchado, sobre los escribas, a causa de su hipocresía, pues mientras ostentan gran religiosidad, se aprovechan de la gente pobre imponiéndoles obligaciones que ellos mismos no observan. En suma, Jesús muestra su afecto por el templo como casa de oración, pero precisamente por eso quiere purificarlo de usos impropios, más aún, quiere revelar su significado más profundo: Jesucristo es el Templo nuevo y definitivo, el lugar en el que se encuentran Dios y el hombre.

4.- Se da a sí misma. En el centro de la liturgia de la Palabra de este domingo encontramos el personaje de la viuda pobre, o más bien, nos encontramos ante el gesto que realiza al echar en el tesoro del templo las últimas monedas que le quedan. Un gesto que, gracias a la mirada atenta de Jesús, se ha convertido en proverbial: "el óbolo de la viuda" es sinónimo de la generosidad de quien da sin reservas lo poco que posee. Subrayemos el comentario final que hace Jesús contraponiendo a los que dan su limosna con ostentación y ofreciendo únicamente lo que les sobra, con la ofrenda de la viuda que da todo lo que tenía para vivir. Esta humilde mujer se convierte así en el modelo ideal de la consagración al reino de Dios, sin reservarse nada. La viuda del Evangelio, al igual que la del Antiguo Testamento, lo da todo, se da a sí misma, y se pone en las manos de Dios, por el bien de los demás. Este es el significado perenne de la oferta de la viuda pobre, que Jesús exalta porque da más que los ricos, quienes ofrecen parte de lo que les sobra, mientras que ella da todo lo que tenía para vivir, y así se da a sí misma. Un buen mensaje y una llamada singular a nuestra generosidad en este tiempo de crisis donde muchas personas carecen de lo mínimo para vivir con dignidad.

HACERSE OFRENDA

Por Pedro Juan Díaz

1.- Hace un mes que comenzamos el Año de la Fe, un año especial para crecer en la fe, revisando también nuestras actitudes y comportamientos. Hoy me miro en este espejo que es el evangelio y me admiro de estas dos mujeres que nos presenta la Palabra de Dios, las dos viudas y pobres, que fueron capaces de darse a sí mismas en aquel pan que cocinó la viuda de Sarepta para el profeta Elías y en los dos reales que la viuda del evangelio echó en el arca de las ofrendas. Estas mujeres son de admirar, pero también nos cuestionan, cuestionan nuestra fe. Ambas dieron todo lo que tenían para vivir y, por lo tanto, en aquella ofrenda iban sus vidas al completo, sin reservas. Ambas se hicieron ofrenda y para eso hay que tener una confianza muy grande en Dios. Con su gesto nos muestran su gran fe en un Dios que siempre está y estará de parte de los más empobrecidos.

2.- La viuda de Sarepta prepara un pan con el último puñado de harina que le queda en el cántaro y las últimas gotas de aceite que tiene en la alcuza. De ese pan comen su hijo y ella, pero también Elías, el profeta, el hombre de Dios. Y se cumple la Palabra de Dios: “la orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra”. Llevaba muchos años sin llover sobre aquella tierra, el cielo “estaba cerrado”, cosa que aumentaba las situaciones precarias que vivían las gentes de Sarepta, acostumbradas a trabajar y a comer de los frutos de la tierra. Pero mientras se mantuviera esa situación de crisis, Dios no dejaría de la mano a los suyos. Quizá es algo que hoy deberíamos tener más presente.

 

3.- ¿Cómo hace esto Dios? A través de la generosidad y la entrega de gente como la viuda del Templo que, dando aquellos dos reales, se da por entero. Pero antes de ese gesto, vemos a Jesús criticando la actitud egoísta y avariciosa de los que se supone que son guías del pueblo, pero que desorientan más que otra cosa, porque solo buscan su vanagloria y se sirven de lo religioso para abusar de los pobres, en este caso, de las viudas, que son imagen real de pobreza y debilidad, ya que no tienen ni el sustento ni la protección del marido. Frente a eso, Jesús alaba la generosidad de una viuda que, aun pasando necesidad, echa en el arca de las ofrendas “todo lo que tenía para vivir”. ¡Qué fe más grande la de aquella mujer! Mientras que los demás damos de lo que nos sobra, hay personas que se dan por entero y ponen su vida en manos de Dios. Y Dios no defrauda, porque se pone siempre del lado de los más pobres.

