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PALAUDELEGACIÓ PASTORAL DE LA SALUT




VIAJE APOSTÓLICO
A FRANCIA CON OCASIÓN DEL 150 ANIVERSARIO
DE LAS APARICIONES DE LOURDES
(12 - 15 DE SEPTIEMBRE DE 2008)

SANTA MISA CON LOS ENFERMOS 
HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
Basílica de Nuestra Señora del Rosario, Lourdes
Lunes 15 de septiembre de 2008

Queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
queridos enfermos, acompañantes, y quienes los acogen,
queridos hermanos y hermanas:

Ayer celebramos la Cruz de Cristo, instrumento de nuestra salvación, que nos revela en toda su plenitud la misericordia de nuestro Dios. En efecto, la Cruz es donde se manifiesta de manera perfecta la compasión de Dios con nuestro mundo. Hoy, al celebrar la memoria de Nuestra Señora de los Dolores, contemplamos a María que comparte la compasión de su Hijo por los pecadores. Como afirma san Bernardo, la Madre de Cristo entró en la Pasión de su Hijo por su compasión (cf. Sermón en el domingo de la infraoctava de la Asunción). Al pie de la Cruz se cumple la profecía de Simeón de que su corazón de madre sería traspasado (cf. Lc 2,35) por el suplicio infligido al Inocente, nacido de su carne. Igual que Jesús lloró (cf. Jn 11,35), también María ciertamente lloró ante el cuerpo lacerado de su Hijo. Sin embargo, su discreción nos impide medir el abismo de su dolor; la hondura de esta aflicción queda solamente sugerida por el símbolo tradicional de las siete espadas. Se puede decir, como de su Hijo Jesús, que este sufrimiento la ha guiado también a Ella a la perfección (cf. Hb 2,10), para hacerla capaz de asumir la nueva misión espiritual que su Hijo le encomienda poco antes de expirar (cf. Jn 19,30): convertirse en la Madre de Cristo en sus miembros. En esta hora, a través de la figura del discípulo a quien amaba, Jesús presenta a cada uno de sus discípulos a su Madre, diciéndole: “Ahí tienes a tu hijo” (Jn 19,26-27).
María está hoy en el gozo y la gloria de la Resurrección. Las lágrimas que derramó al pie de la Cruz se han transformado en una sonrisa que ya nada podrá extinguir, permaneciendo intacta, sin embargo, su compasión maternal por nosotros. Lo atestigua la intervención benéfica de la Virgen María en el curso de la historia y no cesa de suscitar una inquebrantable confianza en Ella; la oración Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María! expresa bien este sentimiento. María ama a cada uno de sus hijos, prestando una atención particular a quienes, como su Hijo en la hora de su Pasión, están sumidos en el dolor; los ama simplemente porque son sus hijos, según la voluntad de Cristo en la Cruz.
El salmista, vislumbrando de lejos este vínculo maternal que une a la Madre de Cristo con el pueblo creyente, profetiza a propósito de la Virgen María que “los más ricos del pueblo buscan tu sonrisa” (Sal 44,13). De este modo, movidos por la Palabra inspirada de la Escritura, los cristianos han buscado siempre la sonrisa de Nuestra Señora, esa sonrisa que los artistas en la Edad Media han sabido representar y resaltar tan prodigiosamente. Este sonreír de María es para todos; pero se dirige muy especialmente a quienes sufren, para que encuentren en Ella consuelo y sosiego. Buscar la sonrisa de María no es sentimentalismo devoto o desfasado, sino más bien la expresión justa de la relación viva y profundamente humana que nos une con la que Cristo nos ha dado como Madre.
Desear contemplar la sonrisa de la Virgen no es dejarse llevar por una imaginación descontrolada. La Escritura misma nos la desvela en los labios de María cuando entona el Magnificat: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador” (Lc 1,46-47). Cuando la Virgen María da gracias a Dios nos convierte en testigos. María, anticipadamente, comparte con nosotros, sus futuros hijos, la alegría que vive su corazón, para que se convierta también en la nuestra. Cada vez que se recita el Magnificat nos hace testigos de su sonrisa. Aquí, en Lourdes, durante la aparición del miércoles, 3 de marzo de 1858, Bernadette contempla de un modo totalmente particular esa sonrisa de María. Ésa fue la primera respuesta que la Hermosa Señora dio a la joven vidente que quería saber su identidad. Antes de presentarse a ella algunos días más tarde como la Inmaculada Concepción, María le dio a conocer primero su sonrisa, como si fuera la puerta de entrada más adecuada para la revelación de su misterio.
En la sonrisa que nos dirige la más destacada de todas las criaturas, se refleja nuestra dignidad de hijos de Dios, la dignidad que nunca abandona a quienes están enfermos. Esta sonrisa, reflejo verdadero de la ternura de Dios, es fuente de esperanza inquebrantable. Sabemos que, por desgracia, el sufrimiento padecido rompe los equilibrios mejor asentados de una vida, socava los cimientos fuertes de la confianza, llegando incluso a veces a desesperar del sentido y el valor de la vida. Es un combate que el hombre no puede afrontar por sí solo, sin la ayuda de la gracia divina. Cuando la palabra no sabe ya encontrar vocablos adecuados, es necesaria una presencia amorosa; buscamos entonces no sólo la cercanía de los parientes o de aquellos a quienes nos unen lazos de amistad, sino también la proximidad de los más íntimos por el vínculo de la fe. Y ¿quién más íntimo que Cristo y su Santísima Madre, la Inmaculada? Ellos son, más que nadie, capaces de entendernos y apreciar la dureza de la lucha contra el mal y el sufrimiento. La Carta a los Hebreos dice de Cristo, que Él no sólono es incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo exactamente como nosotros (cf. Hb 4,15). Quisiera decir humildemente a los que sufren y a los que luchan, y están tentados de dar la espalda a la vida: ¡Volveos a María! En la sonrisa de la Virgen está misteriosamente escondida la fuerza para continuar la lucha contra la enfermedad y a favor de la vida. También junto a Ella se encuentra la gracia de aceptar sin miedo ni amargura el dejar este mundo, a la hora que Dios quiera.
