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SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

“Cristo ha resucitado, primicia de los que han muerto”. 1 Corintios 15,20.

Aprovechemos esta festividad, tan concurrida tradicionalmente en las iglesias y en los cementerios, para alimentar con la fe y la esperanza nuestra profunda relación con la patria celestial y con sus habitantes.

Según las palabras de san Pablo es la resurrección de Jesús la que hace posible yes primicia de la nuestra. No resucitó el alma de Jesús, sino su persona, por eso en el cielo no hay almas sino personas.

Los que se dejan evangelizar, aceptan con gratitud y alabanza esta Buena Noticia. Ésta corrige la mentalidad con la que el pueblo generalmente acude hoy a las iglesias y a la tumba de sus familiares difuntos.

La oración por los difuntos y las flores sobre su tumba, sincero testimonio de cariño, tienen el peligro de quedarse en un desahogo de la añoranza, mezclado con  un cierto miedo, más o menos intenso, a la propia muerte.

Hoy es un día oportuno para proclamar nuestra fe. “Creo en la resurrección de los muertos”. “Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado”. 1 Corintios 15, 16.

Esta fe la experimentamos especialmente cuando acompañamos desde esta fe a un agonizante hasta la puerta del cielo. Más aún si éste es una persona conocida y querida. En aquel trance sentimos lo cerca que está el cielo de  la tierra, nuestra peregrinación y la patria, nuestro mundo y Dios. “Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo”, Filipenses 3, 20.

El sacerdote y cualquier cristiano tienen ocasión de poder alimentar  esta verdad fundamental. Después de estas vivencias, en las que nos quedamos con un pie en este mundo y otro en el cielo, toda la siguiente mundana realidad queda transformada por una visión de fe que ayuda a verla desde Dios.

De este enlace surge la experiencia cristiana de la comunión de los santos. Por esta puerta humana, abierta en el día a día, vivimos un anticipo de la propia muerte y resurrección. La conexión que se anuda en esta vivencia de fe, se parece a la escala que vio en sueños Jacob, por la que subían y bajaban los ángeles, Génesis 28,12, pues el cielo queda conectado con la tierra en un punto localizable y en una fecha de la propia vida.

Falta explicar según la antropología cristiana el concepto de persona y de su corporeidad, para que las apariciones corporales de Jesús resucitado según los evangelios, no separen nuestra manera de resucitar de la de Jesús. Interviene en ello la exégesis de las mismas.

Nuestro cuerpo no es el yo de cada uno, somos más que nuestro cuerpo. Al menos ha de quedar claro que la vida que Dios nos da al nacer es la misma que continúa después de la muerte (Dios no retira sus dones) y que por  tanto el sujeto que la tuvo en este mundo, es el mismo que la goza junto a Dios, Creador y Padre. Él nos creó para resucitar. Dios siempre está creando y regalando vidas y siempre está recibiéndolas después del tiempo en este mundo. La muerte es el paso del tiempo y el lugar, a la eternidad de Dios.

 Se habló más del terrible juicio de Dios que de su paternal acogida de cada una de las vidas que Él creó, regaló y siguió con amor en todo momento, aunque el sujeto no lo supiera o lo despreciara.

El cielo que hoy se abre ante nuestra contemplación es el fundamento de nuestra esperanza. Poblado por tantos hermanos, algunos tan queridos, es el término de nuestro viaje. Éstos últimos son nuestra conexión personal con Jesús resucitado; su proximidad con el Señor les acercó a su plenitud, de modo que su bondad y su amor se ha multiplicado, como le pasa a todo el que experimenta la cercanía de Dios. En ellos está una fuente de esperanza y un asidero firme para los que seguimos aún peregrinando. Nuestro diálogo con ellos, normal y frecuente, forma parte de nuestro camino por el mundo.

                                                              Llorenç Tous