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32º DOMINGO ORDINARIO (B)

Gracias a los profetas como Elías, 1 Reyes, 17, 10-16, y a pobres co­mo la viuda de este evangelio, todavía nos queda la utopía como re­fe­­­rente.

Todos ellos viven la misma ilimitada confianza en Dios, sin la cual ta­les pobres ya se habrían abandonado a la muerte, o al suicidio.

Nuestra admiración crece al pensar que esta viuda dejaba en el ce­pi­llo del templo todo su poco dinero, dos reales, en frente de la parra de oro macizo que decoraba toda la fachada del templo de Jerusalén, sin contar los cofres llenos de monedas de plata. Acuñadas en Tiro, al­ma­cenados en su interior.

Como entonces y como hoy, no se puede servir a Dios y al dinero.

¿Servía de verdad a Yahvé aquel templo con todo su séquito? “¡Ay de vo­sotros, los ricos!”. Lucas 6,24.

La crisis global que padecemos pone en entredicho a los ricos. Dios gri­ta por boca de tantos pobres que diariamente se suman al co­lec­tivo de los necesitados con urgencia.

Los cristianos que tengamos oídos para oír, estamos interpelados a to­mar decisiones de solidaridad ante esta punzante situación. Ante el ejem­plo de esta viuda que Jesús alaba, no sólo están interpelados los ri­cos, sino también los que no somos ricos.

La confianza en Dios no tiene límite porque se apoya en Él. Desde su experiencia de vida cristiana, la conciencia de cada uno tiene que escuchar la voz de Dios y tomar decisiones importantes para solida­rizarse con los pobres. No nos faltan cauces fiables cercanos.

“Recordando el dicho del Señor Jesús: más vale dar que recibir”. Pa­la­bras de san Pablo en Hechos 20, 35. “El que alivia, de buen hu­mor”. Tam­bién de san Pablo en Romanos 12, 8.

Las tribulaciones y penalidades que pasan los pobres aumentan la solidaridad en muchos de ellos. El dolor ha llenado su corazón de sen­sibilidad. En cambio los ricos que no conocen ciertas estrecheces, no sue­len ser tan generosos como los pobres, si bien hay excepciones en ca­­da parte.

Todos sabemos que el amor hace locuras en todos los campos donde le dan entrada. Cuando se une con la fe es capaz de mover montañas o de abrirlas como un volcán de energía constructiva.

En la historia de la iglesia abundan los poseídos del Espíritu que con sus locuras de amor, mantienen en su puesto el listón del com­pro­mi­so. Aunque no todos alcancemos su altura, al menos sirven para no per­der de vista la meta.

Si no mirásemos las estrellas de noche, podríamos pensar que nues­tro planeta lo es todo en el cosmos. En nuestros tiempos de rebajas manipuladas según las conveniencias o la ignorancia, ejemplos como el de Elías o de esta viuda pobre, mantienen la dignidad de la vo­ca­ción a la que hemos sido llamados. ”Os exhorto a proceder como pide vues­­tra vocación”. Efesios 4, 1.

Los profetas y los pobres nos liberan del autoengaño a la hora de que­­r­er seguir a Jesús hoy en esta sociedad. Su mensaje es el mismo: con­­fiar en Dios hasta el límite y por eso emprender una vida plena­men­te comprometida en su nombre.

Llorenç Tous

 

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

LO MEJOR DE LA IGLESIA

El contraste entre las dos escenas no puede ser más fuerte. En la primera, Jesús pone a la gente en guardia frente a los dirigentes religiosos: "¡Cuidado con los letrados!", su comportamiento puede hacer mucho daño. En la segunda, llama a sus discípulos para que tomen nota del gesto de una viuda pobre: la gente sencilla les podrá enseñar a vivir el Evangelio.

Es sorprendente el lenguaje duro y certero que emplea Jesús para desenmascarar la falsa religiosidad de los escribas. No puede soportar su vanidad y su afán de ostentación. Buscan vestir de modo especial y ser saludados con reverencia para sobresalir sobre los demás, imponerse y dominar.

La religión les sirve para alimentar fatuidad. Hacen "largos rezos" para impresionar. No crean comunidad, pues se colocan por encima de todos. En el fondo, solo piensan en sí mismos. Viven aprovechándose de las personas débiles a las que deberían servir.  Marcos no recoge las palabras de Jesús para condenar a los escribas que había en el Templo de Jerusalén antes de su destrucción, sino para poner en guardia a las comunidades cristianas para las que escribe. Los dirigentes religiosos han de ser servidores de la comunidad. Nada más. Si lo olvidan, son un peligro para todos. Hay que reaccionar para que no hagan daño.

En la segunda escena, Jesús está sentado enfrente del arca de las ofrendas. Muchos ricos van echando cantidades importantes: son los que sostienen el Templo. De pronto se acerca una mujer. Jesús observa que echa dos moneditas de cobre. Es una viuda pobre, maltratada por la vida, sola y sin recursos. Probablemente vive mendigando junto al Templo.

Conmovido, Jesús llama rápidamente a sus discípulos. No han de olvidar el gesto de esta mujer, pues, aunque está pasando necesidad, "ha echado todo lo que tenía para vivir". Mientras los letrados viven aprovechándose de la religión, esta mujer se desprende de todo por los demás, confiando totalmente en Dios.

Su gesto nos descubre el corazón de la verdadera religión: confianza grande en Dios, gratuidad sorprendente, generosidad y amor solidario, sencillez y verdad. No conocemos el nombre de esta mujer ni su rostro. Solo sabemos que Jesús vio en ella un modelo para los futuros dirigentes de su Iglesia.

También hoy, tantas mujeres y hombres de fe sencilla y corazón generoso son lo mejor que tenemos en la Iglesia. No escriben libros ni pronuncian sermones, pero son los que mantienen vivo entre nosotros el Evangelio de Jesús. De ellos hemos de aprender los presbíteros y obispos.

 

 

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

CONTRASTE

Os aseguro que esta pobre viuda ha echado más que nadie.

El contraste entre las dos escenas es total. En la primera, Jesús pone a la gente en guardia frente a los escribas del templo. Su religión es falsa: la utilizan para buscar su propia gloria y explotar a los más débiles. No hay que admirarlos ni seguir su ejemplo. En la segunda, Jesús observa  el gesto de una pobre viuda y llama a sus discípulos. De esta mujer pueden aprender algo que nunca les enseñarán los escribas: una fe total en Dios y una generosidad sin límites.

La crítica de Jesús a los escribas es dura. En vez de orientar al pueblo hacia Dios buscando su gloria, atraen la atención de la gente hacia sí mismos buscando su propio honor. Les gusta «pasearse con amplios ropajes» buscando saludos y reverencias de la gente. En la liturgia de las sinagogas y en los banquetes buscan «los asientos de honor» y «los primeros puestos».

Pero hay algo que, sin duda, le duele a Jesús más que este comportamiento fatuo y pueril de ser contemplados, saludados y reverenciados. Mientras aparentan una piedad profunda en sus «largos rezos» en público, se aprovechan de su prestigio religioso para vivir a costa de las viudas, los seres más débiles e indefensos de Israel según la tradición bíblica.

Precisamente, una de estas viudas va a poner en evidencia la religión corrupta de estos dirigentes religiosos. Su gesto ha pasado desapercibido a todos, pero no a Jesús. La pobre mujer solo ha echado en el arca de las ofrendas dos pequeñas monedas, pero Jesús llama enseguida a sus discípulos pues difícilmente encontrarán en el ambiente del templo un corazón más religioso y más solidario con los necesitados.