Qué acertada fue la intuición de esa hermosa figura espiritual francesa, Dom Jean-Baptiste Chautard, quien en El alma de todo apostolado, proponía al cristiano fervoroso encontrarse frecuentemente con la Virgen María con la mirada”. Sí, buscar la sonrisa de la Virgen María no es un infantilismo piadoso, es la aspiración, dice el salmo 44, de los que son “los más ricos del pueblo” (44,13). “Los más ricos” se entiende en el orden de la fe, los que tienen mayor madurez espiritual y saben reconocer precisamente su debilidad y su pobreza ante Dios. En una manifestación tan simple de ternura como la sonrisa, nos damos cuenta de que nuestra única riqueza es el amor que Dios nos regala y que pasa por el corazón de la que ha llegado a ser nuestra Madre. Buscar esa sonrisa es ante todo acoger la gratuidad del amor; es también saber provocar esa sonrisa con nuestros esfuerzos por vivir según la Palabra de su Hijo amado, del mismo modo que un niño trata de hacer brotar la sonrisa de su madre haciendo lo que le gusta. Y sabemos lo que agrada a María por las palabras que dirigió a los sirvientes de Caná: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2,5).
La sonrisa de María es una fuente de agua viva. “El que cree en mí -dice Jesús- de sus entrañas manarán torrentes de agua viva” (Jn 7,38). María es la que ha creído, y, de su seno, han brotado ríos de agua viva para irrigar la historia de la humanidad. La fuente que María indicó a Bernadette aquí, en Lourdes, es un humilde signo de esta realidad espiritual. De su corazón de creyente y de Madre brota un agua viva que purifica y cura. Al sumergirse en las piscinas de Lourdes cuántos no han descubierto y experimentado la dulce maternidad de la Virgen María, juntándose a Ella par unirse más al Señor. En la secuencia litúrgica de esta memoria de Nuestra Señora la Virgen de los Dolores, se honra a María con el título de Fons amoris, “Fuente de amor”. En efecto, del corazón de María brota un amor gratuito que suscita como respuesta un amor filial, llamado a acrisolarse constantemente. Como toda madre, y más que toda madre, María es la educadora del amor. Por eso tantos enfermos vienen aquí, a Lourdes, a beber en la “Fuente de amor” y para dejarse guiar hacia la única fuente de salvación, su Hijo, Jesús, el Salvador.
Cristo dispensa su salvación mediante los sacramentos y de manera muy especial, a los que sufren enfermedades o tienen una discapacidad, a través de la gracia de la Unción de los Enfermos. Para cada uno, el sufrimiento es siempre un extraño. Su presencia nunca se puede domesticar. Por eso es difícil de soportar y, más difícil aún -como lo han hecho algunos grandes testigos de la santidad de Cristo- acogerlo como ingrediente de nuestra vocación o, como lo ha formulado Bernadette, aceptar “sufrir todo en silencio para agradar a Jesús”. Para poder decir esto hay que haber recorrido un largo camino en unión con Jesús. Desde ese momento, en compensación, es posible confiar en la misericordia de Dios tal como se manifiesta por la gracia del Sacramento de los Enfermos. Bernadette misma, durante una vida a menudo marcada por la enfermedad, recibió este sacramento en cuatro ocasiones. La gracia propia del mismo consiste en acoger en sí a Cristo médico. Sin embargo, Cristo no es médico al estilo de mundo. Para curarnos, Él no permanece fuera del sufrimiento padecido; lo alivia viniendo a habitar en quien está afectado por la enfermedad, para llevarla consigo y vivirla junto con el enfermo. La presencia de Cristo consigue romper el aislamiento que causa el dolor. El hombre ya no está solo con su desdicha, sino conformado a Cristo que se ofrece al Padre, como miembro sufriente de Cristo y participando, en Él, al nacimiento de la nueva creación.
Sin la ayuda del Señor, el yugo de la enfermedad y el sufrimiento es cruelmente pesado. Al recibir la Unción de los Enfermos, no queremos otro yugo que el de Cristo, fortalecidos con la promesa que nos hizo de que su yugo será suave y su carga ligera (cf. Mt 11,30). Invito a los que recibirán la Unción de los Enfermos durante esta Misa a entrar en una esperanza como ésta.
El Concilio Vaticano II presentó a María como la figura en la que se resume todo el misterio de la Iglesia (cf. Lumen gentium, 63-65). Su trayectoria personal representa el camino de la Iglesia, invitada a estar completamente atenta a las personas que sufren. Dirijo un afectuoso saludo a los miembros del Cuerpo médico y de enfermería, así como a todos los que, de diverso modo, en los hospitales u otras instituciones, contribuyen al cuidado de los enfermos con competencia y generosidad. Quisiera también decir a todos los encargados de la acogida, a los camilleros y acompañantes que, de todas las diócesis de Francia y de más lejos aún, acompañan durante todo el año a los enfermos que vienen en peregrinación a Lourdes, que su servicio es precioso. Son el brazo de la Iglesia servidora. Deseo, en fin, animar a los que, en nombre de su fe, acogen y visitan a los enfermos, sobre todo en los hospitales, en las parroquias o, como aquí, en los santuarios. Que, como portadores de la misericordia de Dios (cf. Mt 25, 39-40), sientan en esta misión tan delicada e importante el apoyo efectivo y fraterno de sus comunidades. En este sentido, saludo de modo particular, y doy las gracias también, a mis hermanos en el Episcopado, los Obispos franceses, los Obispos de otros lugares y los sacerdotes, los cuales acompañan a los enfermos y a los hombres tocados por el sufrimiento en el mundo. Gracias por vuestro servicio al Señor que esta sufriendo.
El servicio de caridad que hacéis es un servicio mariano. María os confía su sonrisa para que os convirtáis vosotros mismos, fieles a su Hijo, en fuente de agua viva. Lo que hacéis, lo hacéis en nombre de la Iglesia, de la que María es la imagen más pura. ¡Que llevéis a todos su sonrisa!
Al concluir, quiero sumarme a las oraciones de los peregrinos y de los enfermos y retomar con vosotros un fragmento de la oración a María propuesta para la celebración de este Jubileo:

