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En la cárcel, el Señor nos sale al encuentro

 

En el atardecer del viernes santo, el camino de la cruz, aunque áspero y duro, es transitado hoy por infinidad de personas, obligadas unas y voluntarias otras, el paso del Señor clavado en ella. Caminando con Él, hemos visto reflejado su rostro presente en la cárcel, confinado en la búsqueda desesperada de una luz que ilumine la propia vida. La bella austeridad de la plaza de san Pedro completamente vacía y la serena y cercana presencia del papa Francisco, nos introducen en una «vía» en la que nos encontramos con Jesús, el camino de la cruz que será el de la luz.  

Y la luz ha aparecido. Ha ido más allá de la cárcel y ha llegado a nuestros corazones. «Percibo –dice el primer preso que interviene– que ese Hombre inocente, condenado como yo, vino a buscarme a la cárcel para educarme a la vida» o la convicción de fe de una chica al decir que «cuando la desesperación toma el control, el Señor nos sale al encuentro». Me emocioné al recordar lo mismo visitando la cárcel de nuestra isla, cuando un preso me dijo «había perdido a Jesús y fue en esta cárcel donde él me esperaba». En medio de la soledad que se percibe en aquel azulado atardecer de Roma, la compañía de María hace decir a una madre encerrada con su familia que «sólo a ella le puede confiar sus miedos e implorar para ella la misericordia que sólo un madre puede experimentar».

«Simón de Cirene es mi compañero de celda –dice otro preso– el segundo nombre de los voluntarios, sueño convertirme en un cireneo de la alegría para alguien», ve a Cristo  como el que «mira nuestras fragilidades y límites, con ojos llenos de amor» y con la certeza que «para gente como nosotros la esperanza es una obligación». Padecer acusaciones falsas ha llevado a alguien a sufrir injustamente y decir «pude tocar con mi mano la acción de Dios en mi vida y, colgado en la cruz, mi sacerdocio se iluminó». No hay palabras que puedan describir la profundidad del mensaje que este viernes santo el papa Francisco ha querido transmitirnos, haciendo que personas privadas de libertad puedan darnos una lección de vida a todo el mundo.