Esta viuda no anda buscando honores ni prestigio alguno; actúa de manera callada y humilde. No piensa en explotar a nadie; al contrario, da todo lo que tiene porque otros lo pueden necesitar. Según Jesús, ha dado más que nadie, pues no da lo que le sobra, sino «todo lo que tiene  para vivir».

No nos equivoquemos. Estas personas sencillas, pero de corazón grande y generoso, que saben amar sin reservas, son lo mejor que tenemos en la Iglesia.  Ellas  son las que hacen el mundo más humano, las que creen de verdad en Dios, las que mantienen vivo el Espíritu de Jesús en medio de otras actitudes religiosas falsas e interesadas. De estas personas hemos de aprender a seguir a Jesús. Son las que más se le parecen.

 

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

LO QUE NOS SOBRA

He echado todo lo que tenía para vivir.

La escena es conmovedora. Una pobre viuda se acerca calladamente a uno de los trece cepillos colocados en el recinto del templo, no lejos del patio de las mujeres. Muchos ricos están depositando cantidades importantes. Casi avergonzada, ella echa sus dos moneditas de cobre, las más pequeñas que circulan en Jerusalén.

Su gesto no ha sido observado por nadie. Pero, en frente de los cepillos, está Jesús viéndolo todo. Conmovido, llama a sus discípulos. Quiere enseñarles algo que sólo se puede aprender de la gente pobre y sencilla. De nadie más.

La viuda ha dado una cantidad insignificante y miserable, como es ella misma. Su sacrificio no se notará en ninguna parte; no transformará la historia. La economía del templo se sostiene con la contribución de los ricos y poderosos. El gesto de esta mujer no servirá prácticamente para nada.

Jesús lo ve de otra manera: «Esta pobre viuda ha echado más que nadie». Su generosidad es más grande y auténtica. «Los demás han echado lo que les sobra», pero esta mujer que pasa necesidad, «ha echado todo lo que tiene para vivir».

Si es así, esta viuda vive, probablemente, mendigando a la entrada del templo. No tiene marido. No posee nada. Sólo un corazón grande y una confianza total en Dios. Si sabe dar todo lo que tiene, es porque «pasa necesidad» y puede comprender las necesidades de otros pobres a los que se ayuda desde el templo.

En las sociedades del bienestar se nos está olvidando lo que es la «compasión». No sabemos lo que es «padecer con» el que sufre. Cada uno se preocupa de sus cosas. Los demás quedan fuera de nuestro horizonte. Cuando uno se ha instalado en su cómodo mundo de bienestar, es difícil «sentir» el sufrimiento de los otros. Cada vez se entienden menos los problemas de los demás.

Sin embargo, como necesitamos alimentar dentro de nosotros la ilusión de que todavía somos humanos y tenemos corazón, damos «lo que nos sobra». No es por solidaridad. Sencillamente ya no lo necesitamos para seguir disfrutando de nuestro bienestar. Sólo los pobres son capaces de hacer lo que la mayoría estamos olvidando: dar algo más que las sobras.

 

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

MALA CONCIENCIA

He echado todo lo que tenía para vivir.

En teoría, los pobres son para la Iglesia lo que fueron para Jesús: los preferidos, los primeros que han de atraer nuestra atención e interés. Pero es sólo en teoría porque de hecho no ocurre así. Y no es cuestión de ideas, sino de sensibilidad ante el sufrimiento de los débiles. En teoría, todo cristiano dirá que está de parte de los pobres. La cuestión es saber qué lugar ocupan realmente en la vida de la Iglesia y de los cristianos.

Es verdad —y hay que decirlo en voz alta— que en la Iglesia hay muchas, muchísimas personas, grupos, organismos, congregaciones, misioneros, voluntarios laicos que no sólo se preocupan de los pobres, sino que, impulsados por el mismo espíritu de Jesús, dedican su vida entera y hasta la arriesgan por defender la dignidad y los derechos de los más desvalidos, pero ¿cuál es nuestra actitud generalizada en las comunidades cristianas de Europa?

Mientras sólo se trata de aportar alguna ayuda o de dar un donativo, no hay problema especial. Las limosnas nos tranquilizan y permiten que sigamos viviendo con buena conciencia. Los pobres empiezan a inquietarnos cuando nos obligan a plantearnos qué nivel de vida nos podemos permitir sabiendo que cada día mueren de hambre en el mundo no menos de setenta mil personas.

Por lo general, no son tan visibles entre nosotros el hambre y la miseria. Aquí lo peor que lleva consigo la pobreza es la indignidad. En la práctica, los pobres de nuestra sociedad carecen de los derechos que tenemos los demás; no merecen el respeto que merece toda persona normal; no representan nada importante para la sociedad. Por eso, encontrarnos con ellos nos desazona. Estos hombres y mujeres desenmascaran nuestros grandes discursos sobre el progreso y ponen al descubierto la mezquindad de nuestra caridad. No nos dejan vivir con buena conciencia.

El episodio evangélico en el que Jesús alaba a la viuda pobre nos deja avergonzados a quienes vivimos satisfechos en nuestro bienestar. Nosotros, tal vez, damos algo de lo que nos sobra, pero esta mujer que «pasa necesidad» sabe dar «todo lo que tiene para vivir» (Mc 12, 42). Cuántas veces son los pobres los que mejor nos enseñan a vivir de manera digna y con corazón grande y generoso.

 

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

¿QUÉ NIVEL DE VIDA?

Ha echado todo lo que tenía para vivir.

El mensaje del evangelio resulta casi siempre seductor para quien lo escucha con corazón limpio y noble. Pero su fuerza puede quedar amortiguada o neutralizada, si no se captan las exigencias concretas que encierra. Algo de esto puede suceder con el conocido dicho de Jesús: «No podéis servir a Dios y al dinero» (Lucas 16, 13). La llamada a no dejarnos esclavizar por el dinero es, sin duda, atractiva. Pero las palabras de Jesús se quedan en algo inofensivo mientras no se desentraña su exigencia con planteamientos como éste: ¿Qué nivel de vida puede permitirse un cristiano?

Apenas se predica hoy de estas cosas, al menos con este enfoque concreto; sin embargo, existe una larga tradición en la doctrina de la Iglesia, que arranca desde los Padres de los primeros siglos y se mantiene hasta el magisterio reciente. No es difícil resumir sus grandes líneas.

Hay, en primer lugar, bienes necesarios para la vida. Sin ellos no podríamos subsistir. Todos tenemos derecho, por ejemplo, a la comida diaria, al vestido o a una vivienda. No hemos de privarnos de estos bienes pues estamos llamados a vivir dignamente.

Pero la vida, para ser humana, tiene también otro tipo de necesidades: cultura, diversión, viajes, comunicación... Estas necesidades sufren variaciones según el grado de civilización y las condiciones de cada persona. También tenemos derecho a estos bienes llamados necesarios para la condición, pero no de modo absoluto. Hemos de moderar o reducir nuestro nivel de vida en tiempos de crisis o para ayudar a quienes carecen de lo necesario para vivir.

Por último, los que no son necesarios para la vida o la condición han de ser considerados bienes superfluos. Según la tradición cristiana no tenemos el menor derecho a disfrutarlos mientras hay seres humanos que no tienen lo necesario para subsistir.

En el trasfondo de toda esta doctrina, desfigurada a veces por una casuística inapropiada, no es difícil advertir un principio firme: «Lo que le sobra al rico le pertenece al pobre.» No tenemos derecho a acumular bienes superfluos o no del todo necesarios, mientras hay gentes que mueren de hambre y miseria. Solo transcribiré un texto de san Basilio que todavía hoy puede sacudir nuestra conciencia: «El pan que hay en tu despensa pertenece al hambriento; el abrigo que cuelga, sin usar, en tu guardarropa pertenece a quien lo necesita; los zapatos que se están estropeando en tu armario pertenecen al descalzo; el dinero que tú acumulas pertenece a los pobres.» Es difícil hablar con más claridad.