“Porque eres la sonrisa de Dios, el reflejo de la luz de Cristo, la morada del Espíritu Santo,
porque escogiste a Bernadette en su miseria, porque eres la estrella de la mañana, la puerta del cielo y la primera criatura resucitada, Nuestra Señora de Lourdes, junto con nuestros hermanos y hermanas cuyo cuerpo y corazón están doloridos, te decimos: ruega por nosotros”.

MENSAJE DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
CON OCASION DE LA XV JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO

Seúl, Corea – 11 febrero 2007

 

 

Queridos hermanos y queridas hermanas:

El 11 de febrero de 2007, día que la Iglesia celebra la memoria litúrgica de Nuestra Señora de Lourdes, se desarrollará en Seúl, Corea, la Decimoquinta Jornada Mundial del Enfermo. Se realizará una serie de encuentros, conferencias, reuniones pastorales y celebraciones litúrgicas con los representantes de la Iglesia en Corea, con el personal sanitario, los enfermos y sus familiares. Una vez más la Iglesia manifiesta su solicitud  por los que sufren y llama la atención sobre los enfermos incurables, muchos de los cuales están muriendo debido a enfermedades en fase terminal. Los encontramos en cada uno de los continentes, especialmente en los lugares en donde la pobreza y las dificultades causan una inmensa miseria y dolor. Consciente de dichos sufrimientos, estaré presente espiritualmente en la Jornada Mundial del Enfermo, en unión con quienes se reunirán para discutir sobre la plaga de las enfermedades incurables en nuestro mundo y animarán los esfuerzos de las comunidades cristianas que atestiguan la ternura y la misericordia del Señor.

El hecho de enfermar trae consigo, inevitablemente, momentos de crisis y una seria confrontación con la propia situación personal. A menudo, los progresos en las ciencias médicas proporcionan los instrumentos necesarios para afrontar este reto, por lo menos en lo que concierne a los aspectos físicos. De todos modos, la vida humana tiene sus límites intrínsecos y antes o después termina con la muerte. Se trata de una experiencia a la que está llamado y debe prepararse el ser humano. A pesar de los avances de la ciencia, no existen tratamientos para todas las enfermedades y, por tanto, en los hospitales, en los hospicios y en las casas en todo el mundo nos enfrentamos con el sufrimiento de numerosas hermanas y hermanos nuestros incurables y en fase terminal. Además, muchos millones de personas en el mundo viven en condiciones de vida insalubres y no pueden acceder a recursos médicos muy básicos con el resultado de que el número de seres humanos en cuanto “incurable” ha aumentado considerablemente.

La Iglesia quiere sostener a los enfermos incurables y a los que se encuentran en  la fase terminal exhortando a políticas sociales equitativas que contribuyan a eliminar las causas de muchas enfermedades y pide con urgencia una mejor asistencia a favor de los moribundos y de los que no cuentan con algún cuidado médico. Es necesario promover políticas capaces de crear condiciones para que los seres humanos sobrelleven incluso las enfermedades incurables y afronten dignamente la muerte. Al respecto, es necesario subrayar una vez más la necesidad de contar con más centros para los cuidados paliativos que brinden una asistencia integral, proporcionando a los enfermos la ayuda humana y el seguimiento espiritual necesarios.

Este es un derecho del ser humano que todos debemos tener el empeño de defenderlo.

Deseo animar los esfuerzos de las personas que trabajan cotidianamente para garantizar una asistencia adecuada y amorosa a los enfermos incurables y a los que se encuentran en la fase terminal, lo mismo que a sus familias.