4.- Jesús nos dará la gran lección haciendo ofrenda de sí mismo en la cruz. Por eso su sacrificio es único y eficaz, como dice la Carta a los Hebreos, y nos ha conseguido el perdón definitivo de nuestros pecados. “Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos”, dice la Carta a los Hebreos. En el fondo, lo que la fe nos pide no es que demos “algo”, sino que nos demos nosotros, que nuestro corazón sea capaz de darlo todo, de entregarse, de ofrecerse con Cristo. Así nuestras obras mostrarán una fe muy grande, como la de estas mujeres y como la de muchos otros que vemos no solo en la Biblia, sino también en la vida de cada día, entre nosotros. Ellos son testigos de la fe que nos animan y nos marcan el camino.

5.- Jesucristo es el verdadero testigo, el gran creyente, que puso en manos de Dios, su Padre, toda su existencia, su vida entera. Él dio su vida por nosotros, sin reservarse nada. Cada vez que celebramos la Eucaristía lo recordamos. En este Año de la Fe, hemos de procurar animar una Iglesia con cristianos convencidos de hacer una opción personal por seguir el estilo de vida de Jesús. Los necesita la Iglesia y los necesita la sociedad. Hemos de coger el evangelio y metérnoslo en el corazón para que guíe nuestras vidas. Seguro que las consecuencias son igual de buenas y esperanzadoras como lo fueron para la viuda de Sarepta y para la viuda del Templo.

Que la Eucaristía que estamos celebrando nos llene el corazón de esperanza y de confianza en Dios. Y que nuestra vida se vea animada e iluminada por lo que aquí celebramos y experimentamos al encontrarnos con Dios.

 

LA RADICALIDAD DE LA FE

Por José María Maruri, SJ

1.- Quién es esta pobre mujer, que viene a entregar a Dios todo lo que le queda. Viuda, sin la protección del marido, seguramente sin hijos que se ocupen de ella, que por eso pudo disponer de todo lo que la queda.

Aquella mañana una más de la larga hilera de días en suma pobreza sintió la necesidad de dar lo que la quedaba y envuelta en su velo va a ese templo en el que tantas horas ha pasado orando a Dios.

Y escondida entre la multitud, empujada a un lado, tal vez, por un donante más poderoso, llega al cepillo del templo, y como pidiendo al Señor perdón por la pequeñez de su donativo se retira de nuevo escondida en su velo, nadie la ha visto, como ella quería, sólo Dios.

Sí, nadie se ha fijado en ella sino es para esquivar su pobreza. Solo Dios, sólo el Señor Jesús no quiere dejar en el anonimato la generosidad de esos cinco céntimos ofrecidos a Dios de todo corazón. Y se va la mujer sintiendo en su corazón la cálida mirada del Señor. La pobre mujer va a su casa a pasar hambre, pero el corazón de Dios se va con ella, porque para Dios no hay anónimos, para Dios no somos nombres en una lista de donantes, somos cada uno hijos predilectos.

2.- Una vez más nos da el Señor la lección: que sus hijos preferidos no son los heroicos santos con que nos gozamos nosotros, son los santos desconocidos, los de cada día, de los que nadie sabe el nombre ni su alcurnia

Creo que hay dos grandes lecciones en este evangelio. Una en la que el Señor va a insistir más tarde y es que a Él no le gustan las trompetas, ni los escenarios en las calles… El que ora, ore en su casa a puerta cerrada. El que ayune que disimule el ayuno. El que da limosna que su derecha no sepa lo que hace su izquierda.

Que las cosas de Dios se hacen en silencio y en lo escondido, como el crecer de las flores del campo se hace sin testigos. Y de la noche a la mañana el campo es una alfombra de flores, como la semilla esa raíces y tallo y espigas son que los hombres se den cuenta.

El mismo Reino de Dios, teniendo todos los derechos para imponerse en el mundo entero, no lo hace con escudos y lanzas, con trompetas y megafonía, lo hace en el silencio del contagio de un trocito de levadura que fermenta todo, lo hace la pequeñez del grano de mostaza insignificante.