El episodio de Jesús alabando a la viuda pobre nos deja avergonzados a quienes vivimos satisfechos en la sociedad del bienestar. Nosotros, tal vez, damos algo de lo que nos sobra, pero ella «que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir» (Marcos 12, 44).

 

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

ENVIDIA

Esta pobre viuda ha echado más que nadie.

La envidia nos resulta vergonzosa e inconfesable, pero está muy extendida en nuestra sociedad. El siquiatra Enrique Rojas se atreve a decir que «todos la padecemos a lo largo de nuestra vida en mayor o menor medida, en unos momentos u otros según las circunstancias».

En los niños aflora con más claridad porque todavía no han aprendido a disimularla. Los adultos sabemos enmascararla mejor y la ocultamos de diversas maneras bajo forma de desprecio, descalificación, necesidad de superar siempre a los demás.

La envidia es un proceso a veces bastante complejo y soterrado, que puede hacer a la persona profundamente desgraciada incapacitándola de raíz para disfrutar de felicidad alguna. El envidioso nunca está contento consigo mismo, con lo que es, con lo que tiene. Vive resentido. Necesita mirar de reojo a los demás, compararse, añorar el bien de los otros, estar por encima.

Por otra parte, vivimos en una sociedad que, con frecuencia, nos empuja a articular nuestras relaciones interpersonales en torno al principio de competitividad. Ya desde niños se nos enseña a rivalizar, competir, ser más que los demás. Hay personas que terminan viviendo desde una actitud competitiva. No piensan sino en términos de comparación. Inconscientemente, se sienten en la obligación de demostrar que son los más inteligentes, los más hábiles, los más seductores, los más poderosos.

Uno de los medios más utilizados para ello es demostrar que se tiene más que los demás, que uno puede comprar un modelo mejor, poseer una casa más lujosa, hacer unas vacaciones más caras. No nos atrevemos a confesarlo, pero en la raíz de muchas vidas dedicadas a ganar siempre más y a conseguir un nivel de vida siempre mejor, solo hay un incentivo: la envidia.

Sin embargo, el que mira con envidia a los demás, no disfruta de lo suyo. Por mucho que posea, siempre brotará en su interior la insatisfacción, el sufrimiento que corroe por dentro al ver que otros «tienen» tal vez más.

El evangelista Marcos nos muestra la diferente reacción de Jesús ante los fariseos que solo viven para aparentar, sobresalir y aprovecharse de los débiles, y ante una pobre viuda que sabe desprenderse incluso de lo poco que tiene para ayudar a otros más necesitados. Lo decisivo es siempre vivir humanamente. Disfrutar de lo que se tiene y de lo que se es. Saber compartir. Vivir ante Dios.

 

ENRIQUE MARTÍNEZ LOZANO

RELIGIÓN Y EGO

Pareciera que fue la palabra “viuda” la que hizo que se unieran estos dos breves relatos: la durísima crítica a los letrados (doctores de la ley o escribas), a quienes se acusa, entre otras cosas, de “devorar los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos”, y el enigmático episodio de la “viuda pobre” que echa en el cepillo del templo “todo lo que tenía para vivir”.

El primero de ellos contiene la denuncia de un comportamiento que no es inusual entre la autoridad religiosa: el uso de ropajes especiales, la búsqueda de reconocimiento social, el uso de títulos pomposos heredados del pasado y alejados de la vida cotidiana, el afán por lugares destacados, el negocio económico a costa a veces de gente necesitada… Ni un anticlerical hubiera sido más duro. Y, sin embargo, son palabras del evangelio.

Tales actitudes, cuando se dan en personas religiosas, duelen y escandalizan más, porque suelen predicar justo lo opuesto. Pero, en realidad, son comportamientos que nos acechan a todos, porque definen bien cuál es el funcionamiento habitual del ego.

El ego, ese manojo de necesidades y miedos, no puede buscar otra cosa que su autoafirmación, a costa de lo que sea. Y, dado que el ego solo puede moverse por el mundo de los objetos, lo hace por los caminos del tener, del poder y del aparentar.

Sabemos que el ego es solo un error de percepción. No responde a ninguna realidad consistente, sino que es simplemente el resultado de un proceso de identificación de la mente con un determinado conjunto de pautas mentales y emociones, experiencias y circunstancias vividas. Sobre todo ello, la mente aprendió a decir “mío” y se generó el ego, con una consecuencia asombrosa: le atribuimos una entidad en sí mismo y terminamos convencidos de que constituía nuestra verdadera identidad.

Una vez producido el equívoco, ya no podíamos hacer otra cosa que vivir para él. De esa manera, nos convertimos en marionetas en sus manos y todo nuestro comportamiento quedó marcado por la egocentración.

Afortunadamente, nuestra verdadera identidad puede haber quedado adormecida o incluso aplastada bajo el peso de un ego que sofoca cualquier otra voz, pero no ha sido eliminada. Por eso podemos seguir experimentándola, aunque sea en forma de anhelo, o incluso solo de insatisfacción. De hecho, suele ser la insatisfacción, el desencanto o la hartura, lo que nos pone en camino para buscar en profundidad aquello que realmente somos y que sabe a plenitud. Aquello que nunca puede ser afectado negativamente, que siempre se halla a salvo, y que nos desegocentra eficazmente.

Por otro lado, la imagen de la viuda, en la segunda parte del relato, y debido precisamente al contexto, parece ofrecer varios significados. En primer lugar, reflejaría –como antítesis de los letrados- a la persona desidentificada de su yo, hasta el punto que es capaz de darlo todo.

Pero caben otras lecturas: en una de ellas representaría a las personas, especialmente mujeres en estructuras patriarcales o machistas, que son víctimas del sistema, en este caso religioso: aquellas cuyos bienes son “devorados” por la autoridad.

En tercer lugar, sería no solo víctima, sino culpable de sostener aquel sistema que va contra la vida. Porque es ella la que, precisamente con su limosna –incluso lo que necesita para vivir- sigue alimentando una estructura explotadora y caduca. (No olvidemos que, en el evangelio de Marcos, como en el de Juan, el templo –y la religión que él sostenía- se han dado por caducados).

En conjunto, el doble relato supone un cuestionamiento lúcido de toda estructura de poder, particularmente religioso; un cuestionamiento que llega incluso a los detalles más pequeños, como puede ser el ropaje.

Llama la atención que, en esa crítica, se mencionen expresamente los “rezos”. Incluso lo que, en principio, tendría que ser la actividad más desinteresada y gratuita, como es la oración, se puede convertir en la coartada para obtener beneficios.

        En cualquier caso, más allá de lo específicamente religioso, podemos leer el relato en clave de (des)identificación egoica, como una llamada a ser lúcidos de nuestras propias trampas y una invitación a reencontrarnos con nuestra identidad más profunda, Aquella cuya voz podemos escuchar cuando acallamos la mente y silenciamos los gritos del ego.