Siguiendo el ejemplo del Buen Samaritano, la Iglesia siempre ha mostrado una particular solicitud por los enfermos. Mediante cada uno de sus miembros y de sus instituciones, sigue permaneciendo junto a los que sufren y a los moribundos, tratando de preservar su dignidad en estos momentos significativos de la existencia humana. Muchas de estas personas, personal sanitario, agentes de pastoral y voluntarios, e instituciones en todo el mundo, sirven incansablemente a los enfermos, en los hospitales y en las unidades para cuidados paliativos, en las calles de las ciudades, en el ámbito de los proyectos de asistencia domiciliaria y en las parroquias.

Ahora, me dirijo a vosotros, queridos hermanos y queridas hermanas que sufrís de enfermedades incurables y que estáis en la fase terminal. Os animo a contemplar los sufrimientos de Cristo crucificado y, en unión con El, a dirigiros al Padre con total confianza ya que toda la vida, y la vuestra en particular, está en sus manos. Sabed que vuestros sufrimientos, unidos a los de Cristo, serán provechosos para las necesidades de la Iglesia y del mundo. Pido al Señor que refuerce vuestra fe en su amor, especialmente durante las pruebas que estáis afrontando. Espero que, en cualquier parte os encontréis, halléis el estímulo y la fuerza espirituales necesarios para alimentar vuestra fe y os conduzca más cerca de Dios, Padre de la vida. Por medio de sus colaboradores de pastoral, la Iglesia desea sosteneros y estar a vuestro lado, ayudándoos en el momento de la necesidad y, por tanto, haciendo presente la amorosa misericordia de Cristo hacia el que sufre.

Finalmente, pido a las comunidades eclesiales en todo el mundo, y en particular a las que se dedican al servicio de los enfermos que, con la ayuda de María, Salus Infirmorum, continúen proporcionando un testimonio eficaz de la solicitud amorosa de Dios, nuestro Padre. Que la Beata Virgen, nuestra Madre, consuele a los enfermos y apoye a los que dedican su vida, como Buenos Samaritanos, a curar las heridas físicas y espirituales de los que sufren. Unido a vosotros con el pensamiento y la oración, os imparto de corazón mi Bendición Apostólica como prenda de fuerza y de paz en el Señor.

 Desde el Vaticano, 8 de diciembre de 2006.

BENEDICTO XVI

   
ver ficheroLa pastoral de la salud en el nuevo contexto socio-sanitario

 

LEMA: “Acoger, comprender, acompañar”

Introducción

Han pasado veinte años desde que se promulgó la Ley General de Sanidad (1986). Ese mismo año entraba en vigor el Acuerdo Marco sobre la asistencia religiosa en centros hospitalarios públicos. Diez años más tarde (1996) veía la luz el libro de las actas del Congreso “Iglesia y Salud”.

A lo largo de este tiempo, ese mundo de la Salud ha vivido un proceso de cambios para promover la salud y afrontar la prevención y el tratamiento de las enfermedades. En él aparecen realidades y retos nuevos que afectan a la entraña misma de la evangelización.

La Pastoral de la Salud, presente e inmersa en esta dinámica de cambios, ha vivido estos acontecimientos como un momento significativo y una oportunidad para reforzar una Pastoral de vida en una realidad compleja y en evolución constante.

La Campaña del Enfermo 2007 nos invita a profundizar en la situación actual para describir sus características y concretar los objetivos a seguir en esta Pastoral que quiere ser buena noticia para los que afrontan su enfermedad como una realidad a integrar en su vida.

Razones para la Campaña

1.      El mundo de la salud siempre se ha visto como una realidad compleja, viva y en evolución constante. Los cambios no son una pura cuestión organizativa, sino algo mucho más hondo: de tipo cultural y antropológico; de modos de vivir y de creencias; de nuevos avances cada vez más incisivos en su relación con los procesos de vida y de muerte.

2.      El hospital se va configurando, cada vez más, como un lugar cargado de tecnología y de posibilidades de intervención; un lugar preferente de investigación biomédica, una institución docente modeladora de una cultura sanitaria que influirá en la comprensión que de la salud, la enfermedad, el sufrimiento y la muerte adquiera la sociedad. La estancia hospitalaria se reduce y aumenta el número de pacientes que han de vivir largos períodos de su enfermedad en sus domicilios. La esperanza de vida es mayor, vivimos más años, contamos con más tecnología accesible y, como consecuencia, convivimos más tiempo con enfermedades degenerativas, o enfermedades  que se cronifican.

3.      En este contexto aparece en nuestra sociedad el concepto de lo socio­-sanitario. Lugar de paso o de reubicación de los enfermos en sus procesos de rehabilitación, de cronificación o de atención paliativa. Hoy el debate está caracterizado por la constatación de falta de oferta y desequilibrio en torno a la cobertura de las necesidades de determinados colectivos o individuos desde el sistema de protección social. Este espacio vital y humano es un nuevo objetivo de la Pastoral de la Salud. Aquí también hay acontecimientos humanos que acompañar, debates éticos que iluminar, necesidades espirituales que atender.

4.      Las investigaciones, los avances biomédicos y nuevas situaciones de la realidad sanitaria hacen del de­bate bio­ético un campo de reflexión y de toma de decisiones delicado y nada fácil. La misma pluralidad bioética deja entrever que las propuestas, los de­bates y las sensibilidades existentes son el reflejo de una sociedad plural, pragmá­tica y con marcado acento individualista.