3.- Otra lección es la radicalidad… “Deja que los muertos entierre a sus muertos”, “Vende todo y dalo a los pobres”, “Si echas mano del arado y miras atrás no serás digno del Reino. Y en las lecturas de hoy hay radicalidad: la viuda de Sarepta que da el pan que iba camino de la boca de su hijo al profeta Elías; la viuda del evangelio que da todo lo que necesitaba para vivir; Jesús que se sacrifica una vez… da su vida por todos nosotros.

Y creo que nosotros hemos limado las aristas de esta radicalidad de la fe. Como una joya preciosa la hemos guardado en un joyero acolchado. La tenemos en un precioso florero como rosa a la que previamente hemos quitado las espinas. Posiblemente, no nos cuesta nada vivir nuestra fe… si es fe lo que vivimos.

 

OJALÁ SEAMOS CAPACES DE DARLO TODO

Por Antonio García-Moreno

1.- EN UNA DURA SEQUÍA.- Tiempos difíciles cuando la lluvia no acaba de llegar. Elías, el profeta de hierro, había gritado la maldición de Dios sobre el pueblo pecador. Los campos aparecían duros y secos; el ganado, escuálido. La pobreza había hecho su mansión en Israel; la miseria y el hambre rondaban por sus poblados tristes y polvorientos.

Elías se escondió en el torrente Querit, en la ribera oriental del Jordán. Allí había pasado algún tiempo. Pero también aquel torrente se secó. Y nuevamente el Señor dirige sus pasos: Vete a Sarepta de Sidón. Una pobre viuda que vive allí te alimentará... Unas palabras extrañas. En aquella región tampoco había llovido. Y de una pobre viuda poco se podía esperar. Pero Elías se marcha, obedece. Y cuando llega, la ve recogiendo leña. Le pide agua. Después, armándose de valor, le pide pan. Ella protesta, pero Elías insiste. La mujer obedece y el milagro se produce.

Tener fe, esperar contra toda esperanza. Aceptar los planes de Dios, por extraños que sean. Obedecer a la voluntad de Dios, aguardar serenos y confiados. El agua caerá a su tiempo y la tierra dará su fruto. Y lo que es más importante, en el corazón habrá brotado la esperanza, habrá brillado la fe, se habrá encendido el amor... Haznos comprender, Señor, que todo eso vale muchísimo más que tener todos los campos verdes y el ganado alimentado.

 

Aquella mujer responde enojada: “Ya ves que estoy recogiendo leña. Voy a hacer un pan para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos". Sus palabras están cargadas de tristeza. No hay otra solución. Se comerán lo poco que les queda y después, muy juntos, hijo y madre, esperarán la inexorable muerte. Pero Elías le dice: "No temas. Anda, prepáralo como has dicho; primero hazme a mí un panecillo y tráemelo; para ti y para tu hijo lo harás después". Ella se olvida por un momento del hambre, se dispone a entregar lo que Dios le pide por medio de su profeta. Y entonces "ni la orza de harina se vació ni la alcuza de aceite se agotó”.

Darlo todo, hasta quedarse sin nada. Dar lo más que podamos. Y mientras más entreguemos, mayor será la recompensa... Qué tontos somos, qué malos negociantes. No nos damos cuenta de que lo poco que entregamos se nos devuelve centuplicado, revalorizado con valor de eternidad. Ayúdanos, Señor, a darnos por completo, a darte, de un modo o de otro, cuanto tenemos... No creemos que tú seas muy poderoso, muy rico, muy dadivoso y magnánimo al corresponder, el ciento por uno y la vida eterna. No comprendemos que nadie te puede ganar en generosidad. Ten compasión de nuestra torpe y absurda tacañería. Y ayúdanos, te repito, a saber abrir generosamente nuestro corazón y nuestra cartera.

2.- LA GENEROSIDAD DE LOS POBRES.- Aquellos escribas hacían de su oficio un honor y no un servicio. Es cierto, y lo dice la Escritura, que quienes presiden y quienes enseñan a los demás merecen un doble honor. Pero ese honor y ese respeto ha de venir espontáneamente de quienes reciben la enseñanza, y nunca buscado ni exigido por quienes la imparten. Así, pues, a nuestros maestros y guías les debemos veneración y docilidad. Por el contrario, a quienes enseñamos -hay muchas maneras de ser maestro en la vida- les debemos nuestro tiempo y nuestros desvelos, un servicio desinteresado y generoso que sólo procure el bien de aquellos que el Señor, de un modo u otro, nos ha confiado.