 

SERVICIO BÍBLICO LATINOAMERICANO

La primera lectura tomada de 1Re nos presenta el caso de una viuda que comparte lo poco y único que tiene con el profeta Elías. El pasaje está ambientado en una sequía que el mismo profeta había pedido a Yavé para Israel. Ante una situación tan extrema, todo el mundo evita gastar lo poco que tiene como una forma de mantenerse aferrado a la vida. Eso es lo que ha hecho esta viuda. Sin embargo se ve «obligada» por el profeta a compartir con él aquello que solamente le proporcionará unas horas más de vida. Este gesto de la viuda tiene un final feliz: no faltó harina en la tinaja ni aceite en la jarra. Significa esto que cuando se comparte con generosidad lo poco que se tiene, parece que se multiplicara, y esa es una de las características principales del pobre. Donde más disponibilidad hay para compartir, donde más desprendimiento uno encuentra es entre los pobres; con toda razón se puede decir que los pobres nos evangelizan. Con razón están ellos en primer lugar en el corazón de Dios, no sólo porque es Él lo único que a ellos les queda, sino porque entre ellos, los signos de la presencia de Dios son más visibles; son ellos por medio de los cuales Dios se hace ver con mayor claridad en el mundo; ellos son el sacramento de Dios en el mundo y el testimonio permanente de cuán lejos estamos del proyecto de solidaridad y de la igualdad querido por Dios.

Nos encontramos en el reino del Norte, el país está pasando por una de las etapas más difíciles de su historia: la dinastía de Omrí ha ido dejando el país en la miseria; el último de los monarcas de esa monarquía, Ahab, gobierna veintidós años (nunca un largo gobierno es benéfico para ninguna institución, termina por arruinarla), y también él ha hecho su aporte al desastre nacional: se casó con una extranjera: Jezabel, hija de Et-Baal, rey de Sidón, y acabó por adorar y rendir culto a Baal (1Re 16,29-31). Es fácil entonces imaginar el ambiente del reino en todas sus ámbitos: político, económico, social y religioso. El autor bíblico lo simboliza en una sequía que el profeta hace venir sobre Israel. En esa situación de extrema urgencia, el profeta hará ver que sólo Yavé es la salvación para el pueblo, y que esa salvación de la que está urgido el pueblo Dios la realizará con y desde los desheredados, con los pobres. En el Segundo Testamento vamos a encontrar esta misma realidad: Dios actuado en medio de los pobres, y con los pobres llama a la construcción de un orden de cosas distinto en donde los pobres parece que fueran los únicos capaces de aportar.

El evangelio de hoy nos presenta dos perícopas: la primera, todavía en conexión con la del domingo anterior sobre la declaración del mandamiento más importante o, mejor, los dos mandamientos más importantes. Jesús previene a sus discípulos para que no repitan el modo de ser de los escribas que se las dan de mucho cuando en su interior no existe ni amor a Dios ni al prójimo, sólo amor a sí mismos.

La segunda perícopa está más en consonancia con la primera lectura del primer libro de los Reyes. El dar implica renuncia, desprenderse no de lo que abunda y sobra, sino desde la misma escasez.

A Jesús, que observa como los fieles van pasando a depositar su ofrenda para el tesoro del templo, no lo ha impresionado como al común de los observadores, la cantidad que cada rico ha depositado en el cofre de las ofrendas; sus criterios y parámetros de juicio son completamente diferentes a los criterios mercantilistas y economicistas que se basan en la cantidad, en el binomio inversión ganancia (costo beneficio se diría hoy).

A partir de esta imagen Jesús instruye a sus discípulos y en definitiva alecciona hoy a las iglesias. Esa viuda que a duras penas sobrevive, objeto de la caridad y del recibir, se mete a pesar de todo en la fila para dar, no desde lo que le sobra, y sin intención alguna de aparentar, todo lo contrario lo haría con cierto disimulo para que nadie viera la «cantidad» que depositó. Aún si pensáramos que ella también deposita lo que tiene con el fin de ser retribuida, y lo más seguro es que así fue porque ya la falsa religión había alienado su conciencia, aún admitiendo eso, no deja ser un caso aleccionador que Jesús no deja pasar por alto. Mientras los demás teniendo ya suficiente para vivir desean tener mucho más, para lo cual realizan la inversión que sea, esta mujer echa lo único que tiene y seguro lo ha hecho con amor, con toda seguridad no se atreve a pedirle a Dios le multiplique esa mínima cantidad, tal vez su único «interés» es que Dios no le falte con aquello con lo cual sobrevive.

Desde la óptica de Jesús, esta pobre viuda, representación de lo más pobre entre los pobres, salió del templo justificada; fue quien recibió un mayor don a cambio de su desprendimiento: la gracia divina, mas desde la óptica de un donante rico, esta mujer tendría muy poca, casi ninguna recompensa.

El reino que Jesús proclama no puede regirse por los mismos criterios de personas como los dirigentes de Israel; el reino se construye desde los criterios de la calidad y disponibilidad para aportar desde una genuina generosidad, desde las propias carencias, no desde lo superfluo.

Se necesita discernir continuamente nuestro comportamiento y actitudes con aquellas personas que dan generosas ofrendas a nuestros centros religiosos comparado con aquellos que ofrecen poco o definitivamente no tienen nada qué ofrecer, ¿quiénes son los de mayor objeto de nuestra «consideración» y aprecio? Seamos sinceros en esto y reconozcamos con humildad que las más de las veces nos sentimos muy a gusto con aquellos que dan más, que tienen más y mejores medios; y el evangelio... ¿dónde está?

La viuda del evangelio que hoy escuchamos simboliza aquella porción del Israel empobrecido, que entró en la dinámica de Jesús, que está dispuesto a dar, a darse, a entregarse con lo que tiene a la causa del reino del Padre. Esos que dedican tiempo desinteresadamente en nuestras obras nos evangelizan con su generosidad, y especialmente ellas que no escatiman nada para que la obra del reino continúe su marcha, ¿captan esas personas nuestra atención como aquella viuda a Jesús, y nos dejamos interpelar realmente por ellas?

 

EL EGOÍSMO Y VANIDAD DE LOS ESCRIBAS POR UN LADO; LA GENEROSIDAD DE LAS DOS VIUDAS POBRES, POR OTRO

Por Gabriel González del Estal

1.- Esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Los escribas del tiempo de Jesús, tal como hoy nos dice este texto evangélico, según san Marcos, ponían la religión al servicio de sus intereses personales: devoraban los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. La religión y los largos rezos les servían a ellos para ocupar los primeros puestos en los banquetes, ser reverenciados en lugares públicos, ocupar los asientos de honor en la iglesia, quiero decir, en las sinagogas. ¿No percibe mucha gente así, hoy, a muchos de los altos dignatarios de nuestra querida Iglesia católica? No pienso, ni digo, que esto sea así en muchos casos, pero sí creo que mucha gente fiel y sencilla ve de esta manera a algunos de nuestros altos dignatarios eclesiásticos, cuando actúan en público. Y esto es muy grave, porque si mucha gente lo ve así, es que la actuación pública de muchos altos cargos de nuestra Iglesia se presta a esta interpretación. Un poco menos de ostentación en ropajes, gestos públicos y parafernalia adyacente, significarían mejor la necesaria imagen de pobreza y sencillez que debe adornar siempre a los servidores de Jesús, pobre y humilde. La viuda del evangelio, al contrario, da la imagen de una persona que lo único que pretende es ayudar al culto del templo, desde el anonimato y la generosidad extrema. No busca recompensa alguna en el ejercicio de su religiosidad, sino ser grata a Dios y contribuir, desde su pequeñez, a que el culto a Dios se pueda hacer con dignidad. Poner la religión, como hacían los escribas, al servicio de intereses personales, económicos o políticos, es un grave pecado de simonía; ponernos nosotros, al estilo de la viuda, al servicio de la religión, con humildad y sencillez, es algo espiritualmente benéfico para nosotros mismos y para la misma religión.

