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30º DOMINGO ORDINARIO (B)

“Maestro, que pueda ver”

Bartimeo se llamaba el ciego. Ciego como tantos otros que hoy día no tie­nen fe porque nadie se la contagió o porque otros se la quitaron con sus escándalos o bien porque él no supo o no quiso alimentarla.

Bartimeo nos indica el camino para poder volver a ver con los ojos de la fe. Estaba sentado pidiendo limosna, dependiendo de otros; cuan­do oye que pasa Jesús, grita insistentemente pidiéndole que se com­pa­dezca de él. El primer paso es darnos cuenta de dónde estamos cuando Dios pasa por nuestra vida. Benditos sufrimientos, enfer­medades, problemas o pecados que nos llevan a buscar a Dios. Éstos son su primer regalo cuando el Señor se acerca. Él tiene muchos mo­dos de acercarse. El cansancio, el vacío, las esclavitudes, las tinie­blas, el culto vacío, todo es un posible encuentro con Dios.

Bartimeo oyó el tumulto de la gente que seguía a Jesús y personalizó la relación con Él: ¡Ten compasión de mí! (o sea, ¡prescinde por un mo­mento de la gente y atiéndeme a mí!).

Al personalizar la relación y concretarla por la oración, Dios nos Escu­cha. “Pedid y recibiréis”. ¡La maravillosa bondad de Jesús que acoge la oración del pobre! El que no tiene una fe adulta está ciego.

La ceguera de Bartimeo le condujo a buscar la luz. Los sabios y en­ten­didos, los orgullosos que creen no necesitar a Dios, permane­cen en­­ ­sus tinieblas. Los pobres ven que necesitan a Dios y le buscan. Dios escucha la oración del pobre. ¿Quién no se siente pobre y ne­ce­si­tado si se enfrenta de verdad con la realidad de su propia vida o con la situación de otros y del mundo entero?

En muchos lugares nuestra Iglesia también queda retratada en el evan­gelio de hoy: “salía Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gen­­te”. Una gente a la que molestan los gritos de los que como Bar­timeo, piden compasión. Una multitud detrás de Jesús que no se re­la­ciona personalmente con él ni comparte su sensibilidad ante el pobre. Jesús deja esta turba y atiende personalmente a Bartimeo.

Aquí comienza la fe, en el corazón que sufre su propia tiniebla, en el alma del que reconoce su pobreza y grita con Bartimeo: Hijo de David, ten compasión de mí. Bartimeo repite su oración. Lucha contra los que le quieren cerrar la boca, da un salto y corre hacia él cuando se entera de que Jesús se le acerca.

“Tu fe te ha curado”

Se le abren los ojos cuando mira a través de los ojos del que es la luz del mundo. “Yo soy la luz del mundo, quien me siga no andará en ti­nie­blas”. Juan 8, 12.

Esa luz penetra toda realidad y nos descubre en ella la presencia de Dios, comenzando por la persona del creyente con toda su historia, sus pecados, deseos y limitaciones. Toda la vida queda emplazada an­te un nuevo horizonte; la fe crea nuevos recursos, cambia los cri­terios y nos pone en camino hacia Dios desde el devenir de cada día. Co­mo la luz lo cambia todo, también la fe cambia divinamente la rea­lidad, las personas y la historia. Más que cambiarla, nos descubre có­mo realmente es.

Aquella turba inconsciente que seguía a Jesús, le bastó a Bartimeo pa­ra comenzar su camino hacia la luz. También nosotros podemos apro­vechar ocasiones, aparentemente inútiles, para comenzar una re­la­ción con Dios que nos salve de las tinieblas que envuelven a tantos. El Espíritu Santo derrama el amor de Dios abundantemente sobre el mun­do, el que busque, encontrará.

¿Cómo despertar en otros la fe? Viviendo nosotros la relación con Je­sús y hablando de ella a los demás. El resto corre a cuenta de Dios y de la libertad del prójimo. Al menos sembrando a voleo semillas de evangelio.

¿Podemos imaginar la alegría y la gratitud de Bartimeo cuando comenzó a ver? Se le presentó el rostro amable de Jesús en el que vio a Dios. Descubrió el mundo, otro mundo. Corrió alegre detrás de su Maestro salvador. Proclamó con gozo su cambio a todos, sobre todo a otros ciegos. Quedó consagrado en su amistad con Jesús para siempre.

Llorenç Tous