Si no actuamos así, dice el Señor, recibiremos una sentencia más rigurosa. Es lógico que sea así. Si cumpliendo con el deber de enseñar a otros merecemos un premio especial, también será de especial el castigo si descuidamos tan grave obligación, como es la de mostrar el buen camino a los demás. Por eso hay que empeñarse con alma y vida en ser proyector de luces y no de sombras. Dar a manos llenas la buena doctrina y aprovechar todas las ocasiones y todos los recursos para difundir la Verdad.

Jesús con sus discípulos, como tantas otras veces, está sentado en los atrios del Templo. El Señor toma ocasión esta vez para impartir su enseñanza de un hecho que, quizá para muchos, pasó desapercibido. Entre aquellos que echaban grandes limosnas, casi oculta entre la muchedumbre, una pobre viuda echa también su humilde limosna, unos céntimos de euro diríamos hoy. Una insignificancia en fin, sobre todo en comparación con las grandes sumas que otros echaban.

Y, sin embargo, a los ojos de Jesús, o lo que es lo mismo a los ojos de Dios, aquella modesta limosna valía más que la de los otros. Estos echaban mucho al parecer, pero echaban de lo que les sobraba. En cambio, la pobre viuda daba cuanto tenía, que además, le era necesario para sobrevivir. Es un ejemplo de la generosidad de los pobres que a veces, ante la mirada divina, son mucho más ricos que los que tienen de sobra. Al fin y al cabo esa es la verdadera riqueza, la de la generosidad en el dar por amor de Dios. Bien dice el Señor que mejor es dar que recibir. Aparentemente resulta una paradoja, pero de cara a Dios así es. Quien da, movido por la caridad, recibe del Señor el ciento por uno y la vida eterna. Ojalá lo entendamos y lo practiquemos, ojalá seamos tan generosos como la pobre viuda, capaces de darlo todo.

 

 

DOS NOTAS DE UN COMPÁS: DIOS Y EL HOMBRE

Por Javier Leoz

Amar a Dios es relativamente fácil: es una realidad tan invisible, nos exige tan poco que –conquistarle a nuestra manera- (como dirían los jóvenes) ¡está chupado! Pero ¿le amamos como Él quiere? ¿Le cortejamos como El merece? ¿Le festejamos totalmente? ¿Le buscamos desde abajo y con los de abajo?

1.- Si, amigos; mirar hacia arriba, pensar en alto o en voz baja en Dios, no es muy comprometido a simple vista. Hacerlo, a través de la aduana de los hermanos; advirtiendo al que está en frente de mí como a un hermano (en el trabajo, en la vecindad, en la política, en la profesión, en el día a día) es todo un reto. Amar al prójimo, en muchísimos momentos, se convierte en todo una aventura; en una utopía. A veces, en algo insalvable y muy embarazoso que pone a prueba la autenticidad o falsedad de nuestra fe.

Pero, el Señor, nos advierte: el amor de Dios se filtra por el hombre y, el amor al hombre (el auténtico, que no conoce límites ni tregua, ni descansa –como diría San Pablo) tiene su origen y su fuente en Dios.

2.- Con el evangelio en la mano, la Palabra de Dios, nos invita a volcarnos con el de arriba y con el de abajo; a sonreír al guapo y al feo; a ayudar al que me cae bien y al que me cae mal; a perdonar al que está lejos y al que tengo cerca; a entregarme con el alegre y con el triste; con el pobre y con el rico…

-- ¡Escucha, hermano mío! Nos dice Jesús en el Evangelio de este día. Ya sé que eres sabedor de los Mandamientos de mi Padre; que intentas amarle (aunque a veces lo olvides); que respetas su nombre (aunque algunos lo maldigan y blasfemen); que miras al cielo (aunque andas demasiado pendiente de lo que ganas en la tierra).

-- ¡Escucha, hermano mío! Nos repite, Jesús: No arrincones ni el amor a Dios, ni tampoco el amor a los hombres. No te justifiques diciendo: ¡No puedo más! ¡Ya he cedido bastante! ¡Ya estoy canso de ser yo siempre quien perdone, quien se acerque, quien haga borrón y cuenta nueva, quien ponga la segunda mejilla!