2.- El profeta Elías se puso en camino hacia Sarepta y, al llegar a la puerta de la ciudad, encontró allí una viuda que recogía leña. También esta viuda de la que se nos habla en el libro de los Reyes fue heroica en su generosidad, como la viuda del evangelio, fiándose enteramente de la promesa del Dios de Israel, tal como le prometía el profeta Elías. Se fio de Dios, olvidándose de sí misma, y dio al profeta lo que ella necesitaba para sí misma y para su hijo. Yo no sé si lo que hizo esta pobre viuda fue confianza, o, más bien, fue temeridad, pero lo cierto es que lo que hizo esta pobre viuda lo hizo por ayudar al que ella veía como un auténtico hombre de Dios. Es decir, que si pecó de algo, pecó de amor al prójimo, hasta olvidarse de sí misma y de su hijo; Dios no podía dejar sin recompensa esta generosidad heroica. Quizá este ejemplo no está puesto aquí para que lo imitemos, pero sí para que lo admiremos y, admirándolo, nos sintamos animados a amar un poco más a nuestro prójimo. Pasarnos la vida preocupándonos obsesivamente de nuestra salud, sin capacidad para ver junto a nosotros a tantas personas que se mueren por falta de alimentos y medicinas, no deja de ser una muestra de nuestro egoísmo supino y anticristiano.

3.- Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos. Seguimos con el mismo tema, monotema, del que nos habla largamente el autor de esta carta a los Hebreos: Cristo es nuestro único y sumo sacerdote porque en la cruz se ofreció a sí mismo al Padre, como sacrificio de expiación y alabanza, por los pecados de todos nosotros. La vida y muerte de Cristo fue toda ella un sacrificio de expiación y alabanza agradable al Padre; cuando nosotros ofrecemos al Padre nuestra vida, unida a la vida de Cristo, el Padre aceptará también agradablemente nuestra vida y nos perdonará nuestros pecados. Porque lo que realmente nos salva es la vida de Cristo, no nuestros méritos personales.

 

LLAMADA A LA GENEROSIDAD

Por José María Martín OSA

1.- Dios premia la hospitalidad y la fe de una mujer extranjera. El profeta Elías anuncia una terrible sequía como castigo por los pecados de Israel, y su palabra se cumple. El rey Ajab, convencido de que la maldición de Elías alejaba la lluvia de los campos, en vez de apartarse de sus pecados, trata de liquidar al profeta. Pero Elías huye y se esconde en el desierto. Después, cuando se secó el torrente del que bebía, marcha a tierras fenicias y llega a la región de Sarepta, entre Tiro y Sidón. Encuentra una viuda que recogía leña y le pide ayuda, le suplica que entre en la ciudad y le traiga un jarro de agua y un trozo de pan. Sólo eso, agua y pan. Pero eso era todo lo que tenía la viuda para ella y su hijo. ¿Qué hacer? Elías hace una promesa en nombre de Dios, una promesa a cambio de lo que le pide y de todo lo que tiene la viuda. La mujer acepta, hace la apuesta y arriesga todo lo que tiene; cree en la palabra de Dios y recibe al profeta que la anuncia. Dios premia la hospitalidad de esta pobre viuda y manifiesta que es el único Dios que puede salvar precisamente en el país de donde había salido el paganismo que imperaba en Israel. Siglos más tarde, Jesús recordará con amor el gesto de esta mujer extranjera que fue preferida por Dios por encima de todas las viudas de Israel.

2.- El salmo 145 es una oración de alabanza y de llamada al compromiso solidario. Nos recuerda que no estamos abandonados a nosotros mismos; las vicisitudes de nuestra vida no se hallan bajo el dominio del caos; los acontecimientos no representan una mera sucesión de actos sin sentido ni meta. Él es quien hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos y liberta a los cautivos. Él es quien abre los ojos a los ciegos, quien endereza a los que ya se doblan, quien ama a los justos, quien guarda a los peregrinos, quien sustenta al huérfano y a la viuda. Él es quien trastorna el camino de los malvados y reina soberano sobre todos los seres y de edad en edad. Tenemos que ser agradecidos y corresponder a lo que Dios hace por nosotros, colaborando con El en favor de los más necesitados. Es necesario vivir en la adhesión a la voluntad divina, dar pan a los hambrientos, visitar a los presos, sostener y confortar a los enfermos, defender y acoger a los extranjeros, dedicarse a los pobres y a los miserables. En la práctica, es el mismo espíritu de las Bienaventuranzas; es optar por la propuesta de amor que nos salva desde esta vida y que más tarde será objeto de nuestro examen en el juicio final, con el que se concluirá la historia. Entonces seremos juzgados sobre la decisión de servir a Cristo en el hambriento, en el sediento, en el forastero, en el desnudo, en el enfermo y en el preso. "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis": esto es lo que dirá entonces el Señor.

3.- En encuentro con Dios en Jesucristo es el auténtico Templo. El ambiente en el que se desarrolla el episodio evangélico es el templo de Jerusalén, centro religioso del pueblo de Israel y corazón de toda su vida. El templo es el lugar del culto público y solemne, pero también de la peregrinación, de los ritos tradicionales y de las disputas rabínicas, como las que refiere el Evangelio entre Jesús y los rabinos de aquel tiempo, en las que, sin embargo, Jesús enseña con una autoridad singular, la del Hijo de Dios. Pronuncia juicios severos, como hemos escuchado, sobre los escribas, a causa de su hipocresía, pues mientras ostentan gran religiosidad, se aprovechan de la gente pobre imponiéndoles obligaciones que ellos mismos no observan. En suma, Jesús muestra su afecto por el templo como casa de oración, pero precisamente por eso quiere purificarlo de usos impropios, más aún, quiere revelar su significado más profundo: Jesucristo es el Templo nuevo y definitivo, el lugar en el que se encuentran Dios y el hombre.

4.- Se da a sí misma. En el centro de la liturgia de la Palabra de este domingo encontramos el personaje de la viuda pobre, o más bien, nos encontramos ante el gesto que realiza al echar en el tesoro del templo las últimas monedas que le quedan. Un gesto que, gracias a la mirada atenta de Jesús, se ha convertido en proverbial: "el óbolo de la viuda" es sinónimo de la generosidad de quien da sin reservas lo poco que posee. Subrayemos el comentario final que hace Jesús contraponiendo a los que dan su limosna con ostentación y ofreciendo únicamente lo que les sobra, con la ofrenda de la viuda que da todo lo que tenía para vivir. Esta humilde mujer se convierte así en el modelo ideal de la consagración al reino de Dios, sin reservarse nada. La viuda del Evangelio, al igual que la del Antiguo Testamento, lo da todo, se da a sí misma, y se pone en las manos de Dios, por el bien de los demás. Este es el significado perenne de la oferta de la viuda pobre, que Jesús exalta porque da más que los ricos, quienes ofrecen parte de lo que les sobra, mientras que ella da todo lo que tenía para vivir, y así se da a sí misma. Un buen mensaje y una llamada singular a nuestra generosidad en este tiempo de crisis donde muchas personas carecen de lo mínimo para vivir con dignidad.

 

HACERSE OFRENDA

Por Pedro Juan Díaz

1.- Hace un mes que comenzamos el Año de la Fe, un año especial para crecer en la fe, revisando también nuestras actitudes y comportamientos. Hoy me miro en este espejo que es el evangelio y me admiro de estas dos mujeres que nos presenta la Palabra de Dios, las dos viudas y pobres, que fueron capaces de darse a sí mismas en aquel pan que cocinó la viuda de Sarepta para el profeta Elías y en los dos reales que la viuda del evangelio echó en el arca de las ofrendas. Estas mujeres son de admirar, pero también nos cuestionan, cuestionan nuestra fe. Ambas dieron todo lo que tenían para vivir y, por lo tanto, en aquella ofrenda iban sus vidas al completo, sin reservas. Ambas se hicieron ofrenda y para eso hay que tener una confianza muy grande en Dios. Con su gesto nos muestran su gran fe en un Dios que siempre está y estará de parte de los más empobrecidos.