5.      El derecho a la salud y la responsabilidad que cada ciudadano ha de tomar frente a ella, ha favorecido el desarrollo de nuevas normativas que regulan la autonomía del paciente y su toma de decisiones, prestándole una mayor protección para que se realice su voluntad en situaciones delicadas y dentro el marco legal.

6.      Por otro lado, la pluralidad religiosa y la incorporación de conceptos que describen los aspectos espirituales y religiosos de las personas, se presenta como un avance significativo. Estamos ante un nuevo escenario donde hay que resituar todo este bagaje y los nuevos retos para poder concretar mejor la aportación terapéutica de la Iglesia en el mundo de la salud.

7.      La Ley General de Sanidad universalizó la asistencia sanitaria y creó una situación nueva en nuestro Estado. El Acuerdo Marco sobre la Asistencia Religiosa, constituyó un buen instrumento para mejorar la asistencia religiosa a las personas católicas ingresadas en el hospital.

8.      El Congreso “Iglesia y Salud” fue una gran experiencia humana, eclesial y de fe, que ha tenido una repercusión muy positiva en la marcha de la pastoral de la salud en la Iglesia española. Consecuencia del Congreso es el Informe sobre «Iglesia y Salud», presentado en la LXIV Asamblea Plenaria de la CEE, en el que se apuntan las líneas de acción para renovar y dar un nuevo impulso a la pastoral de la Iglesia en este campo de la salud y la enfermedad.

9.      Estos documentos y el trabajo y esfuerzo de personas e instituciones, generaron unas nuevas posibilidades en la responsabilidad de la atención integral del enfermo y abrieron amplias expectativas en cuanto a la creatividad desde la dimensión pastoral. Renovaron estructuras que habían quedado desfasadas. Ampliaron la participación de los agentes de pastoral incorporando a los religiosos y religiosas, a los laicos y laicas. Se consolidaron algunos modelos asistenciales que servían de referencia para aquellos que quisieran introducirse en la nueva dinámica.

10.  Situados en esta dinámica, deseamos reflexionar sobre una pastoral de la salud que es punto de encuentro para los grandes acontecimientos fundamentales de la persona hu­mana y buena noticia saludable para quienes buscan una salida, una res­puesta o un sentido en los momentos difíciles que hayan de afrontar.

«La Iglesia está llamada a recorrer el camino del hombre, especialmente cuando pasa por la experiencia del sufrimiento y de la enfermedad» (SD 3).  Por eso, la acción evangelizadora de la Iglesia quiere encarnarse en la realidad actual, nueva y cambiante, asumiendo los retos que sea capaz de identificar.

  Objetivos de la Campaña.

1.      Hacer memoria agradecida del camino recorrido por la pastoral de la salud y situarse con realismo en el momento presente de la Iglesia y del mundo de la salud.

2.      Tomar conciencia de la realidad actual, de los cambios que se han producido y se están produciendo en el ámbito de la salud y sociosanitario para descubrir lo nuevo e identificar los retos que se plantean a la pastoral de la salud.

3.      Identificar los objetivos o prioridades pastorales en el nuevo escenario para impulsar con energía renovada la acción evangelizadora de la iglesia en el mundo de la salud y los servicios religiosos en particular.

Destinatarios de la Campaña

·        Los enfermos y sus familias.

·        Las instituciones sanitarias y sociosanitarias, especialmente las de la Iglesia.

·        La jerarquía de la Iglesia, los Organismos de promoción y decisión pastoral y las Instituciones docentes de la Iglesia en el campo de la Pastoral.

·        Los servicios de asistencia religiosa de los hospitales.

·        Las comunidades cristianas y equipos de pastoral de la salud.

·        Las congregaciones religiosas sanitarias.

·        Las congregaciones de vida contemplativa.

·        Los Profesionales de la Salud

·        La sociedad en general.

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MENSAJE DEL PONTIFICIO CONSEJO

PARA LA PASTORAL DE LA SALUD

 JORNADA MUNDIAL DEL SIDA, 1 de diciembre de 2006

Como es costumbre, el Pontificio Consejo para la Pastoral de la Salud, que representa la atención y la solicitud de la Iglesia hacia los que sufren en la enfermedad, especialmente para con los menos protegidos y abandonados, en este día dedicado a escala mundial al cuidado de los enfermos de SIDA, quiere permanecer siempre unido a ellos y, al mismo tiempo, orar e invitar a todos para que eleven sus oraciones al Señor, de quien procede la salud y la vida, y brindemos nuestra ayuda a estos enfermos agobiados por la terrible pandemia y a todos los que, debido a dicha enfermedad, están heridos íntimamente: los huérfanos, las viudas y los abuelos que se deben ocupar de sus nietos cuyos padres han muerto, etc.