--¡Escucha, hermano mío! Nos responde Jesús: yo también ofrecí la segunda mejilla; compartí la mesa con el que me traicionó y hasta me fie de quien, en las horas más amargas de mi vida, tres veces me negó. Pero los amé con locura. ¿Sabéis por qué? Porque eran hermanos míos. Hijos de un mismo Padre. Y, por mi Padre y porque sé que le agrada a mi Padre, los amé con la misma fuerza que os amo a vosotros.

Que esta eucaristía, con la escucha atenta del Evangelio, nos ayude a descubrir esas dos vías que –juntas y en paralelo- van derechas a la gloria que Dios nos tiene prometida: verle y contemplarle cara a cara por el amor que le tributamos en la tierra y porque, en el hermano, supimos honrarle, cuidarle y respetarle.

--¡Escucha, hermano mío! ¡No lo olvides! Que en el Año de la Fe no olvidemos ninguno de los dos caminos esenciales a nuestra fe: el amor a Dios y el amor al hombre

3.- HAZME VIVIR, SEÑOR, COMO TÚ DICES Y VIVES

Que haga, no aquello que el mundo espera, sino aquello que Tú deseas: para construir tu Reino siendo tu sal y tu luz Con tu fuerza, Señor, y en tu Palabra que viva con el fervor de tus discípulos con la sencillez de María o arropado con el testimonio de los mártires Pero, Señor, que no viva de espaldas a tu Verdad: que mi “sí” a tu voluntad, se manifieste en un compromiso sincero por un mundo mejor que mi “si” a tu Palabra sea luego imagen real de lo que pienso y realizo Que lejos de desafinar en mi existencia cristiana sepa armonizar mi idea, con mi práctica mis ilusiones, con mis realidades mis anhelos, con mis luchas diarias mi amistad contigo, con la fraternidad del día a día HAZME VIVIR, SEÑOR, COMO TÚ DICES Y VIVES Sin dividir mi estancia contigo, del servicio a los demás la oración que te contempla y te necesita del trabajo que me aguarda en la tierra que me espera Sin olvidar que, aun mirándote con mis ojos, o escuchándote con mis oídos me faltará por recorrer el camino del recio compromiso de la vida que se ofrece sin medida de los gestos de perdón o de confianza. HAZME VIVIR, SEÑOR, COMO TÚ DICES Y VIVES Desviviéndote, en tu intimidad con el Padre y deshaciéndote por la salvación de la humanidad Guiándote por la mano del Padre y dirigiendo con la tuya el camino del que te desea y busca Proclamando la bondad de Dios en un mundo egoísta y mostrando, con tus heridas y tu cruz, que tu vida no es solo palabra…no solo proyectos…que, tu vida, es hacer aquello que vives: ¡DIOS!

 

LA PARADOJA DE LA VIUDA POBRE

Por Ángel Gómez Escorial

1. - Llama la atención que Jesús no diga: "Esa pobre viuda no debería haber echado nada en el cepillo." Se refiere, sin embargo, al acto de suprema generosidad, que es entregar para el culto a Dios lo que era necesario y no superfluo. Los pobres, los desheredados, los marginados, los pecadores también deben ayudar a la Iglesia, igual que los ricos, los guapos, los triunfadores o los que se consideran justos y buenos. Igual, unos que otros, en cuanto al gesto de aportar y, obviamente, no igual respecto a la cantidad.

2. - A veces quienes reciben ayuda material de la Iglesia pueden negar a la Casa de Dios, en cualquier momento, su ayuda personal. Y eso no es justo. Incluso, si se quiere ver así, resulta discriminatorio para la Iglesia. Todos somos iguales ante la Madre Iglesia y todos debemos de atenderla y cuidarla. Si la Iglesia --todos los días-- reza por nosotros, hemos de hacerlo igualmente por ella y sus necesidades. Es verdad que todos somos Iglesia y por eso aparece esa igualdad que obliga a ricos y pobres. Jesús valoró la pequeña limosna de la viuda pobre, pero no aconsejó que no diera su moneda de dos reales. Es una enseñanza para meditar y entender que todos somos iguales en el Templo. A veces, pues, no solo hay que "obligar" a los ricos a esa igualdad, a los pobres también.

 

¿GENEROSIDAD IMPRUDENTE, ARRIESGADA, O SEGURA?