2.- La viuda de Sarepta prepara un pan con el último puñado de harina que le queda en el cántaro y las últimas gotas de aceite que tiene en la alcuza. De ese pan comen su hijo y ella, pero también Elías, el profeta, el hombre de Dios. Y se cumple la Palabra de Dios: “la orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra”. Llevaba muchos años sin llover sobre aquella tierra, el cielo “estaba cerrado”, cosa que aumentaba las situaciones precarias que vivían las gentes de Sarepta, acostumbradas a trabajar y a comer de los frutos de la tierra. Pero mientras se mantuviera esa situación de crisis, Dios no dejaría de la mano a los suyos. Quizá es algo que hoy deberíamos tener más presente.

3.- ¿Cómo hace esto Dios? A través de la generosidad y la entrega de gente como la viuda del Templo que, dando aquellos dos reales, se da por entero. Pero antes de ese gesto, vemos a Jesús criticando la actitud egoísta y avariciosa de los que se supone que son guías del pueblo, pero que desorientan más que otra cosa, porque solo buscan su vanagloria y se sirven de lo religioso para abusar de los pobres, en este caso, de las viudas, que son imagen real de pobreza y debilidad, ya que no tienen ni el sustento ni la protección del marido. Frente a eso, Jesús alaba la generosidad de una viuda que, aun pasando necesidad, echa en el arca de las ofrendas “todo lo que tenía para vivir”. ¡Qué fe más grande la de aquella mujer! Mientras que los demás damos de lo que nos sobra, hay personas que se dan por entero y ponen su vida en manos de Dios. Y Dios no defrauda, porque se pone siempre del lado de los más pobres.

4.- Jesús nos dará la gran lección haciendo ofrenda de sí mismo en la cruz. Por eso su sacrificio es único y eficaz, como dice la Carta a los Hebreos, y nos ha conseguido el perdón definitivo de nuestros pecados. “Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos”, dice la Carta a los Hebreos. En el fondo, lo que la fe nos pide no es que demos “algo”, sino que nos demos nosotros, que nuestro corazón sea capaz de darlo todo, de entregarse, de ofrecerse con Cristo. Así nuestras obras mostrarán una fe muy grande, como la de estas mujeres y como la de muchos otros que vemos no solo en la Biblia, sino también en la vida de cada día, entre nosotros. Ellos son testigos de la fe que nos animan y nos marcan el camino.

5.- Jesucristo es el verdadero testigo, el gran creyente, que puso en manos de Dios, su Padre, toda su existencia, su vida entera. Él dio su vida por nosotros, sin reservarse nada. Cada vez que celebramos la Eucaristía lo recordamos. En este Año de la Fe, hemos de procurar animar una Iglesia con cristianos convencidos de hacer una opción personal por seguir el estilo de vida de Jesús. Los necesita la Iglesia y los necesita la sociedad. Hemos de coger el evangelio y metérnoslo en el corazón para que guíe nuestras vidas. Seguro que las consecuencias son igual de buenas y esperanzadoras como lo fueron para la viuda de Sarepta y para la viuda del Templo.

Que la Eucaristía que estamos celebrando nos llene el corazón de esperanza y de confianza en Dios. Y que nuestra vida se vea animada e iluminada por lo que aquí celebramos y experimentamos al encontrarnos con Dios.

 

LA RADICALIDAD DE LA FE

Por José María Maruri, SJ

1.- Quién es esta pobre mujer, que viene a entregar a Dios todo lo que le queda. Viuda, sin la protección del marido, seguramente sin hijos que se ocupen de ella, que por eso pudo disponer de todo lo que la queda.

Aquella mañana una más de la larga hilera de días en suma pobreza sintió la necesidad de dar lo que la quedaba y envuelta en su velo va a ese templo en el que tantas horas ha pasado orando a Dios.

Y escondida entre la multitud, empujada a un lado, tal vez, por un donante más poderoso, llega al cepillo del templo, y como pidiendo al Señor perdón por la pequeñez de su donativo se retira de nuevo escondida en su velo, nadie la ha visto, como ella quería, sólo Dios.

 

Sí, nadie se ha fijado en ella sino es para esquivar su pobreza. Solo Dios, sólo el Señor Jesús no quiere dejar en el anonimato la generosidad de esos cinco céntimos ofrecidos a Dios de todo corazón. Y se va la mujer sintiendo en su corazón la cálida mirada del Señor. La pobre mujer va a su casa a pasar hambre, pero el corazón de Dios se va con ella, porque para Dios no hay anónimos, para Dios no somos nombres en una lista de donantes, somos cada uno hijos predilectos.

2.- Una vez más nos da el Señor la lección: que sus hijos preferidos no son los heroicos santos con que nos gozamos nosotros, son los santos desconocidos, los de cada día, de los que nadie sabe el nombre ni su alcurnia

Creo que hay dos grandes lecciones en este evangelio. Una en la que el Señor va a insistir más tarde y es que a Él no le gustan las trompetas, ni los escenarios en las calles… El que ora, ore en su casa a puerta cerrada. El que ayune que disimule el ayuno. El que da limosna que su derecha no sepa lo que hace su izquierda.

Que las cosas de Dios se hacen en silencio y en lo escondido, como el crecer de las flores del campo se hace sin testigos. Y de la noche a la mañana el campo es una alfombra de flores, como la semilla esa raíces y tallo y espigas son que los hombres se den cuenta.

El mismo Reino de Dios, teniendo todos los derechos para imponerse en el mundo entero, no lo hace con escudos y lanzas, con trompetas y megafonía, lo hace en el silencio del contagio de un trocito de levadura que fermenta todo, lo hace la pequeñez del grano de mostaza insignificante.

3.- Otra lección es la radicalidad… “Deja que los muertos entierre a sus muertos”, “Vende todo y dalo a los pobres”, “Si echas mano del arado y miras atrás no serás digno del Reino. Y en las lecturas de hoy hay radicalidad: la viuda de Sarepta que da el pan que iba camino de la boca de su hijo al profeta Elías; la viuda del evangelio que da todo lo que necesitaba para vivir; Jesús que se sacrifica una vez… da su vida por todos nosotros.

Y creo que nosotros hemos limado las aristas de esta radicalidad de la fe. Como una joya preciosa la hemos guardado en un joyero acolchado. La tenemos en un precioso florero como rosa a la que previamente hemos quitado las espinas. Posiblemente, no nos cuesta nada vivir nuestra fe… si es fe lo que vivimos.

 

OJALÁ SEAMOS CAPACES DE DARLO TODO

Por Antonio García-Moreno

1.- EN UNA DURA SEQUÍA.- Tiempos difíciles cuando la lluvia no acaba de llegar. Elías, el profeta de hierro, había gritado la maldición de Dios sobre el pueblo pecador. Los campos aparecían duros y secos; el ganado, escuálido. La pobreza había hecho su mansión en Israel; la miseria y el hambre rondaban por sus poblados tristes y polvorientos.

Elías se escondió en el torrente Querit, en la ribera oriental del Jordán. Allí había pasado algún tiempo. Pero también aquel torrente se secó. Y nuevamente el Señor dirige sus pasos: Vete a Sarepta de Sidón. Una pobre viuda que vive allí te alimentará... Unas palabras extrañas. En aquella región tampoco había llovido. Y de una pobre viuda poco se podía esperar. Pero Elías se marcha, obedece. Y cuando llega, la ve recogiendo leña. Le pide agua. Después, armándose de valor, le pide pan. Ella protesta, pero Elías insiste. La mujer obedece y el milagro se produce.