     Todos sabemos que para eliminar esta enfermedad el factor más importante es la prevención. En esta jornada mundial, dedicada a los enfermos de SIDA, debemos hablar ante todo de la prevención y en este ámbito ocupa un lugar prioritario la educación. No se trata únicamente de simple información sobre la enfermedad o de las disposiciones para evitarla, sino de algo que, apoderándonos, lo convertimos en un faro de vida. Se requiere una información adecuada, por cierto, pero debemos hacerla propia, asimilarla y aplicarla colmando las necesidades y encontrando nuevos horizontes para progresar, saber más y lograr debelar definitivamente esta enfermedad. Sabemos bien que el SIDA tiene solamente tres vías de transmisión : la sangre, el conducto materno filial y el acto sexual. En la prevención hay que estar muy atentos a estos tres canales de contagio y, en particular, al contacto sanguíneo. Las transfusiones de sangre salvan muchas vidas, pero también pueden arruinarlas. Los responsables de los bancos de sangre y de las transfusiones en los hospitales deben tener el máximo cuidado para no contagiar a los pacientes, evitando así, que en vez de proporcionarles un beneficio con la transfusión, se les arruine su vida con esta enfermedad mortal. Es preciso evitar la transmisión a través de las agujas. Es frecuente la transmisión de la enfermedad por el uso de jeringas o agujas infectadas utilizadas para el suministro de drogas, el “piercing” y los “tatuajes”.

     Gracias a Dios, la ciencia ha hecho grandes progresos y, en muchos casos, es posible bloquear la transmisión del SIDA como en los recién nacidos actuando en los conductos maternos. Urge que los responsables pongan en marcha campañas necesarias para disponer de medicamentos eficaces al tratamiento de las madres infectadas y la protección de sus hijos.

     En lo que se refiere a la educación sexual, es preciso tener en cuenta ante todo que no se trata sólo de una simple información genital, sino más bien de enseñar los verdaderos valores de la sexualidad como expresión privilegiada del amor de Dios que permite que el hombre y la mujer sean “lo humano” y reproduzcan la imagen de Dios en un amor total, espléndido y fecundo. Este valor debe ser inculcado en primer lugar por la familia para luego ser reforzado, de acuerdo con los padres, en el período escolar. También en la Catequesis de la Iglesia se debe insistir sobre los valores fundamentales de la existencia, integrando el sentido de la sexualidad con el del Mensaje evangélico. La sexualidad es la fuente de la vida; todo uso de la sexualidad que no se abre a la vida sino a la muerte, es la contradicción flagrante de la esencia misma de la sexualidad.

     Después de la fase tan importante de la prevención, tenemos una segunda fase en la que debemos comprometernos: el cuidado y el seguimiento. Sabemos que hasta el momento no existe curación para esta enfermedad, pero los fármacos antiretrovirales, junto con una adecuada dieta, refuerzan el sistema inmunitario destruido por el virus y permiten ampliar considerablemente la vida de los enfermos.

     En esta etapa de la acción pastoral dedicada a los enfermos de SIDA, el aspecto más difícil es que sean conscientes y que admitan haber sido contagiados. Ante todo, es preciso que los “test” sean fiables y no lleven a conclusiones equivocadas, positivas  o negativas. Se necesita, además, una fe muy profunda para entender el sentido de una vida afectada por el SIDA. De parte de los agentes sanitarios es preciso la máxima discreción y delicadeza para entender al enfermo y acompañarlo en una vida totalmente especial, pero que con la luz de la fe podría ser maravillosa.

     La tercera fase consiste en la asistencia a los enfermos en la etapa terminal. Aquí, en la fe cristiana, se debe asimilar el sentido pleno de la existencia. Solamente a través de la cruz se tiene el gozo de la resurrección: cuando esta verdad es asimilada, cuando se vuelve vital, se convierte en faro luminoso que incluso puede colmar al enfermo quizás no de bienestar pero sí de felicidad. Él es un testigo de la vida futura. La fe cristiana nos enseña que la vida en la tierra es sólo el inicio; la vida que seguirá no tendrá fin. Es verdad que para quien no posee la fe cristiana, esto no tiene sentido: sin la fe la vida no conlleva un sentido definitivo beatificante. La tercera fase, en la que intervienen los agentes sanitarios, las familias y todos los que están al lado de los enfermos, debe estar acompañada de ternura, amor, fe y especialmente de esperanza. Se necesita una esperanza muy fuerte, esa virtud que nos sostiene en la fase final de la existencia.

     El Mensaje del Pontificio Consejo para la Pastoral de la Salud no es un Mensaje neutral. Es un mensaje cristiano, que se dirige a los cristianos y también a las personas de buena voluntad que quieren dar un sentido a su existencia, especialmente cuando se encuentran frente al paso inevitable.

     Ciudad del Vaticano, 1 de diciembre de 2006

    + Javier Card. Lozano Barragán

Presidente del Pontificio Consejo

para la Pastoral de la Salud

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MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
PARA LA XIV JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO 2006

             Queridos hermanos y hermanas:

 
            El 11 de febrero de 2006, memoria litúrgica de Nuestra Señora de Lourdes, se celebrará la XIV Jornada mundial del enfermo. El año pasado la Jornada tuvo lugar en el santuario mariano de Mvolyé, en Yaundé, y en esa ocasión los fieles y sus pastores, en nombre de todo el continente africano, reafirmaron su compromiso pastoral en favor de los enfermos. La próxima se tendrá en Adelaida (Australia), y las manifestaciones culminarán con la celebración eucarística en la catedral dedicada a San Francisco Javier, misionero incansable de las poblaciones de Oriente.