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- La primera lectura de la misa de hoy, hace referencia a Sarepta, una población que nunca he visitado. Sus ruinas, un tell, se encuentran, según leo, entre Sidón y Byblos, en el actual Líbano, junto a Sarafand. Se trataba sin duda, de una localidad pequeña, sin importancia y la generosa protagonista que atiende al profeta Elías, una fenicia cualquiera, una santa anónima, de las que celebrábamos el pasado primero de noviembre. Su gesto puede parecer irreflexivo, precipitado, atolondrado, y lo fue, nadie lo dude. ¡Cuánto prudente aburrido se arrastra por el mundo! Hastiado e infeliz, estoy seguro de que vosotros, mis queridos jóvenes lectores, conocéis un montón de estos. El proceder de esta mujer, se inscribiría en lo que hoy se llama ser emprendedor, pero ella no lo sabía. Era simplemente generosa. Se le presentaba la ocasión de ayudar a un hombre de Dios y no duda en hacerlo. Con ello se juega la vida. La de ella y la de su hijo.

2.- Ocurría entonces una temporada de crisis económica, semejante a la de hoy. Reacciona ella de esta manera, paradójicamente. Estamos en el año de la Fe y esta virtud lo es. Que no significa que sea incompatible con la verdad o con el bien. Está muy por encima de ellos. La Fe decimos que es sobrenatural, no simple sabiduría o erudición, la generosidad también. Muchos sabios, tal vez la mayoría, hubieran tomado precauciones, la mujer fenicia, no. Su gesto de desprenderse de lo poco que tiene a favor de otro, le proporcionó, paradójicamente, lo repito de nuevo, alimento mientras durase la hambruna, para los dos. Primero se arriesgó a quedarse sin nada, después, quien sabe lo que ocurriría. Pensando en ello, seguramente, imaginó que su último deseo antes de morir era ser generosa y no se equivocó.

3.- La abuelita viuda del relato del evangelio de la misa, atravesaría la gran explanada que se extendía alrededor del santuario. Por allí vería tantos puestos de venta, como en un mercadillo de los nuestros. Recordad a los vendedores que expulsó el Señor. Pero ella iba a lo suyo. Atravesaría balaustrada en la que se advertía que sólo les estaba permitido hacerlo a los fieles judíos. Continuó su camino y franqueó la puerta Hermosa, adentrándose en el llamado Atrio de las Mujeres. Para que me entendáis, una plazoleta cuadrada, en la que estaba permitida la estancia a judíos de ambos sexos, pero sólo a ellos. Apta para la convivencia y la plegaria. En sus ángulos había unos pequeños edificios destinados a almacenar leña para los sacrificios, aceite para el culto, recinto donde los sacerdotes examinaban a leprosos cuya curación se presumía y un lugar donde se guardaba el resultado de las limosnas ofrecidas, o donde directamente se podían introducir.

4.- Compartían allí el Señor y sus discípulos, pero Él observaba el entorno con atención. Por allí pasarían fariseos arrogantes como el de la parábola. Sacerdotes que atravesaban el área, para introducirse por la puerta de Nicanor en un espacio reservado al culto. En quien el Maestro se fijó, fue en esta anónima viuda pobre, que introdujo una monedita por la ranura. Caería el metal y se perdería en el montón del interior, sin que en nada se distinguiese de las demás. Pero no, su gesto, a los ojos de Jesús, era único, valía más que una fortuna, de aquí el elogio que de ella hizo. Continúa hoy habiendo generosidades de estas, las predilectas a los ojos de Dios. Los donativos de los ricos no se desdeñan, son limosnas que, como se nos dice en otro lugar la misma Escritura, perdonan los pecados. A veces su origen es dudoso. Las pequeñas limosnas de los pobres, siempre son oro de ley.

5.- Seguramente que muchos de vosotros, mis queridos jóvenes lectores, no disponéis de abundante dinero y subsistís de lo que vuestros padres os proporcionan, tal vez justo para los gastos, decís. A lo mejor para hábitos o vicios adquiridos, de los que no sabéis, o no creéis, poder libraros. La generosidad no está constreñida a límites. La aventura de la vida se goza mejor, libre de ahorros. Como el globo sube mejor si, desprovisto de cesta con mecheros o pasajeros que han pagado, no tiene otra cosa que gas helio o aire caliente. La pobreza siempre es combustible espiritual. Examinaos, aprended e imitad a ambas mujeres.