Tener fe, esperar contra toda esperanza. Aceptar los planes de Dios, por extraños que sean. Obedecer a la voluntad de Dios, aguardar serenos y confiados. El agua caerá a su tiempo y la tierra dará su fruto. Y lo que es más importante, en el corazón habrá brotado la esperanza, habrá brillado la fe, se habrá encendido el amor... Haznos comprender, Señor, que todo eso vale muchísimo más que tener todos los campos verdes y el ganado alimentado.

Aquella mujer responde enojada: “Ya ves que estoy recogiendo leña. Voy a hacer un pan para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos". Sus palabras están cargadas de tristeza. No hay otra solución. Se comerán lo poco que les queda y después, muy juntos, hijo y madre, esperarán la inexorable muerte. Pero Elías le dice: "No temas. Anda, prepáralo como has dicho; primero hazme a mí un panecillo y tráemelo; para ti y para tu hijo lo harás después". Ella se olvida por un momento del hambre, se dispone a entregar lo que Dios le pide por medio de su profeta. Y entonces "ni la orza de harina se vació ni la alcuza de aceite se agotó”.

Darlo todo, hasta quedarse sin nada. Dar lo más que podamos. Y mientras más entreguemos, mayor será la recompensa... Qué tontos somos, qué malos negociantes. No nos damos cuenta de que lo poco que entregamos se nos devuelve centuplicado, revalorizado con valor de eternidad. Ayúdanos, Señor, a darnos por completo, a darte, de un modo o de otro, cuanto tenemos... No creemos que tú seas muy poderoso, muy rico, muy dadivoso y magnánimo al corresponder, el ciento por uno y la vida eterna. No comprendemos que nadie te puede ganar en generosidad. Ten compasión de nuestra torpe y absurda tacañería. Y ayúdanos, te repito, a saber abrir generosamente nuestro corazón y nuestra cartera.

2.- LA GENEROSIDAD DE LOS POBRES.- Aquellos escribas hacían de su oficio un honor y no un servicio. Es cierto, y lo dice la Escritura, que quienes presiden y quienes enseñan a los demás merecen un doble honor. Pero ese honor y ese respeto ha de venir espontáneamente de quienes reciben la enseñanza, y nunca buscado ni exigido por quienes la imparten. Así, pues, a nuestros maestros y guías les debemos veneración y docilidad. Por el contrario, a quienes enseñamos -hay muchas maneras de ser maestro en la vida- les debemos nuestro tiempo y nuestros desvelos, un servicio desinteresado y generoso que sólo procure el bien de aquellos que el Señor, de un modo u otro, nos ha confiado.

Si no actuamos así, dice el Señor, recibiremos una sentencia más rigurosa. Es lógico que sea así. Si cumpliendo con el deber de enseñar a otros merecemos un premio especial, también será de especial el castigo si descuidamos tan grave obligación, como es la de mostrar el buen camino a los demás. Por eso hay que empeñarse con alma y vida en ser proyector de luces y no de sombras. Dar a manos llenas la buena doctrina y aprovechar todas las ocasiones y todos los recursos para difundir la Verdad.

Jesús con sus discípulos, como tantas otras veces, está sentado en los atrios del Templo. El Señor toma ocasión esta vez para impartir su enseñanza de un hecho que, quizá para muchos, pasó desapercibido. Entre aquellos que echaban grandes limosnas, casi oculta entre la muchedumbre, una pobre viuda echa también su humilde limosna, unos céntimos de euro diríamos hoy. Una insignificancia en fin, sobre todo en comparación con las grandes sumas que otros echaban.

Y, sin embargo, a los ojos de Jesús, o lo que es lo mismo a los ojos de Dios, aquella modesta limosna valía más que la de los otros. Estos echaban mucho al parecer, pero echaban de lo que les sobraba. En cambio, la pobre viuda daba cuanto tenía, que además, le era necesario para sobrevivir. Es un ejemplo de la generosidad de los pobres que a veces, ante la mirada divina, son mucho más ricos que los que tienen de sobra. Al fin y al cabo esa es la verdadera riqueza, la de la generosidad en el dar por amor de Dios. Bien dice el Señor que mejor es dar que recibir. Aparentemente resulta una paradoja, pero de cara a Dios así es. Quien da, movido por la caridad, recibe del Señor el ciento por uno y la vida eterna. Ojalá lo entendamos y lo practiquemos, ojalá seamos tan generosos como la pobre viuda, capaces de darlo todo.

DOS NOTAS DE UN COMPÁS: DIOS Y EL HOMBRE

Por Javier Leoz

Amar a Dios es relativamente fácil: es una realidad tan invisible, nos exige tan poco que –conquistarle a nuestra manera- (como dirían los jóvenes) ¡está chupado! Pero ¿le amamos como Él quiere? ¿Le cortejamos como El merece? ¿Le festejamos totalmente? ¿Le buscamos desde abajo y con los de abajo?

1.- Si, amigos; mirar hacia arriba, pensar en alto o en voz baja en Dios, no es muy comprometido a simple vista. Hacerlo, a través de la aduana de los hermanos; advirtiendo al que está en frente de mí como a un hermano (en el trabajo, en la vecindad, en la política, en la profesión, en el día a día) es todo un reto. Amar al prójimo, en muchísimos momentos, se convierte en todo una aventura; en una utopía. A veces, en algo insalvable y muy embarazoso que pone a prueba la autenticidad o falsedad de nuestra fe.

Pero, el Señor, nos advierte: el amor de Dios se filtra por el hombre y, el amor al hombre (el auténtico, que no conoce límites ni tregua, ni descansa –como diría San Pablo) tiene su origen y su fuente en Dios.

2.- Con el evangelio en la mano, la Palabra de Dios, nos invita a volcarnos con el de arriba y con el de abajo; a sonreír al guapo y al feo; a ayudar al que me cae bien y al que me cae mal; a perdonar al que está lejos y al que tengo cerca; a entregarme con el alegre y con el triste; con el pobre y con el rico…

-- ¡Escucha, hermano mío! Nos dice Jesús en el Evangelio de este día. Ya sé que eres sabedor de los Mandamientos de mi Padre; que intentas amarle (aunque a veces lo olvides); que respetas su nombre (aunque algunos lo maldigan y blasfemen); que miras al cielo (aunque andas demasiado pendiente de lo que ganas en la tierra).

-- ¡Escucha, hermano mío! Nos repite, Jesús: No arrincones ni el amor a Dios, ni tampoco el amor a los hombres. No te justifiques diciendo: ¡No puedo más! ¡Ya he cedido bastante! ¡Ya estoy canso de ser yo siempre quien perdone, quien se acerque, quien haga borrón y cuenta nueva, quien ponga la segunda mejilla!

--¡Escucha, hermano mío! Nos responde Jesús: yo también ofrecí la segunda mejilla; compartí la mesa con el que me traicionó y hasta me fie de quien, en las horas más amargas de mi vida, tres veces me negó. Pero los amé con locura. ¿Sabéis por qué? Porque eran hermanos míos. Hijos de un mismo Padre. Y, por mi Padre y porque sé que le agrada a mi Padre, los amé con la misma fuerza que os amo a vosotros.

Que esta eucaristía, con la escucha atenta del Evangelio, nos ayude a descubrir esas dos vías que –juntas y en paralelo- van derechas a la gloria que Dios nos tiene prometida: verle y contemplarle cara a cara por el amor que le tributamos en la tierra y porque, en el hermano, supimos honrarle, cuidarle y respetarle.