 
            En esa circunstancia, la Iglesia quiere inclinarse con particular solicitud sobre los que sufren, llamando la atención de la opinión pública hacia los problemas relacionados con la discapacidad mental, que afecta ya a una quinta parte de la humanidad y constituye una auténtica emergencia socio-sanitaria. Recordando la atención que mi venerado predecesor Juan Pablo II prestaba a esta celebración anual, también yo, queridos hermanos y hermanas, quisiera hacerme espiritualmente presente en la Jornada mundial del enfermo, para reflexionar, en sintonía con los participantes, sobre la situación de los enfermos mentales en el mundo, y para solicitar el esfuerzo de las comunidades eclesiales por testimoniarles la tierna misericordia del Señor.

 
            En muchos países no existe aún una legislación en esta materia, y en otros falta una política definida para la salud mental. Asimismo, conviene constatar que la persistencia de conflictos armados en varias regiones de la tierra, la sucesión de enormes catástrofes naturales y la difusión del terrorismo, además de causar un número impresionante de muertos, han originado en muchos supervivientes traumas psíquicos, a veces difícilmente recuperables.

 
            Por otra parte, los expertos reconocen que, en los países de elevado desarrollo económico, la crisis de valores morales influye negativamente en el origen de nuevas formas de malestar mental. Eso aumenta el sentido de soledad, minando e incluso destruyendo las tradicionales formas de cohesión social, comenzando por la institución de la familia, y marginando a los enfermos, de modo especial a los mentales, considerados a menudo como un peso para la familia y para la comunidad.

 
            Aquí quisiera rendir homenaje a los que, de diversos modos y en distintos niveles, se esfuerzan para que no decaiga el espíritu de solidaridad y para que, por el contrario, se persevere en cuidar de estos hermanos y hermanas nuestros, inspirándose en ideales y principios humanos y evangélicos.
Por tanto, apoyo los esfuerzos de quienes trabajan para que a todos los enfermos mentales se les presten los cuidados necesarios. Por desgracia, en muchas partes del mundo, los servicios para estos enfermos o no existen, o resultan insuficientes, o se están desmantelando. El contexto social no siempre acepta a los enfermos mentales con sus limitaciones, y también por esto existen dificultades para encontrar los recursos humanos y económicos que hacen falta.

 
            Es necesario integrar mejor el binomio terapia adecuada y sensibilidad nueva ante las discapacidades, a fin de que los agentes del sector puedan salir con más eficacia al encuentro de esos enfermos y de sus familias, las cuales solas  no  serían  capaces de atender adecuadamente a sus miembros enfermos. La próxima Jornada mundial del enfermo  es  una  circunstancia oportuna para manifestar  solidaridad  a las familias que tienen a su cargo discapacitados mentales.


            Deseo dirigirme ahora a vosotros, queridos hermanos y hermanas probados por la enfermedad, para invitaros a ofrecer juntamente con Cristo vuestra condición de sufrimiento al Padre, con la seguridad de que toda prueba aceptada con resignación es meritoria y atrae la benevolencia divina sobre la humanidad entera.

            Expreso aprecio a todos los que os atienden en los centros residenciales, en los "Day Hospitals" y en los sectores de diagnóstico y curación, y los exhorto a prodigarse para que nunca falte, a quien la necesite, una asistencia médica, social y pastoral que respete la dignidad propia de todo ser humano. La Iglesia, especialmente mediante la labor de los capellanes, os brindará su ayuda, pues es plenamente consciente de que está llamada a manifestar el amor y la solicitud de Cristo en favor de los que sufren y de los que los atienden.

 
            A los agentes pastorales, a las asociaciones y organizaciones de voluntariado, les recomiendo que sostengan, con formas e iniciativas concretas, a las familias que tienen a su cargo discapacitados mentales, con respecto a los cuales espero que crezca y se difunda la cultura de la acogida y la comunión, también gracias a leyes adecuadas y a planes sanitarios que prevean suficientes recursos para su aplicación concreta.

 
            Es sumamente urgente la formación y la actualización del personal que trabaja en un sector tan delicado de la sociedad. Todo cristiano, según su tarea y su responsabilidad, está llamado a dar su aportación para que se reconozca, respete y promueva la dignidad de estos hermanos y hermanas nuestros.

            Duc in altum! Esta invitación de Cristo a Pedro y a los Apóstoles la dirijo a las comunidades eclesiales esparcidas por el mundo, y de modo especial a los que están al servicio de los enfermos, para que, con la ayuda de María Salus infirmorum, testimonien la bondad y la paternal solicitud de Dios. Que la Virgen santísima consuele a los que se encuentran marcados por la enfermedad y sostenga a los que, como el buen samaritano, alivian sus heridas corporales y espirituales. A cada uno aseguro un recuerdo en la oración y de buen grado imparto a todos mi bendición.


            Vaticano, 8 de diciembre de 2005

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¿EUTANASIA?

Eutanasia es la actuación que causa la muerte a un ser humano para evitarle sufrimientos. Es siempre una forma de homicidio, pues implica que un hombre da muerte a otro, ya sea mediante un acto positivo (eutanasia activa), o mediante la omisión de la atención y cuidados debidos (eutanasia pasiva).
No son eutanasia en sentido verdadero y propio acciones u omisiones que no causan la muerte por su propia naturaleza e intención. Es el caso de la “ortotanasia”, consistente en dejar morir a tiempo, con dignidad y en paz, sin el uso de medios desproporcionados o extraordinarios.

La muerte no ha de ser causada,
pero tampoco absurdamente retrasada.