--¡Escucha, hermano mío! ¡No lo olvides! Que en el Año de la Fe no olvidemos ninguno de los dos caminos esenciales a nuestra fe: el amor a Dios y el amor al hombre

3.- HAZME VIVIR, SEÑOR, COMO TÚ DICES Y VIVES

Que haga, no aquello que el mundo espera, sino aquello que Tú deseas: para construir tu Reino siendo tu sal y tu luz Con tu fuerza, Señor, y en tu Palabra que viva con el fervor de tus discípulos con la sencillez de María o arropado con el testimonio de los mártires Pero, Señor, que no viva de espaldas a tu Verdad: que mi “sí” a tu voluntad, se manifieste en un compromiso sincero por un mundo mejor que mi “si” a tu Palabra sea luego imagen real de lo que pienso y realizo Que lejos de desafinar en mi existencia cristiana sepa armonizar mi idea, con mi práctica mis ilusiones, con mis realidades mis anhelos, con mis luchas diarias mi amistad contigo, con la fraternidad del día a día HAZME VIVIR, SEÑOR, COMO TÚ DICES Y VIVES Sin dividir mi estancia contigo, del servicio a los demás la oración que te contempla y te necesita del trabajo que me aguarda en la tierra que me espera Sin olvidar que, aun mirándote con mis ojos, o escuchándote con mis oídos me faltará por recorrer el camino del recio compromiso de la vida que se ofrece sin medida de los gestos de perdón o de confianza. HAZME VIVIR, SEÑOR, COMO TÚ DICES Y VIVES Desviviéndote, en tu intimidad con el Padre y deshaciéndote por la salvación de la humanidad Guiándote por la mano del Padre y dirigiendo con la tuya el camino del que te desea y busca Proclamando la bondad de Dios en un mundo egoísta y mostrando, con tus heridas y tu cruz, que tu vida no es solo palabra…no solo proyectos…que, tu vida, es hacer aquello que vives: ¡DIOS!

 

LA PARADOJA DE LA VIUDA POBRE

Por Ángel Gómez Escorial

1. - Llama la atención que Jesús no diga: "Esa pobre viuda no debería haber echado nada en el cepillo." Se refiere, sin embargo, al acto de suprema generosidad, que es entregar para el culto a Dios lo que era necesario y no superfluo. Los pobres, los desheredados, los marginados, los pecadores también deben ayudar a la Iglesia, igual que los ricos, los guapos, los triunfadores o los que se consideran justos y buenos. Igual, unos que otros, en cuanto al gesto de aportar y, obviamente, no igual respecto a la cantidad.

2. - A veces quienes reciben ayuda material de la Iglesia pueden negar a la Casa de Dios, en cualquier momento, su ayuda personal. Y eso no es justo. Incluso, si se quiere ver así, resulta discriminatorio para la Iglesia. Todos somos iguales ante la Madre Iglesia y todos debemos de atenderla y cuidarla. Si la Iglesia --todos los días-- reza por nosotros, hemos de hacerlo igualmente por ella y sus necesidades. Es verdad que todos somos Iglesia y por eso aparece esa igualdad que obliga a ricos y pobres. Jesús valoró la pequeña limosna de la viuda pobre, pero no aconsejó que no diera su moneda de dos reales. Es una enseñanza para meditar y entender que todos somos iguales en el Templo. A veces, pues, no solo hay que "obligar" a los ricos a esa igualdad, a los pobres también.

 

¿GENEROSIDAD IMPRUDENTE, ARRIESGADA, O SEGURA?

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- La primera lectura de la misa de hoy, hace referencia a Sarepta, una población que nunca he visitado. Sus ruinas, un tell, se encuentran, según leo, entre Sidón y Byblos, en el actual Líbano, junto a Sarafand. Se trataba sin duda, de una localidad pequeña, sin importancia y la generosa protagonista que atiende al profeta Elías, una fenicia cualquiera, una santa anónima, de las que celebrábamos el pasado primero de noviembre. Su gesto puede parecer irreflexivo, precipitado, atolondrado, y lo fue, nadie lo dude. ¡Cuánto prudente aburrido se arrastra por el mundo! Hastiado e infeliz, estoy seguro de que vosotros, mis queridos jóvenes lectores, conocéis un montón de estos. El proceder de esta mujer, se inscribiría en lo que hoy se llama ser emprendedor, pero ella no lo sabía. Era simplemente generosa. Se le presentaba la ocasión de ayudar a un hombre de Dios y no duda en hacerlo. Con ello se juega la vida. La de ella y la de su hijo.

2.- Ocurría entonces una temporada de crisis económica, semejante a la de hoy. Reacciona ella de esta manera, paradójicamente. Estamos en el año de la Fe y esta virtud lo es. Que no significa que sea incompatible con la verdad o con el bien. Está muy por encima de ellos. La Fe decimos que es sobrenatural, no simple sabiduría o erudición, la generosidad también. Muchos sabios, tal vez la mayoría, hubieran tomado precauciones, la mujer fenicia, no. Su gesto de desprenderse de lo poco que tiene a favor de otro, le proporcionó, paradójicamente, lo repito de nuevo, alimento mientras durase la hambruna, para los dos. Primero se arriesgó a quedarse sin nada, después, quien sabe lo que ocurriría. Pensando en ello, seguramente, imaginó que su último deseo antes de morir era ser generosa y no se equivocó.

3.- La abuelita viuda del relato del evangelio de la misa, atravesaría la gran explanada que se extendía alrededor del santuario. Por allí vería tantos puestos de venta, como en un mercadillo de los nuestros. Recordad a los vendedores que expulsó el Señor. Pero ella iba a lo suyo. Atravesaría balaustrada en la que se advertía que sólo les estaba permitido hacerlo a los fieles judíos. Continuó su camino y franqueó la puerta Hermosa, adentrándose en el llamado Atrio de las Mujeres. Para que me entendáis, una plazoleta cuadrada, en la que estaba permitida la estancia a judíos de ambos sexos, pero sólo a ellos. Apta para la convivencia y la plegaria. En sus ángulos había unos pequeños edificios destinados a almacenar leña para los sacrificios, aceite para el culto, recinto donde los sacerdotes examinaban a leprosos cuya curación se presumía y un lugar donde se guardaba el resultado de las limosnas ofrecidas, o donde directamente se podían introducir.

4.- Compartían allí el Señor y sus discípulos, pero Él observaba el entorno con atención. Por allí pasarían fariseos arrogantes como el de la parábola. Sacerdotes que atravesaban el área, para introducirse por la puerta de Nicanor en un espacio reservado al culto. En quien el Maestro se fijó, fue en esta anónima viuda pobre, que introdujo una monedita por la ranura. Caería el metal y se perdería en el montón del interior, sin que en nada se distinguiese de las demás. Pero no, su gesto, a los ojos de Jesús, era único, valía más que una fortuna, de aquí el elogio que de ella hizo. Continúa hoy habiendo generosidades de estas, las predilectas a los ojos de Dios. Los donativos de los ricos no se desdeñan, son limosnas que, como se nos dice en otro lugar la misma Escritura, perdonan los pecados. A veces su origen es dudoso. Las pequeñas limosnas de los pobres, siempre son oro de ley.

5.- Seguramente que muchos de vosotros, mis queridos jóvenes lectores, no disponéis de abundante dinero y subsistís de lo que vuestros padres os proporcionan, tal vez justo para los gastos, decís. A lo mejor para hábitos o vicios adquiridos, de los que no sabéis, o no creéis, poder libraros. La generosidad no está constreñida a límites. La aventura de la vida se goza mejor, libre de ahorros. Como el globo sube mejor si, desprovisto de cesta con mecheros o pasajeros que han pagado, no tiene otra cosa que gas helio o aire caliente. La pobreza siempre es combustible espiritual. Examinaos, aprended e imitad a ambas mujeres.