La campaña mediática, a partir del caso de un tetrapléjico, su suicidio asistido y la recreación cinematográfica de su vida, ha presentado un hecho raro como habitual y ha generalizado las conclusiones a partir de un único caso.
Los tetrapléjicos no están deseando morirse ni, mucho menos, pidiendo que los eliminen. Son frecuentes los casos de enfermos admirables por su espíritu de superación y por su desarrollada humanidad. El sufrimiento, con amor y esperanza, también hace crecer.

   
ver ficheroXV JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO

 

   El 11 de febrero se celebró la XV JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO y en Mallorca concretamente en el Hospital Sant Joan de Déu, tuvo lugar un Acto Eucarístico, organizado por la Delegación de la Pastoral de la Salud y presidido por el Obispo Jesús Murgui.

    Los voluntarios del Hospital se pusieron en marcha bien pronto y estuvieron trabajando en la acomodación de salas con la intención de que no faltara detalle, y desde la ornamentación floral hasta las sonrisas más tiernas, todo estuvo preparado, a la altura de las circunstancias.

    Los enfermos, los personajes principales en el Acto, fueron llegando, unos por sus propios pies y otros ayudados por el grupo de voluntarios, que amablemente, les conducía a un lugar especial habilitado para ellos, desde donde oís las Palabra de Dios.

    La coral de Ca'n Pastilla afinaba voces y preparaba corazones, para expresar todo su sentimiento a través de la música.

    Llegaron Dña. Esperanza Florit, Delegada de la Pastoral de la Salud, D. José Mª Vicens, Director Médico del Hospital San Juan de Dios y representantes de la Pastoral de la Salud y Voluntariado, y con una puntualidad digna de un sobresaliente, entraron en la Capilla el Superior de la Orden de San Juan de Dios, Juan Bautista Llinares, el Sacerdote del Hospital General, Juan Servera y el Obispo de Mallorca, Jesús Murgui.

    Lo primero que hizo el Obispo fue agradecer a la Delegada de la Pastoral de la Salud, Dña. Esperanza Florit, la organización de la celebración y destacó la labor de los voluntarios, de los sanitarios, de los médicos, de los profesionales y de los familiares en el trato con los enfermos. Y como no podía ser de otra manera remarcó la labor incansable de la Iglesia en atender a los enfermos, momento en el que hizo especial referencia al Hospital San Juan de Dio, cuna del amor por los enfermos y señaló el buen sanitario como figura representativa del voluntariado.

    En dicho Centro sanitario se ha celebrado por segunda vez esta Jornada Mundial de la Salud, cuyo lema ha sido "Acoger, acompañar y comprender". Este Centro sigue con su actividad a la espera de que finalicen las obras del nuevo edificio, en el que desean seguir prestando los mismos servicios, con la misma profesionalidad y humanidad que les caracteriza, animados por la filosofía de que el hospital gire alrededor del paciente y no viceversa.

    En un momento del Acto, y siempre con mucho orden, se acercaron unas personas para entregarle al obispo las ofrendas. Se le hizo entrega del libro de San Juan de Dios con la historia de su vida y obra, dos velas como símbolo de luz, el pan y el vino simbolizando salud interior y por último un precioso ramo de flores llevado por una chica en una silla de ruedas, hecho que emocionó al Obispo fundiéndose en un abrazo con ella.

    La coral invitada interpretó varias canciones. Todos ellos, guapos y simpático, fueron especialmente elogiados por el Obispo, quien dijo que no sólo lo habían hecho bien, sino MOLT BÉ. Se escucharon fuertes aplausos en ese momento.

    En el Acto acudieron representantes de diferentes Parroquias que trabajan en la pastoral de la Salud. Todos ellos fueron, igualmente, felicitados por el Obispo por tan digna labor y animados a seguir con este trabajo.

    Y de forma muy especial se dirigió a los enfermos, allí presentes, para recordarles que Jesús les ama, que pueden fortalecerse en Su amor, porque Dios se inclina a las necesidades de sus hijos y Su amor queda reflejado en sus cuidadores (familiares, profesionales y voluntarios). Dijo que lo que importaba realmente era la salud del espíritu y la dignidad con la que hemos sido creados.

    Como no podía ser de otra manera, los protagonistas en este día tan especial, los enfermos, recibieron toda la atención, no por conmiseración, sino por amor. Todos fuimos testigos de la emoción del momento y nos dimos cuenta de la importancia del amor fraterno.

    El Obispo siguió su mensaje enlazando sus palabras con la lectura del domingo en la que Jesús nos hace sentir las bienaventuranzas de parte de Dios, contrastando el concepto de felicidad que tiene Dios con el concepto de felicidad que tiene la sociedad de hoy.

    Finalizada la Eucaristía acudimos a un aperitivo preparado por manos generosas. En este ágape enfermos, familiares, voluntarios y periodistas coincidimos en que todo el Acto se había hecho perfectamente, es decir, con el corazón y aplaudimos el detalle del Obispo de coger una bandeja y empezar a servir.

    Recuerdo ahora que Cristo dedicó gran parte de su tiempo a los enfermos y mandó a sus discípulos anunciar las BUENAS NOTICIAS de sanidad.

    Y a juzgar por lo que nos dijo Jesús de que "estuvo enfermo y lo visitamos", algo insólito estaba ocurriendo en la historia de la humanidad; Dios se había hecho enfermo.

(Katia Suñer, de BUENAS NOTICIAS)

 

 

 

 
 
   




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